​Coronavirus y producción de subjetividad. Yo y la humanidad ante lo inesperado

Marcelo N. Viñar
 

Ha llegado el momento en el psicoanálisis del siglo XXI, de no enclaustrarnos en el mundo de objetos internos que funda la realidad psíquica y abrirnos a las realidades culturales y sociopolíticas.

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En los tiempos en que había tiempo para el hablar pausado y anodino, en una de las últimas charlas que tuve con mi padre anciano, apareció una frase cuyo añejamiento le dio valor testamentario. Solemnemente me dijo algo así:

yo fui un hombre previsor: siempre me preocupe de prever y preparar el mañana. Pero ese mañana casi nunca se ajustaba a mis predicciones, llegaba otro con su sorpresas, buenas o malas... así que ya no me animo a a aconsejarte que seas previsor. 

Seguramente su condición de emigrante de tierras y culturas lejanas, sellaron una marca infantil de inseguridad o fragilidad donde germinó la formación reactiva de ser precavido. 

Con ese legado, me puedo pensar llegando al think-tank sobre el futuro del psicoanálisis habiendo cursado una vida cuya lógica y empeño fuera eficaz para situarme en el costado disfrutable de la condición humana, evitando los abismos de la precariedad y la exclusión, el desempleo y la marginalidad. 

Llegando sanos y salvos a la recta final, el Covid19 irrumpió en nuestras vidas, cancelando hábitos, anhelos y proyectos, que habíamos diseñado y trabajado para el año en curso, por añadidura, exceptuando a Mariano Horestein los demás estamos inscritos en la franja etárea de más alto riesgo, lo que subraya el acatamiento a la única medida que se ha reconocido como eficaz y operante para disminuir el contagio: la cuarentena y el confinamiento social. De allí la buena ocurrencia de Jonathan Sklar, de escribir para mitigar el aislamiento, testimoniando la experiencia que estamos viviendo, espontáneamente y en caliente. 

Badiou llama acontecimiento al evento que descarrila lo esperable y que nos obliga a inventar y diseñar otros itinerarios de vida. Aprender, dice Heidegger no es informar a alguien de algo que antes no sabía, sino hacer de él alguien que antes no existía. El enamoramiento, el nacimiento de un hijo, son modelos universales de esta experiencia. La prisión en dictadura y el exilio fueron para mi experiencias de ese tipo, supongo que la irrupción de una enfermedad grave puede agregarse a la lista.  

El aislamiento social es una necesidad imperiosa y una dolorosa experiencia, nos empuja a la condición de los leprosos de la Edad media, el precio para preservar la salud nos mutila en los más humano de la condición humana, nuestra condición de seres relacionales. Tal vez para los jóvenes, los nativos de la revolución digital, el cambio de códigos resulte menos violento. En lo que me es personal, el encuentro virtual es radicalmente diferente al encuentro presencial. Pero si no hay pan buenas son tortas, y hoy gracias a la informática podemos estar menos solos que antaño. 
 
La primera reacción a la epidemia es egoísta, autoreferente, como concebida por un ser diabólico para interrumpir anhelos y proyectos, los que había emprendido para sentirme vivo. 

Entre negaciones y desmentidas, sabemos que envejecer y morir son parte de la vida, pero esta experiencia – como el amor – se conjuga en singular. La pandemia viene a abatir esa singularidad y nos sumerge en lo masivo, en ser un número anónimo y viene a robarme mi singularidad, por lo menos a diluirla. 

Casi de inmediato brota la vergüenza por el egocentrismo, bochorno por sentirse único (y privilegiado) en la abolición de la dimensión colectiva de un traumatismo histórico... Luego de un corto silencio convocamos a la humanidad como remedio reparador del repugnante egocentrismo. Tengo casa, alimentos, libros, dinero, para transitar la tragedia, donde hay millones de congéneres que carecen de lo que yo dispongo. El consuelo es necesario, pero a poco de navegar en él se vuelve abrumador cuando la humanidad se hace presente en su descomunal y oprobiosa desigualdad, que la pandemia subraya. 

Entiendo que el confinamiento no es lo mismo en la favela que en una casa confortable, pienso en los carteles de los barrios pobres de Bolivia en dictadura, escribiendo carteles y gritando ‘mejor que nos mate el virus y no el hambre’ ¿Cómo conjugar la mirada hacia lo íntimo y hacia el mundo sin caer en la cursilería del humanismo? Dado que la diversidad humana es infinita, cada quien tiene derecho a su versión. 

Como dice Bifo Berardi en la compilación titulada la Sopa de Wuhan, la experiencia extrema de la pandemia va a dejar marcas imborrables en la aldea planetaria y es de presumir que esta no será la misma antes y después de la experiencia extrema, ‘la gripecita de Jair B’, va a dejar su huellas hondas. Dejo a politólogos y sociólogos el análisis de los fenómenos en curso que obligan a repensar los daños de una economía extractiva y siempre en expansión y su sustitución por el difícil equilibrio entre ecología y economía sustentable. 

Leí que los epidemiologos piensan que las génesis de la ultimas pandemias se pueden atribuir a una conjunción de factores humanos, una demografía y una economía siempre en expansión que destruye bosques en su diversidad ecológica para fomentar la producción agrícola y el crecimiento exponencial de grandes urbes que apretujan millones de habitantes en escaso espacio. Dejo este saber especializado para los epidemiólogos, virólogos, politólogos y economistas. Volvamos al campo específico de construcción de subjetividad. En su Vigilar y Castigar, Michel Foucault nos da algunas pistas o andariveles, la escuela, la fábrica, el hospital, el manicomio, como espacios o escenarios comunes que sentencian lo uniforme, pensar consiste en romper esa barrera de la uniformidad y asumir los límites y dolores del encierro, y hacer con este elaboraciones creativas. 

La experiencia del tiempo real y vivencial del confinamiento es más lenta. Entre el deleite y el aburrimiento nos damos cuenta hasta qué punto éramos adictos a ritmos epilépticos que nos devoraban y ahora recuperamos momentos de silencio y soledad. Aunque la lectura, la música y el cine nos acompañan – viva la modernidad – el analgésico no nos calma el total de lo perdido, prohibido acercarse, abrazarse, besarse, sobre todo con los seres queridos. Allí evocamos la reflexión de Walter Benjamin: compartir experiencias y vivencias y narrarlas es tan necesario para el alma como beber y comer para el cuerpo carnal. 

Tal vez ha llegado el momento en este psicoanálisis del siglo XXI, de no enclaustrarnos en el mundo de objetos internos que funda la realidad psíquica y abrirnos a la multideterminación de realidades culturales y sociopolíticas, manteniendo las aduanas entre ambos registros. 
 

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