Algunas reflexiones sobre la amenaza del coronavirus

Joëlle Frouard
 

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Esta mañana escucho el silencio. La calle se calla, no hay nadie. Hay que ir a pie hasta el próximo comercio para encontrar una fila de espera compuesta por personas que se observan a distancia, algunas envueltas en sus echarpes. La radio difunde su único mantra y la amenaza penetra por nuestras orejas hasta el fondo de nuestras noches. Escucho ahora a aquellos de mis pacientes que aceptaron este dispositivo, en el teléfono, y esas palabras sostenidas en un hilo de voz buscan su camino de una forma nueva. Ya no es cuestión de ajustarse a la mirada del analista, las palabras buscan hacerse un lugar, acoplarse, pensarse. Acompaño con las manifestaciones de mi presencia, a veces sólo para decir acá estoy. Experimento una intimidad diferente conmigo mismo y con el que me habla, cierro frecuentemente los ojos para concentrarme en la voz. Conozco a la mayoría, paro hay también nuevas demandas que llegan en esta época, y cuya urgencia se ve agravada por el contexto.

Algunos piden verme mediante aplicaciones de video, acepto para tomar contacto, otros no lo desean o no lo piden. Sorprendentemente, el confinamiento le gusta a muchos, ese repliegue sobre sí en el capullo de su interior, ese tiempo disponible para la introspección, ese tiempo fuera de control de las relaciones profesionales, ese silencio que descansa del bullicio de las clases tan poco estudiosas, de los transportes en común, del tren y de la rutina, ese desprendimiento provisorio de los vínculos. Cada uno construye su propia agenda. En ocasiones también el pánico frente a ese vacío, pero sigue siendo excepcional. 

Algunos intelectuales y escritores manifiestan la necesidad de una forma de confinamiento para escribir, trabajar, crear. Al igual que los retiros espirituales, representan una búsqueda particular de retiro del mundo, en el silencio amplificado de un monasterio y al abrigo de los ruidos del mundo, pero en un lugar habitado de espiritualidad. En el otro extremo está el encarcelamiento y lo que viven las personas privadas de libertad en espacios constreñidos. Por lo tanto, estos paréntesis existen, pero son elegidos por algunos e impuestos a otros. El elogio del confinamiento provocó inevitables enojos por parte de aquellos que no tienen esa necesidad de soledad, y a quienes se les dice que es formidable. No se puede reducir esta experiencia íntima y compartida a la vez.

Segundo acto
El desconfinamiento progresivo nos hace pasar de un período en el que toda relación en presencia del otro estaba prohibida a uno nuevo posible, pero inmediatamente también con imposibilidades: lo posible imposible nietzscheano, Dios ha muerto una vez más y nos encontramos frente al vértigo de la intersubjetividad. Encerrado, uno podía creer que luego todo volvería a ser posible, desconfinado, cada uno se encuentra solo frente a la dificultad de organizar sus relaciones.

No nacemos solos, hay un cuerpo que nos ha albergado, relaciones que nos han deseado, la marca de nuestra incurable dependencia, pero condición de nuestra aptitud para relacionarnos. Hay que organizar nuevamente nuestros encuentros con el otro, con o sin barbijo, el peligro que no se ve, podría perfectamente encarnarse detrás de uno de ellos, despertando nuestros miedos al lobo de la infancia, este animal que amenazaba devorarnos. El confinamiento nos sumergió en una burbuja protectora señalando que el peligro estaba afuera. Ese peligro no sólo amenaza nuestra salud física sino también nuestra salud psíquica y nuestros vínculos, es contagiosa, el contagio del virus es contenido por los gestos barrera, pero el miedo no siempre es contenido por esas fronteras. Necesita inscribirse en algún lugar, un peligro que no se ve es mucho más aterrador que un peligro que se puede circunscribir. Necesitaremos palabras para atrapar al lobo.

Así, muchos soportaron muy bien ese repliegue regresivo al vientre protector de su hábitat. No quiero subestimar a aquellos que se ahogaron en el interior de un espacio compartido demasiado pequeño, aquellos que no frecuentan los consultorios de los psicoanalistas o de los psicólogos. La extrema injusticia de las desigualdades sociales se transformó en una realidad que ya no podemos borrar de un plumazo.

Una comunidad de experiencia nos reunió. Esta prueba parece haber favorecido la empatía y velado las diferencias de clases sociales, subrayando la injusticia de las situaciones de confinamiento, y el fatalismo cínico del capitalismo. Convirtieron en heroicas a las profesiones de servicios. Algunos profesionales de la salud con los que me encontré durante este período, y que trabajan en hospitales, tuvieron que acallar su miedo ¡porque son héroes! El capitalismo fue amordazado por un momento, ¿aceptación de una crisis económica para preservar la salud de todos? Las decisiones políticas no dejarán de ser examinadas y puestas bajo la lupa. Sin embargo, todo el mundo se vio desorientado frente a lo que nos cayó encima.

El hombre no es amo en su casa. Después de las heridas infligidas por los descubrimientos de Copérnico, Darwin, y el inconsciente freudiano (el yo no es amo en su propia casa), la que acaba de ser infligida al Capitalismo destructor de nuestro ecosistema tal vez mañana será olvidada. Sin embargo, hay enseñanzas en las que pensar a partir de este episodio que pone al desnudo tanto la fragilidad como la necesidad de omnipotencia del hombre. La fragilidad del hombre es también su oportunidad como lo saben los psicoanalistas.

Algunas cuestiones permanecen abiertas y algunas réplicas a este sismo seguirán apareciendo.

Una de estas réplicas es la siguiente: ¿Cómo vivir juntos, teniendo en cuenta esta distancia que es prescripta por reglas? Las fronteras entre nuestros espacios de repliegue y nuestros espacios compartidos se abren nuevamente. El barbijo repele al otro detrás de esta defensa y de una distancia convenida. Pienso también en la idea del rostro del que habla Levinas, esta humanidad que resiste y no puede ser destruido. El rostro habla, es portador de un sentido a descifrar, es nuestra alteridad, otra versión de nuestra subjetividad. Que lo que engendra el barbijo que prohíbe el acceso al mundo del otro, esa puerta de entrada a las relaciones, es un rostro amputado al medio. Pero la distancia puede ser una nueva manera de mirar lo que viene del exterior, lo que es expuesto y oculto en el mismo movimiento, de tomar consciencia de la absoluta desnudez de toda relación. Este encuentro no es tan frecuente. Sucede que algunos analizandos detienen el trabajo en el momento en que justamente éste encuentra el deseo del otro, en la persona del psicoanalista.

El desconfinamiento nos coloca frente al enigma del otro, y tal vez también frente al enigma que somos para nosotros mismos.

Traducción: Patricia Laura Suen
 

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