Agenciación Sexual y el Cuerpo Cultural Melancólico

Amrita Narayanan
 

El duelo por nuestra historia colectiva de misoginia requiere que tengamos Eros presente. De lo contrario, repetimos el efecto melancólico de la misoginia en el proceso de solidaridad o duelo.

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A partir del caso ampliamente difundido de violación grupal y homicidio en Delhi en 2012, la cobertura de los medios de comunicación mundiales atrajo la atención a la misoginia en la India, señalando una asociación entre la opresión sexual de la mujer y la India. A diferencia de los países anglosajones, europeos y sudamericanos, las mujeres hindúes en tanto agentes sexuales continúan siendo una laguna en el imaginario internacional: en lo que concierne a la sexualidad, donde debería haber curiosidad, encontramos una solidaridad internacional por su lucha contra la opresión.

La solidaridad unilateral, lo sabemos gracias al psicoanálisis, puede ser una forma de proyección que niega la agenciación del sujeto. Si bien es cierto que la sociedad tradicional hindú ha sido fundada sobre la base del control sexual de las mujeres, el surgimiento de la India en el imaginario popular como centro de violaciones tiene un trasfondo sospechoso. La idea de que los hombres hindúes se comportan mal y son violentos, y de las mujeres hindúes como necesitadas de protección contra ellos, es un recordatorio y una repetición de la imagen del hombre nativo salvaje formada durante el colonialismo. Es innegable que ha habido un trauma para las mujeres hindúes debido a su participación en una estructura social fundada sobre la base del control de la sexualidad de las mujeres. Sin embargo, la tendencia a una excesiva solidaridad con el trauma de la misoginia desplaza hacia el inconsciente los placeres de la agenciación sexual de las mujeres bajo la misoginia.

Los modelos de agenciación sexual de la mujer con frecuencia son culturalmente monolíticos: hay una tendencia de equiparar la agenciación sexual con lo que la autora psicoanalítica Jacqueline Rose denomina el ‘modelo de feminismo globalizado de internet’ representado por ‘una mujer occidental liberada, con sus tacones y falda elegante, llevando una computadora portátil, camino al aeropuerto’ (Rose, 2004, pp. 33-36). Una mujer así es claramente reconocible como objeto sexual, pero excluye formas de subjetividad sexual que sean menos individualistas y capitalistas que la suya. De manera similar, cuando se trata de fuerzas culturales que oprimen la sexualidad, la investigación empírica ampliamente reconocida de Baumeister y Twenge (2002) sugiere que el hecho de haber tenido una ‘revolución sexual’ – como fue el caso en Europa y Norteamérica – es el factor mediador en la supresión casi universal de la sexualidad femenina. Su meta-análisis de estudios transculturales demuestran de manera agobiante que si un país tiene una revolución sexual, entonces las mujeres reconocen desear mas sexo (Baumeister & Twenge, 2002, pp. 166-203).

Al reconocer que los valores posteriores a la revolución sexual son mejores para las mujeres, estas conclusiones alimentan la idea popular de que las mujeres en el mundo occidental tienen ventajas comparativas en lo que concierne a la sexualidad, más que simplemente diferencias.  Esta ventaja comparativa parece relacionada a que los investigadores proporcionan mayor reconocimiento a la variedad de subjetividad sexual en la cual hay un abierto reconocimiento individual del deseo.

¿Qué vocabulario podemos utilizar para hablar acerca de la agenciación sexual de las mujeres que viven y disfrutan relaciones afectivas dentro de grupos comunitarios que se enorgullecen del control sexual de las mujeres? ¿Cómo hacen las mujeres, en países que han controlado la sexualidad femenina, el duelo por la misoginia al tiempo que continúan teniendo Eros? Un modelo lineal de la autonomía corporal contradice la naturaleza adhesiva del grupo en el mundo interno de los hindúes (Kakar, 1996), y su preferencia por configuraciones que favorecen la armonía grupal y la inclusión, por encima de manifestaciones individuales de reivindicación (Sinha, Sinha, Verma & Sinha, 2001, p. 133-145). Formas individuales y grupales de Eros coexisten en el cuerpo y frecuentemente son inseparables.  Escribiendo acerca de la naturaleza corporal de la vida comunitaria de los hindúes, el psicoanalista Sudhir Kakar escribe: ‘El self individual y grupal nacen de manera simultánea para los hindúes, un "Somos" simultáneo al "Soy"’ (Kakar, 1996, p. 361). El Eros corporal para la vida comunitaria se cementa por medio de una relación temprana intensamente física, en muchos casos caracterizada por contacto íntimo, tanto por amamantamiento prolongado como por contacto oral al ser alimentados con las manos.  De esa manera, mientras que la opresión sexual de la misoginia debe ser eliminada de raíz, está imbricada en capas de significado afiliativo y relacional; a lazos con la generación anterior; a valiosos recuerdos culturales colectivos y a posicionamientos sexuales y estéticos cargados de significado cultural que no son fácilmente guillotinados.

Como mujer practicando el psicoanálisis con mujeres* en la India, encuentro útil pensar en un cuerpo individual que posee pulsiones eróticas que surgen autónomamente, como también posee pulsiones transmitidas intergeneracionalmente, igualmente eróticas, que deben su origen al grupo más que al individuo. (*Si bien utilizo la palabra ‘mujeres’, debo aclarar aquí que las mujeres que me consultan para psicoanalizarse son todas de clase media y alta, urbanas). El cuerpo cultural denso contenido en el individual, contiene la historia de los impulsos de la comunidad hindú tendientes al control sexual de la mujer, la idealización grupal de la castidad femenina y la maternidad, ejerciendo un efecto perceptible corporalmente sobre la imaginación individual. El cuerpo cultural ligero, el recuerdo de lazos afectivos con miembros de la familia que fomentaban estos ideales, junto con las identificaciones con la modernidad global, mantienen el cuerpo cultural denso fuera de la conciencia y a menudo en el inconsciente. 

¿Qué sucede cuando una muy deseada liberación sexual individual se desarrolla junto a identificaciones grupales y generacionales que idealizan la negación de la agenciación sexual para la mujer? Escuchen el caso de una paciente de 26 años, Shibani, que presentó gran malestar luego de tener una experiencia placentera de sexo casual que ella misma inició. Luego de la experiencia, se encontró planteando exigencias al hombre de que considerara casarse con ella. Sus exigencias establecieron un interés en él como futura pareja, que sobrepasaba por mucho su verdadero interés en él. En varias ocasiones lo describió como aburrido, patriarcal, y sin mucho para ofrecer excepto ‘estabilidad y seguridad que no necesito ya que tengo mucho dinero propio.’ Además, se puso furiosa cuando él estuvo de acuerdo con ella. Ella aseguraba una y otra vez, no tanto que lo quería tener de vuelta, sino más bien que no quería que él pensara que ella era ‘ese tipo de chica’. Cuando la presioné para que aclarara a qué se referia con ‘ese tipo de chica’, ella finalmente respondió ‘el tipo de chica que tiene una relación de una noche’. Entonces se percató de la comicidad de esto, y se dio vuelta para mirarme. Compartimos un momento de verdadera risa desternillada frente a la ironía de tener que probar que ella no era el tipo de chica que claramente es.

Mi interpretación fue que el comportamiento de Shibani, dirigido hacia el hombre con quien se había acostado, era en realidad para otra audiencia: su familia tradicional Punjabi, para quienes la sexualidad individual de una mujer era un símbolo grupal que representa el honor de la comunidad. La exigencia de que él considerase el matrimonio no era dirigida por el Eros del amor individual sino por el Eros de la agresión comunitaria hacia la agenciación sexual individual de la mujer. Ambas formas de Eros conviven en el cuerpo de Shibani. Cuando disfrutaba de un encuentro sexual casual estaba identificada con su cuerpo individual; y acto seguido, se identificaba con su cuerpo de comunidad, el cual parecía activado afectivamente luego del encuentro sexual.  Ella se sentía colmada de un deseo urgente de transformar su compañero de lecho en un compañero de vida y componía elaboradas fantasías – las cuales reproducía en la vida real – que involucraban intentos de ligarlo a él con ella, que incluía contactar miembros de la familia de él, ofrecerles regalos, y plantearles quejas acerca de la manera en que él la trataba.  Sus verdaderos sentimientos individuales acerca de casarse con él fueron dejados de lado en aras del honor, de la misma manera que su familia lo hubiera hecho alguna vez.

Una regresión anacrónica a valores sexuales de la generación anterior es experimentada en el cuerpo como una necesidad apremiante, similar a una sexual, pero con la agresión erotizada característica de la misoginia. La experiencia del cuerpo comunitario afecta al terapeuta en la transferencia de numerosas maneras.  Ella puede experimentar los sentimientos placenteros repudiados de un individuo ejerciendo su agenciación sexual, puede identificarse directamente con la comunidad punitiva, o puede sentir también – como lo sentí yo – una simpatía confusa y cambiante que recuerda y repite su propia indefensión en situaciones de control comunitario de la sexualidad de la mujer. Cuando Shibani expresaba su sentimiento de abandono, vergüenza, y culpa luego de haber tenido una experiencia de sexo casual, me sentí muy conmovida por lo indefensa que ella parecía.  Sin embargo, cuando ella hablaba de la forma en que acosaba al hombre para exigirle que él la presentara ante su familia, me encontré a mi misma en una reverie de haber sido acosada cuando adolescente por un hombre que no era aparentemente amenazante pero cuyo comportamiento incontrolable yo debía, según se me indicó, ‘simplemente ignorar’. A medida que Shibani continuaba hablando, sentí una extraña admiración por el placer agresivo que ella experimentaba en su persecución, luego una tremenda ansiedad debida a las intromisiones que ella estaba realizando en la vida del hombre, y finalmente compasión por el hombre a quien ella acosaba.  Sentí que ya no estaba en presencia de la joven mujer abandonada que había comenzado la narración, sino en presencia de su hermano o padre enfurecidos, quienes alguna vez podrían haber ejecutado este tipo de justicia sobre su posible amante. Lo que era especialmente notorio era el registro vocal con el cual ella hablaba, que no manifestaba ningún afecto, desengaño o anhelo. Era más bien una mezcla de agresividad violenta (‘Más vale que no me trate de esta manera’) y una agenciación práctica y racional (‘El tiene una empresa familiar, me parece que estaría bien que me case con él, estaría bien cuidada…’). La realidad de la vida profesional financieramente exitosa de Shibani se esfumaba en el telón de fondo, mientras ella realizaba una evaluación de su transacción de feria al estilo de los matrimonios concertados.

Lo que sistemáticamente generaba ansiedad a Shibani luego de un encuentro sexual casual no era la ausencia de un compañero sexual – rara vez importante para ella – sino su propia auto-imagen dentro de la comunidad internalizada de su familia extendida que era conservadora en lo que atañe a la sexualidad. Mientras su cuerpo individual vivía con gran placer su experiencia sexual, el lastre del cuerpo cultural – de cuya pérdida aún no hacía el duelo – se transformaba en actos de mimetismo misógino que eran una defensa contra la amenaza de pérdida presentada por el ejercicio de su agenciación sexual. Cuando no tenía la posibilidad de escenificar una agresión erotizada sacralizada – lo que llamo mimetismo misógino – Shibani experimentaba la misoginia internamente, con síntomas debilitantes de insomnio y depresión, castigo por la agenciación sexual, narrado en un registro vocal melancólico. 

El psicoanálisis nos dice que la misoginia es el producto de un duelo fallido por la pérdida del Eros en etapas tempranas de la vida. Envuelto por el cuerpo cultural está el materno, al cual protege. La escenificación misógina de la violación es por cierto una protesta contra la creciente agenciación de las mujeres, pero su difusión con frecuencia repite inconscientemente el tema del cuerpo comunitario vengativo que afirma la dominancia masculina. Si el énfasis del reporte fuera sobre la experiencia de las mujeres en cuanto a gestionar su sexualidad a la vez que recuerdan y elaboran una historia colectiva de control sexual, entonces paradójicamente, como en el caso de Shibani, la participación de las mujeres en escenificaciones inusuales de la misoginia que incluyen las dirigidas hacia una misma, no excluyen la agenciación sexual, sino que la promueven.  En el diván de la analista, la complejidad de hacer el duelo por la misoginia coexiste con el ejercicio de la agenciación sexual: las mujeres de la India se encuentran en medio de la ética sexual de varias generaciones al mismo tiempo, dependiendo de las figuras individuales, comunitarias y parentales que surjan en su imaginación. 

Referencias
Rose, J. (2004). Go Girl. The London Review of Books. Vol. 21, No. 19, 30 September 1999. pages 33-36.
Baumeister, R. & Twenge, J. (2002) Cultural Suppression of Female Sexuality Review of General Psychology. Copyright 2002 by the Educational Publishing Foundation 2002, Vol. 6 No. 2, pp. 166-203.
Kakar, S. (1966). Intimate Relations. In Indian Identity (2007 edition). Penguin Books: India.
Sinha, J.B.P., Sinha, T.N., Verma, J., & Sinha, R.B.N. (2001). Collectivism coexisting with individualism: An Indian scenario. Asian J. Soc. Psychol., 4: 133-145.
Kakar, S. (1996). The Colours of Violence. In Indian Identity (2007 edition). Penguin Books: India. p. 361.

Credito de imagen: Amruta Patil  ’Sauptik: Sangre y Flores’ (Harper Colins India, 2016) con el permiso del autor. 

Tradducion: Carolina Hoffmann
 

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