Construyendo su propia lengua…en el idioma que convenga

Prof. Dr. med. Juan-Eduardo Tesone
 

¿La lengua de la madre es la materna? Qué pasa cuando expresamos las vivencias en otra lengua? El lenguaje del inconsciente es siempre otra lengua, que para hacerla consciente se debe reconstruir.

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On ne parle jamais une seule langue [1]
Jacques Derrida, Le monolinguisme de l’autre
El discurso en análisis y en la literatura, ya sea la prosa o la poesía, tienen mucho en común. No pretendo agotar todas las semejanzas y diferencias sino remarcar algunas líneas de pensamiento que me surgen desde mi lugar de analista que trabaja en varios idiomas y desde mi propia experiencia como analisante en más de un idioma. Enriquecido también como lector de autores que han utilizado otra lengua que la materna en su escritura y como escritor en dos lenguas, el castellano y el francés.

Cuando de manera inadvertida se puede pensar que el uso de la lengua materna fuese la lógicamente elegida como medio de expresión verbal, se puede constatar que ciertos escritores o analisantes, han preferido expresarse en otro idioma. Como toda elección, las motivaciones son siempre subjetivas, pero es interesante subrayar algunos puntos en común.

Mi reflexión lleva necesariamente a interrogarme sobre la lengua llamada materna y qué sucede cuando una persona, ya sea en análisis o en su quehacer literario, cambia de idioma. Existen numerosos ejemplos en el mundo literario y obviamente en la historia del psicoanálisis.

Ahora bien, cabe preguntarse previamente: ¿La lengua de la madre es realmente la lengua materna? La pregunta no es una tautología y su respuesta es menos evidente de lo que parece, necesitando un cierto recorrido previo. Existe una alienación esencial inherente a la lengua, propia de toda lengua, que es siempre lengua del otro. La lengua llamada materna no es nunca puramente natural, ni propia, ni habitable. No hay un habitat posible sin la diferencia que introduce el exilio y la consiguiente nostalgia. No hay lenguas propias de origen, hay lengua propia a la llegada, luego del recorrido que desaliena del deseo del otro. En algunas ocasiones la lengua de la madre no es tanto la lengua que habla la madre al niño en su cotidianeidad, sino la lengua que desea la madre, que no siempre coincide de manera unívoca con su propia lengua. Jacques Derrida (1996) se pregunta que es una lengua: ‘¿Quién la posee verdaderamente, a quién ella posee ? La lengua, es una posesión que posee o que es poseída?  ¿Qué hay de ese ser-en-su–casa de la lengua hacia donde no cesaremos de retornar?’ Y más tarde Derrida agrega que: ‘Mi lengua, la sola que me escucho hablar, es la lengua del otro’. La lengua materna decía Dante (1315) es ‘aquella que hablamos sin ninguna regla, imitando a nuestra nodriza’. Envoltorio sonoro, baño de lenguaje que el niño reconoce como siendo la lengua de la madre aún antes de haber nacido. Confrontado al duelo de la separación del cuerpo a cuerpo con la madre, el bebé alucina primero el objeto primario, luego aparece el llamado; los llantos y el grito luego; el laleo y los primeros fonemas más tarde. Relación intra-cavitaria con la madre al inicio, se produce la aparición del lenguaje para compensar la ausencia, que aproxima y separa a la vez, introduciendo la extranjeridad del otro, más allá que sea su propia madre. La lengua de la madre, enraizada en su vivencia pulsional, vehicula a la vez la universalidad del lenguaje y el deseo materno. La palabra de la madre imprime en el niño el sello de la alienación primera al sentido de su propio discurso, violencia interpretativa originaria, impuesta por la madre al niño, de la cual hablaba Piera Aulagnier (1971). Sin olvidar que ‘tal violencia es necesaria para que el grito devenga llamado y no mero ruido, la sonrisa signo de amor y no simple juego de músculos, el amamantamiento deseo de dar vida y no simple oferta de calorías». 

La lengua materna –pienso – requiere una distancia con la lengua de la madre. Requiere reconocer la lengua de la madre como la lengua de un otro, hacerla menos solemne, desprenderse de lo originario presuntamente natural de la lengua, desacralizarla. La lengua materna exige poder hacerla propia en algún momento, atribuirle un sentido singular para el sujeto. Lograr realizar el duelo de la fusión inicial, poder dejar la confusión del Uno absoluto. Es bueno desear la lengua materna para desprenderse luego y reinventarla finalmente. 

Derrida (op. cit.) subraya que el de de la lengua de la madre «significa no tanto la propiedad como de donde proviene: la lengua es del otro, venida del otro, la venida del otro». En ese sentido, se puede decir que la lengua materna es una lengua de partida, luego no se encuentran sino lenguas de recorrido, o incluso de llegada, movimiento hecho explícito por el plurilingüe, pero del cual el monolingüe no está exento: ‘nunca tenemos una sola lengua, el monolingüismo no hace nunca uno consigo mismo’.  Retomando los conceptos Winicottianos: ¿Podríamos decir que la lengua materna, sería ese aire transicional de objeto encontrado-creado? La lengua de la madre es antes que todo, una lengua ‘afectada’, es decir atravesada por un movimiento afectivo. A veces envolviendo y conteniendo, a veces generando angustia vampírica o incestuosa. 

El pasaje de la lengua de la madre a la lengua materna supone el corte con el cuerpo a cuerpo de la fusión inicial, el abandono de esa lengua de comprensión perfecta a la cual hace referencia el mito de Babel. Pasaje que supone la inclusión del tercero y la asunción de la falta. Exigiendo una cierta deconstrucción de la saturación del demasiado de sentido de la lengua de la madre para poder partir a la búsqueda, nunca del todo alcanzable, del sentido de su propia lengua, es decir de la lengua tamizada por su deseo y el efecto en su discurso. ‘Desear, no es encontrar. Es buscar. Es desolidarizarse de sí, de la sociedad, del lenguaje, de lo que fue, de la madre, de aquello del cual hemos salido, del otro que incorpora’ (Quignard, 1998)

Ese recorrido puede hacerse por la cadena de significantes del mismo idioma materno, o requerir el pasaje por otras lenguas, llamadas extranjeras. Lo cual plantea en psicoanálisis, un campo clínico sumamente sugestivo, como es el uso en sesión, de manera aislada, o en el curso del análisis, de otra lengua que aquella que le enseñó su ‘nodriza’. Ya sea por parte del analisante, del analista, o de ambos.

El lenguaje, ya sea en análisis o en la literatura, no abarca nunca lo real, siempre queda un resto indecible. El empleo de más de una lengua puede brindar la ilusión que con varias lenguas se logra asir completamente la cosa. Se puede lograr un sentido, pero no se agota nunca su significado. La enunciación se desliza a través del significante.

Ser consciente, contrariamente al Cratilo de Platón, que no existe una naturalidad evidente entre la cosa y la palabra que la nombra, es admitir la arbitrariedad del signo. Así, el objeto ‘mesa’ puede ser también ‘table’ en francés y ‘table’ en inglés, que, aunque se escriba de la misma manera no tiene la misma sonoridad. La música de una lengua, su prosodia, es tan o más significativa que las reglas de la gramática y el contenido semántico de las palabras. 

El empleo de un idioma no tiene sólo un aspecto comunicacional, como si fuera un utensilio del cual uno se sirve. Es ante todo la expresión de la subjetividad del enunciante en un complejo sistema de relaciones de significados compartidos y no compartidos. Pero cada idioma es sobre todo un sistema de pensamiento: base de sustentación, como si fuera una matriz ineludible a partir de la cual el sujeto construye su modo de pensar. No se piensa de la misma manera en un idioma o en otro. Hay expresiones, estructuras de la lengua que influyen en nuestro recorrido asociativo. Por ejemplo, en castellano se utiliza la afirmación simple para sostenerla, cuando en francés se utiliza a menudo la doble negación. Si bien la doble negación vale como afirmación, es una afirmación con más matices, no tan enfática como el castellano. 

A partir de la descripción del ‘aparato del lenguaje’ y de sus trastornos realizada por Freud (1891) en La concepción de las afasias, la relación entre lenguaje y pensamiento no ha cesado de interrogar a los psicoanalistas, así como las relaciones entre el lenguaje y el afecto. Sabemos que el destino de la representación y el del afecto pueden ser separados, teniendo en cuenta que el último eslabón del proceso de ‘psiquización’ se cumple con la representación de palabra (Green, 1973). Ahora bien, ¿qué ocurre cuando la representación de palabra incluye más de una lengua? ¿Cuándo, entre los destinos posibles del afecto, se encuentra el recorrido a través de las lenguas? Al respecto, debemos notar el matiz que existe entre plurilingüismo y poliglotismo. En efecto, aprender varias lenguas simultáneamente desde la más temprana edad –ser ‘plurilingüe’-, probablemente no tenga la misma incidencia intrapsíquica que el hecho de aprender una lengua extranjera más tardíamente –ser políglota-, cuando la lengua materna se encuentra ya sólidamente adquirida. Podemos, sin embargo, conservar el término más general de multilingüismo cuando no es necesario diferenciar el poliglotismo del plurilingüismo, como lo sugieren Amati-Mehler y otros (1990).

La historia del movimiento psicoanalítico se halla atravesada por migraciones, transmutaciones de lenguas, y esto desde la época de los primeros pacientes de Freud en Viena. Para la mayoría, el alemán era una segunda lengua, como fue el caso para uno de los más célebres, el llamado Hombre de los Lobos, y también para la Señorita Lucy y numerosos americanos que llegaron hasta Viena. Con algunos, fue necesario que Freud hablara en inglés (Flegenheimer, 1989).

 En vez de seguir los caminos aparentemente conocidos de la lengua materna, el multilingüe prefiere a veces recurrir a los pequeños senderos forestales, al abrigo del calor, al abrigo de la otra lengua. Cómo calificarla, ¿prestada, extranjera, de adopción? Si hablo de calor es porque el psicoanálisis tiene que ver con el lenguaje, por supuesto, pero sobre todo con el afecto y con la pulsión (Tesone, 2000). De este modo, el recorrido se alarga: ‘la pulsión es menos un vínculo que un circuito’ (Green, 1973, p. 228).

Cuando el políglota elige analizarse en una lengua que no es la que recibimos imitando sin ninguna regla a nuestra nodriza, mantiene deliberadamente sus distancias alejándose de la voz del objeto primario, fuente de una excitación demasiado grande. Si el circuito es más corto, el sujeto teme la sobrecarga afectiva, teme el cortocircuito.

¿Qué hubiera ocurrido si Edipo, ese célebre migrante, no hubiera hablado la misma lengua que la esfinge?

¿Habría podido rodear la ciudad de Tebas y evitar así la tragedia? Si aceptamos la idea de que en el transvasamiento de las lenguas el multilingüe enriquece el tejido de su preconsciente con otras representaciones de palabra; ¿qué ocurre entonces con el afecto? (Tesone, 1996).

Cuando un paciente o un escritor cambian de lengua, es probable que se sientan más libres para expresar en dicho idioma sus vivencias más íntimas. Existe quizá una cierta excitación en imaginar que se puede reinventar a sí mismo, devenir otro distinto del que fue en su lengua originaria, ser otro, o ser, mediante dicha extranjeridad, finalmente sujeto de su complejidad. La creación literaria de Pessoa y sus numerosos heterónimos son un bello ejemplo de la complejidad de la noción de autor. Hay algo de rizomático en toda lengua extranjera, raíces que se arborizan y en el mejor de los casos hacen más liviana la potencialidad creativa. El lenguaje del inconsciente es siempre otra lengua. Es una lengua que no nos es dada, para hacerla consciente se debe reconstruir. 

Reformulando el cogito cartesiano, podríamos decir: Pienso, hablo o escribo, en el idioma que mejor exprese mis sentimientos, luego existo. La libido, afirma Ivonne Bordelois (2003, p.12) [2], ‘hace de las palabras su objeto y su habitación: entre la lengua parlante y la oreja escuchante hay una relación análoga a la que existe entre el falo (que en sanscrito se llama lingam) y la vulva’.

Los sonidos de las lenguas, como una partitura, producen ciertas melodías. En su melopea, como juguetes encantados, permiten jugar con las mismas para encontrar aquella o aquellas en las cuales el sujeto logra decir y escuchar abriendo los poros de sus afectos, ya sea en el discurso en análisis como en el acto de escritura. La otra lengua pone en relieve quizá que el encuentro con el Otro nos constituye. Y, en el encuentro con la extranjeridad, tanto la propia como la ajena, se potencia la fuerza creativa del lenguaje.

[1] Nunca se habla una sola lengua

Referencias
Amati-Mehler, J., Argentieri, S. & Canestri, J. (1990). La Babele dell’Inconscio. Milán: Raffaelo Cortina.
Bordelois, I. (2003). La palabra amenazada. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2005.
Castoriadis-Aulagnier, P. (1971). Le sens perdu. Topique 7-8, Paris.
Derrida, J. (1996). Le monolinguisme de l’autre. Paris: Ed. Galilée.
Dante. De l’éloquence vulgaire (circa 1315).
Flegenheimer, F. (1989). The polyglot patient and the polyglotanalyst. The International Review of Psychoanalysis, 16, p. 377-385.
Freud, S. (1891). Contributions à la conception des aphasies. Paris: PUF, 1983. [Ed. cast.: La concepción de las afasias. (Estudio crítico). Buenos Aires: Nueva Visión, 1973].
Green, A. (1973). Le discours vivant. Paris: PUF. 
Quignard, P. (1998). Vie secrète. Paris: Gallimard.
Tesone, J-E. (1996). ‘Multi-lingualism, word-presentations, thing-presentations and psychic reality’. Int. J. Psychanal., 7, 871-876.
Tesone, J-E. (2000). Le parcours de l’affect à travers les langues. RFP, T LXIV, p. 1247-1267. Paris: PUF, Paris.
 

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