El niño y el encierro en la pandemia

Lic. Nora Koremblit Vinacur
 

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‘No es tan malo el coronavirus’ dijo un niño de 5 años al reconocer que compartía con sus padres las 24 horas del día; no salían a trabajar y podían dedicar mucho tiempo a estar juntos. 

Esta vivencia, en mi experiencia clínica, fui encontrándola también en muchos adultos, sobre todo en un comienzo de la cuarentena, combinándola con sensaciones diversas. Algunas resultan coincidentes y otras son muy opuestas. 

En un comienzo la dinámica familiar se vio alterada. Parecían vacaciones pero de a poco se fue tornando en una organización extraña donde la familia debía inventar algo que no era la escuela ni el trabajo de los padres. Estaban juntos y sin ayuda extra familiar. 

Los niños y adolescentes se encontraron con el cierre de escuelas y nuevos dispositivos de estudio que a veces ni los docentes podían entender su uso. Los padres se sintieron juzgados y observados en el acompañamiento de sus hijos. 

Se percibió en esta etapa una vivencia paranoide de los adultos, tanto de los padres como de los docentes a las cuales el hijo observaba con cierto estupor y desconocimiento. La pregunta que nos surge es si será necesario retomar ese clima de celeridad que se vivía anteriormente a la cuarentena y que en un primer momento parecía que había desaparecido? 

¿Cómo describimos los vínculos, entre padres, niños y escuela? 

Algo positivo fue la valorización de la familia como grupo afectivo, donde se fueron adjudicando diferentes roles. Los niños en algunos casos parecieran haber aceptado este encierro con menor dificultad que los adultos. 

En un segundo momento al ver que esto continuaba comenzaron a aparecer exigencias escolares y aumento de preocupación de los adultos en torno a su situación familiar, económica y de salud. 

Fue muy importante poder explicar a los niños cuidadosamente la necesidad de su colaboración y poder distribuir ciertas tareas dentro de la casa. La explicación de los nuevos hábitos de higiene fue fundamental como también lo que estaba ocurriendo en el exterior de sus hogares que impedía que los hijos no concurrieran a clases y los padres a sus trabajos. 

Los niños más pequeños con palabras sencillas fueron comprendiendo la necesidad de aceptar estas medidas. La vivencia de estar todos juntos fue importante e imprescindible. De igual forma el contacto vía virtual con abuelos, tíos aunque fuera por tiempos cortos. 

Los niños pequeños pueden entender la desaparición física como muerte. De ahí la importancia de sostener breves encuentros del modo que fuera posible con sus afectos del mundo exterior. 

Entrando en la segunda etapa de cuarentena se transformó el panorama familiar. Los adultos debieron reiniciar sus tareas laborales y los más chiquitos se sintieron menos sostenidos por ellos. Comenzaron las tareas escolares y los padres debieron asistir a sus hijos sin tener en ciertos momentos las herramientas suficientes generándose en ocasiones complicaciones. 

¿Qué podemos decir de los adolescentes? Más encerrados que nunca en sus cuartos, en sus redes, con las mismas luchas generacionales. ¿Es muy diferente esta situación a otras vividas por los jóvenes? La adolescencia es un momento evolutivo muy complejo, por momentos caótico y difícil, aún en condiciones de convivencia normales. Es un período de grandes rivalidades y enfrentamientos con los padres y con peleas propias frente al duro proceso del crecimiento. Sin embargo son los que estarían en mejores condiciones de poder colaborar con los adultos en la organización de la casa y los cuidados de los más chicos. Tal como fue expuesto en otro artículo ‘La adolescencia pone a prueba la capacidad de transformación de los padres.’[1] 

En este contexto, es fundamental el armado de una grilla que organice horarios para tareas y esparcimiento dentro de la familia. Es probable que suene un tanto enérgico pero de este modo los niños se sienten más contenidos. Son los que más sufren los cambios, observan que sus padres están nerviosos y preocupados y les resulta muy difícil entender las explicaciones que les van ofreciendo. 

Luego de estas dos primeras etapas comienza a transcurrir la tercera.

Ya pasaron más de cuarenta días de cuarentena y aparecen características específicas en este período. 
Se observan momentos de mayor angustia en los niños. Deseo de que todo vuelva a ser como era antes. Ganas de reencontrarse con sus amigos, abuelos y tíos. 

Los procesos psíquicos que transcurren en los adultos no son los mismos que en los niños. Están pendientes de los estados de ánimo de sus padres de quienes dependen física y psíquicamente. 

Claramente es un momento muy difícil para mantener desde los padres una constante y tranquila armonía. Los niños perciben las discordancias entre lo verbal y lo no verbal que tratan de transmitirles.

Como psicoanalistas podemos inferir que la pulsión de muerte acecha a todos por igual. Es imprescindible dosificar las noticias de los medios de comunicación. Es confuso intentar calmar a un niño que comienza con trastornos del sueño cuando se tiene la television de fondo contando la cantidad de personas infectadas y de muertos en el mundo. 

Cada caso es particular, cada familia es distinta y cada niño en este período presenta nueva sintomatología. Esta responderá en parte a la situación que se está viviendo pero también a la resignificación de pérdidas anteriores y temores a pérdidas futuras. 

Pueden observarse la aparición de nuevos miedos o de algunos que parecían haberse superado. Las pesadillas y los trastornos del sueño son una manera de depositar y tramitar allí la angustia que se vive. 

También la falta de actividad física, sobre todo en los más pequeños genera mayor fastidio y rabietas. 

Si se pudieran dar algunas recomendaciones considero fundamental bajar el nivel de exigencia sobre los niños. No negar la realidad. Tratar de escuchar los enojos y acompañarlos en la medida de lo posible. 

Tomar esta experiencia dentro de los límites razonables como una experiencia de vida que permite que cada uno pueda conocer a su hijo de una forma diferente. Es muy probable que no se salga de la cuarentena de la misma forma en que se entró. 

Como decía Octavio Fernandez Moujan : ‘Toda crisis también implica una posibilidad de cambio...’[2] 

La oportunidad de aprovechar esta experiencia dependerá de un delicado equilibrio de emociones y recursos psíquicos de todos los integrantes de la familia. 
 

[1] Koremblit de Vinacur, N (2014). Parentalidades en la adolescencia en Parentalidades. Interdependencias transformadoras entre padres e hijos. Compiladora Eva Rotenberg. Revista de Psicoanálisis de APA. Editorial Lugar.
[2] Fernandez Moujan, O. (1994). La creación como cura . Síntesis del modelo de crisis vital. Buenos Aires: Editorial Paidós.
 

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