El racismo importa en la educación psicoanalítica

Dionne R. Powell, M.D.
 

Como el Psicoanálisis estadounidense debe examinar sus actitudes y aproximación al trauma racial, la discriminación y el prejuicio.

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El trauma, la discriminación y los prejuicios raciales se basan en la complicidad en el silencio. El silencio de los blancos que pretenden ser liberales apoya a los que mantienen un racismo manifiesto. De hecho, es obligatorio para el dominio absoluto del racismo sobre la sociedad. También lo hace la minimización disociativa del trauma racial. Entonces, cuando se trata de educación psicoanalítica, tenemos que seguir metiéndonos en ‘los problemas buenos’, como dijo John Lewis, desde una perspectiva dinámica. Así, desde el comienzo de cualquier diálogo psicoterapéutico en el que se puedan presentar cuestiones de raza y racismo, una de las principales resistencias a superar es la falta de voluntad para hablar abiertamente sobre cuestiones de prejuicio, raza y racismo. El simple hecho de participar en una discusión abierta sobre los prejuicios y la discriminación interfiere con la capacidad de perpetuar el trauma racial, al igual que hablar de cualquier forma de trauma amenaza con derrocar el espacio mental que ocupa ese trauma.  

¿El psicoanálisis esta ‘muriendo de blancura’? ¿Acaso hay una aversión a abrazar el rico tapiz de la sociedad que repele en lugar de atraer a la próxima generación de analistas (Metzl, 2019)? Ya sea que consideremos la raza, la religión, el género, la sexualidad, la clase o la discriminación contra las personas discapacitadas, el psicoanálisis estadounidense no ha estado a la altura de su misión de ser un reflejo de la sociedad en general en términos de nuestro academicismo y a quien enseñamos y capacitamos. 

Las pandemias de racismo del año pasado y del Covid-19 resultaron en una explosión de demandas de justicia social. Así como las personas negras y morenas fueron abatidas en números exponenciales por un virus invisible, también fueron ejecutadas públicamente, asesinadas, asfixiadas o linchadas por las rodillas en el cuello.  Las personas negras y morenas buscaron y continúan buscando tratamiento de salud mental en cantidades récord. Y, sin embargo, al igual que con el Covid-19, nosotros, los psicoanalistas, no estamos preparados, hemos permanecido demasiado tiempo en nuestros bunkers lejos de la comunidad, temerosos de la diversidad, temerosos de abordar frontalmente la blancura (Powell, 2018) [1]

La esclavitud, la raza y el racismo han dejado marcas indelebles en el inconsciente estadounidense y buscan constantemente una plataforma narrativa para la jerarquía y la superioridad racial. Esto no es menos cierto en el setting clínico psicoanalítico, aunque la mayoría de las veces se niega y se minimiza, independientemente de la composición racial o cultural de la pareja analítica. Comprender cómo se da forma a la raza en la mente del clínico es fundamental para maximizar nuestra capacidad docente, de supervisión o la capacidad en el trabajo clínico. Las diferencias raciales son significadas en la niñez, a menudo como un momento traumático o confuso dentro del desarrollo. Tomemos el siguiente ejemplo de una colega, con su autorización para compartirlo: 

Al visitar a su querida abuela en Georgia, una peregrinación anual, mi joven y futura colega, a los seis años le preguntó a su madre por qué ‘la gente de color se bajaba de la acera cuando se acercaban’. Su madre la silenció avergonzada y una vez en la casa le dijo con angustia: ‘Fue una cosa terrible, terrible, llamada esclavitud’. Mi futura colega que es blanca estaba confundida y sin más explicación o discusión quedó sola, para entender y conceptualizar este momento aterrador.  A lo largo de los años, a medida que otros incidentes raciales se expresaban en silencio, ella concluyó que ‘dado que los blancos habían hecho esta cosa terrible, los Negros deberían odiar a los blancos y que, por lo tanto, ella también debería temerlos’.   

Este es un ejemplo de cómo se producen inevitablemente los estereotipos raciales y étnicos intergeneracionales.   A quiénes tememos y por qué los tememos es por la impronta o por la representación transmitida a través de nuestros cuidadores y, por lo general, no a partir de una experiencia negativa con el otro.  Por lo tanto, es muy humano tener prejuicios como forma primaria de autoprotección. Incluso si lo que estás protegiendo son fantasmas e ilusiones. Sandler describe cómo el niño construye un trasfondo intrapsíquico de seguridad, basado en las interacciones más tempranas con los cuidadores que dan forma a la propia identidad y las representaciones de objetos, que se correlacionan con experiencias afectivas que se definen con el tiempo (Sandler, 1960; Sandler & Rosenblatt, 1962). En Estados Unidos, la raza también se forma en la mente. Se ven a niños pequeños jugando inocentemente sin importar su raza o religión, involucionando, cada vez más, a convertirse en extraños que necesitan ser temidos e incomprendidos en cada interacción. Por lo tanto, un estilo de seguridad racial es un subproducto de crecer en una sociedad racista.  El racismo y otras formas de prejuicio y discriminación tienen todas las características de lo que llamamos defensas mentales: la distorsión de la experiencia para protegerse contra la amenaza mental o emocional, torciendo la experiencia para que encaje con lo que se pueda tolerar.     

Otra forma de plantear el dilema racial la ofrece la poetiza Claudia Rankine, quien afirma: ‘La Negrura en la imaginación blanca no tiene nada que ver con las personas Negras’ (Kellaway, 2015). Es una ficción intrapsíquica. Cerrar esa brecha experiencial entre lo que el clínico blanco imagina y la persona Negra real que busca tratamiento debería ser el objetivo de todos los profesionales clínicos y todos los centros de capacitación. Por lo tanto, uno de los vestigios de la esclavitud y el racismo institucional son los mitos de que las personas Negras tienen demasiados problemas en la vida real, y no son capaces de realizar un trabajo orientado al insight y, por lo tanto, no son apropiados para tratamientos dinámicos.    

Lo que se enseña y cómo se es supervisado son los aspectos más pertinentes para el desarrollo de futuros psicoterapeutas y psicoanalistas. Nuestras experiencias con los pacientes nos moldean. Sin embargo, la forma pedagógica del aprendizaje experiencial se basa en el grado de orientación biopsicosocial de cada uno de nosotros. Por lo tanto, nada sobre el paciente está sujeto a la exclusión tácita. Consecuentemente, la raza y la etnia serían fundamentales para comprender cómo se compone el self. Mi interés está en desafiar las nociones hegemónicas de ‘blancura’, ya que también intentamos simultáneamente explicar el ‘otro’, con el objetivo de alejarnos de la noción inconsciente supremacista de que hay un solo grupo, el blanco, y todo lo demás es considerado otro, e implícitamente, de orden secundario o subordinado. Estas sutiles tendencias inconscientes de la blancura como ejemplo de nuestro modelo de trabajo tienen un impacto desfavorable en particular, aunque no exclusivamente,  para el aprendiz de color.  Los docentes, tanto supervisores como profesores, deben familiarizarse con su propio sesgo hacia un monolito cultural ‘blanco’, informarse sobre el entorno multicultural que constituye la práctica de la psicoterapia moderna y, de forma activa y no defensiva, explorar sus estados mentales racistas y el racista interior que obstaculiza estos esfuerzos. (Davids, 2011; Keval, 2016; DiAngelo, 2018; Blechner, 2020). 

Como psicoanalistas y psicoterapeutas, estamos muy interesados en los hitos culturales y étnicos como parte integral del desarrollo del self, y como eso puede estar simultáneamente en conflicto y en discusión con lo que enfrenta el paciente en tratamiento. Por estas razones, es esencial que los profesores y los supervisores incluyan la raza y el origen étnico en la conversación con sus estudiantes. La apertura, incluída una curiosidad respetuosa y no defensiva, promueve un entorno potencialmente lo suficientemente seguro para el aprendizaje  [2]. Las preguntas pertinentes dentro de una primera entrevista o para conocer a un posible paciente de psicoterapia es preguntar sobre su origen étnico, identificaciones y la comunidad en la que se desarrolló. Blanco, Negro, asiático o latinX nunca deberían ser suficientes como el único descriptor principal.      

Los centros de capacitación deben considerar la posibilidad de utilizar consultores externos sobre raza y etnia para preparar mejor a los profesores y supervisores, junto con otras fuentes externas, talleres, o supervisión continua por pares, donde se discute material de un caso centrado en la etnia y la raza,  junto con materiales de lectura sobre estos temas para apoyar un  currículo multicultural y preparar a los alumnos, profesores y supervisores para ampliar sus conocimientos sobre la importancia de la cultura y la etnia en la formación de los profesionales de la salud mental.    

Es importante reforzar el obstáculo más grande para la mayoría de los psicoanalistas y psicoterapeutas que intentan trabajar con temas de raza dentro del setting del tratamiento, que es nuestra inversión continua en percibirnos a nosotros mismos como ‘buenos en lo personal’. Nos embarcamos en convertirnos en expertos en la cura del habla a través de nuestros traumas individuales y el deseo de ayudar.  Raza, racismo, prejuicios y privilegios complican esta imagen, sirviendo como una herida narcisista con vergüenza y culpa por no adherirse a esa bondad declarada. A menudo, podemos detectar en nuestra contratransferencia cuando nos acercamos al límite de un acting in, sexual o agresivo con nuestros pacientes, y vamos elaborando sus múltiples orígenes (ya sean intrapsíquicos, una proyección, etc.). Sin embargo, la raza presenta sus propios desafíos (Powell, 2020; Shah, 2020). Cuando se trata de reconocer nuestros estados mentales racistas, nos retiramos automáticamente. Tanto el silencio de la sociedad como el nuestro profesional sobre estos temas solo promueven su toxicidad. Los eventos del 2020 han expuesto la complicada realidad de la versión estadounidense de maneras que no se pueden ignorar; aunque muchos están intentando activamente revertir esta tendencia dentro de algunas de las ‘instituciones académicas liberales más ilustradas’, como se destaca en el artículo de opinión de Michelle Goldberg en el New York Times del 26 de febrero de 2021 titulado: La Campaña para Cancelar el Despertar. El reconocimiento de la epidemia del racismo puede conducir hacia un camino en dirección a su remediación. Como clínicos, cuando sentimos que somos más solidarios o silenciosos acerca de estos asuntos, somos parte del problema y no su resolución. Esto incluye el miedo de los blancos a la cólera de los Negros, y que cuando esto surge clínicamente, nuestro giro sea hacia una postura más solidaria que abordar lo que hay detrás de la ira de los Negros, que es el miedo a un trauma adicional para sus seres queridos o para ellos mismos, o la falta de reconocimiento de una humanidad compartida. Los Negros no están pidiendo un trato especial, pero, sin vacilar, y cada vez más sin pedir disculpas, exigen igualdad con la justicia y con el trato.  Si bien se pide neutralidad a nuestra profesión, nuestro análisis imparcial es más fácil de mantener cuando no es probable ser víctima del fenómeno. Como ciudadanos de este país por el que todos hemos luchado y al que contribuimos, ¿no somos todos ‘víctimas’ del legado del odio? El esfuerzo empático por acoger, resonar con y hacer el ‘holding’ de las experiencias de nuestros pacientes es el trabajo de prácticas psicoterapéuticas suficientemente buenas.     

Podemos meternos en buenos problemas siendo disruptores de la blancura en nuestras políticas o en nuestras posturas y funcionando como analistas. Los analistas deben permanecer interesados preguntándose constantemente: ¿cuál es la amenaza que se evoca al reconocer nuestro racismo? Mi experiencia es que el racismo esta íntimamente ligado a cómo fue moldeado y, por lo tanto, ligado a nuestros seres queridos, y cómo la raza, el racismo, los privilegios y los prejuicios fueron establecidos, explicados, racionalizados, desautorizados o ignorados por nuestros propios padres, maestros y por la comunidad. Durante doce generaciones, la esclavitud afectó a los afroamericanos y al resto de Estados Unidos, como señala Wilkerson: ‘… el país no puede completarse hasta que enfrente lo que no fue un capítulo de su historia, sino la base de su orden económico y social. Durante un cuarto de milenio, la esclavitud fue el país. (2020, p. 43)’. El silencio sobre la raza es el secreto tácito dentro de la comunidad blanca. Por lo tanto, el ‘no tengo una actitud racista’, nos atrapa en una mayor actitud defensiva, en lugar de su mitigación. Combínelo con la vergüenza, la culpa y la humillación, y encontramos que los asuntos raciales se convierten en un creciente absceso mental’, destinados a comprometernos a todos cuando los puntos de tensión se desbordan o rezuman en la atmósfera de un instituto analítico sin un reconocimiento consciente y una remediación.  Una orientación racista daña tanto al racista - en su sacrificio de la experiencia de la percepción de la realidad en favor de proceder sobre la base de una fantasía conveniente sobre cómo seguramente deben ser las cosas -  y daña a aquellos que son los sujetos de la fantasía destructiva, defensiva del racista.   

Para los pacientes afroamericanos, reconocer el legado y el desafío continuo del racismo institucional, la injusticia y la discriminación en todos los aspectos de la vida es un paso empático importante para que el clínico mejore los efectos de esta tragedia única estadounidense. Por lo tanto, meterse en ‘buenos problemas’ como terapeuta es ser lo suficientemente bueno en reconocer los traumas potenciales y las capacidades de resiliencia de las personas que han sido sistemáticamente abusadas y discriminadas como ciudadanos estadounidenses. Cuando pensamos en la reparación, es este reconocimiento del trauma físico y psíquico no reconocido infligido a los Negros por los blancos, tanto consciente como inconscientemente, lo que necesita una reparación continua.         
Si practicamos la humildad cultural frente a la incomodidad de nuestras formas racistas de comportarnos y pensar, con apertura y curiosidad, podemos comenzar a imaginar y dar forma a nuestros institutos para reflejar la brillantez multicultural, multiétnica y multirracial que constituye nuestra democracia. O como dijo James Baldwin en 1962: ‘No puede cambiarse todo aquello a lo que te enfrentas, pero nada puede ser cambiado hasta que te enfrentas a ello’.    
 
[1] Las reacciones recientes al artículo de Donald Moss: ‘Sobre tener blancura’ (On Having Whiteness), una de las varias contribuciones importantes en el Journal of the American Psychoanalytic Association (April 2021), revela la capacidad disruptiva que las discusiones sobre el odio racial tienen en la sociedad en general, dentro de nuestras organizaciones profesionales y dentro de nuestro cuerpo psicoanalítico. A medida que se produjo un llamado al silencio, agitado por los temores crecientes, recuerdo el libro de Timothy Snyder, On Tyranny, con las consecuencias tóxicas incendiarias de vivir en el miedo y el silencio. 
[2] Mientras muchos psicoterapeutas hablan de la importancia de crear un ‘espacio seguro’ en psicoterapia, creo que cualquier noción de seguridad psicoterapéutica solo puede, en última instancia, ser aspiracional en lugar de ser totalmente alcanzable. La forma más confiable de aumentar la seguridad durante el transcurso de un proceso psicoterapéutico no es pronunciando el espacio terapéutico como uno ‘seguro’, sino más bien, mediante la predisposición de los psicoanalistas para atender y explorar  con el paciente las formas en que la seguridad puede faltar, comprometerse o ser promovida. 

Imagen: Cortesía de la Biblioteca Presidencial Barack Obama. Foto oficial de la Casa Blanca por Lawrence Jackson.

Referencias
Baldwin, J. (1962). As much truth as one can bear. The New York Times. January 4, 1962.
Blechner, M. (2020). Racism and psychoanalysis: How they effect on another. Contemporary Psychoanalysis, DOI: 10.1080/00107530.2020.1756133.
Davids, M.F. (2011). Internal Racism: A Psychoanalytic Approach to Race and Difference. London: Springer Nature Limited.
Diangelo, R. (2018). White Fragility: Why It’s So Hard for White People to Talk about Racism. Boston: Beacon Press. 
Goldberg, M. (February 26th  2021). The campaign to cancel wokeness. The New York Times.  
Kellaway, K. (2015). Interview: Claudia Rankine: Blackness in the White imagination has nothing to do with Black people. The Guardian, December 27, 2015. 
Keval, N. (2016). Racist States of Mind: Understanding the Perversion of Curiosity and Concern. London: Karnac. 
Metzl, J.M. (2019). Dying of Whiteness: How the Politics of Racial Resentment is Klling America’s Heartland. New York: Basic Books.
Moss, D. (2021). On Having Whiteness. Journal of the American Psychoanalytic Assn. 69:2, 355-371.
Powell, D. (2020). From the sunken place to the shitty place: The film Get Out, psychic emancipation and modern race relations from a psychodynamic clinical perspective. The Psychoanalytic Quarterly. Vol 89, Issue 3.
Powell, D. (2018). Race, African Americans, and psychoanalysis: collective silence in the therapeutic situation. J. Amer. Psychoanal. Assn., 66(6):1021–1049. 
Sandler, J. and Rosenblatt, B (1962). The concept of the representational world. Psych. Study of the Child, 17: 128-145.
Sandler, J. (1960). The background of safety. IJP 41: 352-356.
Shah, D. (2020). Dangerous territory. Psychoanalytic Quarterly.
Snyder, T. (2017). On Tyranny: Twenty Lessons From the Twentieth Century. New York, Tim Duggans Books.
Wilkerson, I. (2020). Caste: The Origins of Our Discontents. New York: Random House.

Traducción: Shirley Matthews
 

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