Un diván sin cuerpo

Béatrice Pinter
 

Este confinamiento nos lleva a repensar la presencia del cuerpo en psicoanálisis.

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En su casa, la paciente.

Es la hora de mi sesión. ¿Quedarse con el pantalón del pijama, vestida de entre casa? No vale la pena vestirme, no vale la pena desplazarme, mi psi viene a casa. Por otra parte ¿Dónde me ubico para la sesión? Sentarme con él en mi sofá, recostarme en mi cama con él, en fin él en el teléfono. El único lugar donde la señal es potente es en el toilette, pero no, a pesar de todo, no. Me pidió que nos saludáramos por video al principio y al final de la sesión, ok, en el medio todo es posible. Ya no hace falta el esfuerzo de tenerlo en la espalda. Lo pongo donde quiero. Al menos, ya no escucha más las quejas de mi estómago y, yo, el ruido de sus uñas chocando una contra otra cuando lo pongo nervioso. Lo sigo poniendo nervioso, en fin eso creo, pero lo siento menos, no lo escucho retorciéndose en su sillón. Es más fácil hablarle, incluso es placentero, le puedo decir incluso esa palabra también, no corro ningún riesgo, está lejos. Y pensar que me quejaba de tener que acostarme demasiado cerca de él, podría faltarme, como todos sus adornitos. Nunca sabía cómo ponerme en su diván. Hablarle de los deberes de los chicos, del ruido del vecino. Y todos esos muertos. Y esta autorización de salida con la que soñaba, ¿dónde están mis notas de esta noche? Eso me recordó un sueño infantil sobre las fronteras. Él había observado los movimientos de mi pie sobre el diván. Eso es seguro, ya no ve mi cuerpo. Tengo siempre su voz, más intensa,¡ vaya! es posible grabarlo sin que lo sepa para guardar un poco de él. ¿Está ahí? Al menos, ahora, responde, y además habla más. Siempre esas mismas palabras que repite. Qué pena no poder sentir su olor al cruzarlo cuando termina la sesión, pero se acabó el olor del paciente anterior y, sobre todo, su calor en el diván, se acabaron los olores, uf. Se acabó el problema de pensar en dinero en efectivo  y sucio, una transferencia, es limpia.


En su casa o en su consultorio, o en ambos, el psicoanalista.

Confinado como mis pacientes, la asimetría víctima del virus. ¿Suspender las sesiones de análisis, mantenerlas por teléfono, por video? ¿Mantener el encuadre, mi encuadre? ¿Dónde poner a esta paciente? En realidad, el teléfono ¿En el diván, ridícula rigidez, en el escritorio, es extraño, con los auriculares en las orejas? Evitadas su mano pegajosa, sus idas al toilette antes de la sesión, su mirada demorándose sobre el escritorio, su lentitud al ponerse el tapado y recoger todos sus accesorios. La interpretación es más delicada. La atención flotante es difícil, como si estuviéramos en conexión directa a pesar de la distancia, como si faltara algo. Gran cansancio. Ruidos de cacerolas, ah, creía que su marido no cocinaba. La queja es siempre la misma. Sí, estoy acá. No hablar demasiado. Al menos, es posible relajar mi espalda que se cansa de estar siempre inmóvil, moverme discretamente. ¡Vaya!, un recuerdo infantil, el primero. Voy a tener que invertir en un teléfono, una computadora o unos auriculares de mejor calidad, no rechazar la modernismo  y todas sus ventajas, algunos cambios son irreversibles. ¿Jugará todavía con su anillo como en el diván? ¿Y la agitación de su pie en contraste con esa indolencia de su cuerpo? Es extraño ya no tener esos elementos del cuerpo. Ya no sentirla. Por otra parte, desapareció su perfume embriagador. Pensar ya en el desconfinamiento, después, ¿no será riesgoso verse lado a lado? ¿Cómo hacer con ese diván que no está dentro de las normas del distanciamiento social? Alto parlante o auriculares, con o sin barbijo, diván lavable o no, presencial o no, todas estas preguntas que vamos a tener que repensar en el a posteriori. Discusiones y disputas que vendrán entre colegas.


Entre esta paciente y este analista, a pesar del virus, hay comunicación, la transferencia está conectada. Sin embargo, no comparten el mismo aire, ni los mismos ruidos, ni el mismo espacio. La distancia es impuesta y no buscada. El desplazamiento para ir a su sesión, en el consultorio del psicoanalista, ya no es necesario. Cada uno en su casa, cada uno su cuerpo. Ese cuerpo, material arcaico, lugar que aloja necesidades, satisfacciones, dolores, placeres, sexualidad y virus se transformó en peligroso.

En una realidad invadida por una virtualidad cada vez más de moda, facilitadora, aséptica, sin riesgo e inodora, confinada por un virus, los divanes se vacían. ¿Es posible un análisis sin cuerpo en el diván (un análisis a largo plazo, exceptuadas las circunstancias de enfermedad, accidente, maternidad…)? ¿Cómo trabajar lo prohibido y la frustración sin la presencia del cuerpo? ¿Cómo es posible la transferencia con el tema de la regresión y de la pulsión sin el cuerpo del paciente, en presencia del cuerpo del analista? ¿Qué impacto puede tener la ausencia de desplazamiento del paciente, la ausencia de contacto con el consultorio? ¿Tal vez haya que pensar en un nuevo encuadre de referencia?

Esta ausencia del cuerpo pone de relieve su presencia sobre el diván. Este confinamiento nos lleva a repensar la importancia de su presencia en carne y hueso. A menos que ahora se trate de pensar el análisis con un cuerpo sin diván.

Traducción: Patricia Suen.
 

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