La intimidad y el envejecimiento en la madurescencia

Dr. Guillermo Julio Montero
 

Existen diferentes situaciones a lo largo del ciclo vital humano que llevan a un desbalance de la intimidad que hacen evidente una mayor demanda de trabajo psíquico.

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Introducción
Existen diferentes situaciones a lo largo del ciclo vital humano que llevan a un desbalance de la intimidad —entendida ésta como el contenido afectivo de la subjetividad— que hacen evidente una mayor demanda de trabajo psíquico. Estas situaciones pueden provenir de fuentes muy diferentes —vínculos, traumas, accidentes, etc.—, pero hay dos que provienen desde lo somático propiamente dicho: durante la pubertad y durante el climaterio.
 
Este trabajo teoriza acerca del origen y la expresión del envejecimiento humano en la intimidad, considerando que el envejecimiento auténtico comienza a partir del momento en que el ser humano ya no está en condiciones somáticas de reproducirse, específicamente después del climaterio.
 
Por estas razones, en sintonía con trabajos anteriores (Montero, 2009) (Montero, 2013) (Montero, 2015), propónese la madurescencia como el momento específico de la mediana edad de la vida en el que suceden los fenómenos psicológicos característicos que resultan vinculados con los procesos somáticos (peri)climatéricos en hombres y mujeres que derivan en un desbalance y en una urgencia por un nuevo equilibrio de la intimidad.
 
Las dos existencias del ser humano
Pensar con Freud (1914c) las cuestiones ligadas al envejecimiento lleva a la consideración de que el individuo tiene una existencia doble: constituye un fin para sí mismo a la vez que un fin para la especie, algo que reitera en varios momentos de su obra (1915c) (1916-1917 [1915-1917]) (1920g) (1933a [1932]), incluso desde las diferentes tópicas pulsionales.
 
Sostiene que el individuo como fin para sí mismo se afana en la obtención de placer, mientras que como fin para la especie pareciera tener que cumplir con la tarea de la transmisión de la vida: la reproducción. Esta distinción, afirma, también evidencia la existencia de dos tipos de pulsiones.
 
La primera parte de la afirmación freudiana alude a un propósito que abarca diacrónicamente todo el ciclo vital humano, mientras que la segunda afecta sincrónicamente solo un período: la etapa reproductiva que se inicia con la pubertad y termina con el climaterio masculino y femenino.
 
Así como se denomina adolescencia al trabajo psíquico específico que se activa a partir de la pubertad —es decir, desde el momento en que el «plan» de la especie indica que está en condiciones de reproducirse—, se propuso denominar madurescencia (Monteero, 2013) (Montero, 2015) al resultado de la demanda de trabajo psíquico específico que se activa cuando el individuo ha dejado de ser necesario para el «plan» de la especie. En ese momento inicia un proceso de envejecimiento que lo llevará a la muerte.
 
La tensión entre el soma y el cuerpo: la intimidad
A partir de estas reflexiones podría pensarse en la existencia de una cierta equivalencia entre el proceso adolescente en el que la pubertad plantea la urgencia por reproducirse, con el proceso madurescente en el que el climaterio plantea una urgencia diferente: la muerte. Nótese que ambos procesos somáticos (fisiológicos, metabólicos, hormonales) demandan una medida de trabajo psíquico extremo, algo que suele encontrarse en una intimidad amenazada: la urgencia —en muchos casos actuaciones— y el enlentecimiento —en muchos casos depresiones—. Quizás la magnitud —somática, consecuentemente psicológica— de estos procesos sería lo que llevó a diferentes civilizaciones a plasmar la revolución de la pubertad y la revolución del climaterio también como etapas del ciclo mítico del héroe; en el primer caso como una especie de llamado a la aventura y la conquista, en el segundo figurado como un descenso a los infiernos.
 
Blos (1979) sostiene que «la pubertad es un acto de la naturaleza y la adolescencia es un acto humano» (p. 328). Quizás se comprenda el sentido de lo que quiere transmitir, a pesar de que el concepto de «acto humano», pareciera excluir lo «humano» de la naturaleza. Vale aclarar que —en el contexto en el que Blos sostiene su afirmación— habría sido más claro postular que la pubertad es un acto preponderantemente biológico y la adolescencia su consecuencia preponderantemente psicológica, formulando en ambos casos una especie de biología extendida, tal como pueden comprenderse los planteos de Freud acerca del continuum entre biología y psicología humana. O quizás podría proponerse a la pubertad como un acto pautado por la filogenia y la adolescencia por la ontogenia.
 
Podría extenderse esta afirmación sosteniendo que el climaterio constituye un fenómeno preponderantemente biológico y que la madurescencia es su consecuencia preponderantemente psicológica, o que los climaterios masculino y femenino tienen que ver con la filogenia y la madurescencia con la ontogenia.
 
Desde esta perspectiva podría considerarse que el climaterio se genera en el soma y que la madurescencia acontece en el cuerpo —el soma investido con libido y agresión—. Así, podría definirse tentativamente a la madurescencia como resultado de la tensión entre el soma y el cuerpo durante el (peri)climaterio, algo que propusiera originariamente Ciancio (2014). Esta tensión es la que promueve una transformación de la vivencia de intimidad, porque puede resultar tranquilizadora o amenazante, pero que en todos los casos promueve una demanda incrementada de trabajo psíquico.
 
Así como Blos propone que «la iniciación de la adolescencia coincide con hitos somáticos mensurables» (p. 327), podría proponerse que la madurescencia también coincide con hitos somáticos mensurables —vinculados con el (peri)climaterio—, que originarán procesos psíquicos específicos.
 
Es tan significativa la revolución que se produce en el soma —a nivel metabólico, fisiológico y hormonal— en estas dos etapas de la vida, que promueven un desequilibrio subjetivo que puede derivar en una respuesta extrema, como consecuencia de la medida de trabajo psíquico que originan, eso que promueve una renovación de la intimidad, cuando el individuo cuenta con recursos como para promoverla.
 
Es así entonces que, así como puede figurarse al adolescente escrutando la «explosión» del cuerpo frente al espejo, puede también figurarse al individuo madurescente ante la «implosión» del mismo, en idéntica pose de incertidumbre y temor, pero a una irrupción siniestra de la vejez y la muerte, en este último caso.
 
La sexualidad y la muerte
Pero, ¿por qué razón la pubertad y los climaterios generan esta demanda tan importante de trabajo psíquico, si son momentos o procesos propios del ciclo vital humano, si es algo que les sucede a todos los seres humanos desde tiempos inmemoriales? ¿No podría suponerse que aquello que nos constituye como seres humanos debiera ser vivenciado como algo «natural» en lugar de promover tamaña revuelta psíquica?
 
Aquí es importante destacar la metáfora que utilizara Edmund Bergler (1954) —quizás el primero entre los psicoanalistas en definir la mediana edad de la vida, lamentablemente olvidado— cuando sostiene que las manifestaciones psíquicas de la mediana edad  pueden comprenderse como «una revuelta contra la biología».
 
El aspecto psíquico de la biología extendida demandaría un reacomodamiento porque el ser humano parece estar condicionado por dos grandes moratorias. La primera, que Erikson (1951) denominó moratoria adolescente, y la segunda que podría denominarse moratoria madurescente. Estas moratorias humanas son las que generarían la vida psíquica específica, tanto de la adolescencia como de la madurescencia.
 
Este planteo lleva a la consideración de que quizás estas moratorias son anti-naturales, puesto que originariamente quizás solo se tratara de reproducirse cuando llegara el momento y de morir cuando el ciclo reproductivo hubiera terminado, tal como sucede con el resto de las especies animales. Pero en la sociedad occidental contemporánea, la moratoria adolescente obliga a la postergación de la procreación, a pesar de que el mandato biológico la reclamaría perentoriamente. La frustración de esta demanda post-puberal es lo que genera el trabajo psíquico aludido, dando inicio a la adolescencia como fenómeno psíquico.
 
Algo equivalente sucedería con los climaterios, porque también inician una moratoria que posterga lo que la biología reclama: la muerte. El madurescente ya no resulta útil para el plan de la naturaleza porque no puede seguir procreando, pero se resiste a morir «inventando» el envejecimiento —fenómeno casi desconocido entre las demás especies animales—. La moratoria madurescente de postergación de la muerte, consecuencia del desbalance instintivo que caracteriza al climaterio, es lo que generará la medida de trabajo psíquico propia de la madurescencia.
 
Aquí podría aclararse otro aspecto que hace a la naturaleza humana, que tiene que ver con estas moratorias, porque ambas no son sólo una dilación del mandato de la especie —no sólo se trata de procrear y morir para el ser humano—. Durante la moratoria adolescente el individuo decide iniciarse en la sexualidad sin procrear —en general el mandato social inhibe la procreación entre adolescentes—; mientras que en la moratoria madurescente, en lugar de entregarse a la muerte, el individuo decide prolongar su vida lo máximo posible, continuar con su vida sexual a pesar de que el mandato natural ya no requiere la procreación, confrontándose a partir de entonces con el asedio crónico de la vivencia de incertidumbre, algo que inunda la intimidad con vivencias renovadas que promoverán un continuum constituido por un polo de satisfacción y plenitud, y otro de insatisfacción y vacío.
 
Como una de las paradojas más importantes que plantea la vida humana, estos dos períodos de moratoria que se postulan, son los momentos del ciclo vital en los que sería posible promover un verdadero crecimiento y un cambio subjetivo trascendente, tanto como el encuentro con la autenticidad (subjetiva y vincular), eso que alude a la renovación de la intimidad.
 
Cabe aclarar algo que recurrentemente surge como cuestionamiento para esta manera de pensar el tema: el climaterio masculino es muy diferente del violento final que plantea la menopausia al climaterio femenino. Si bien es cierto que el inicio del climaterio masculino no impide la actividad procreativa hasta muy avanzada la edad madura, la biología natural, específicamente los estudios etológicos dentro de ésta, demuestran que en las especies superiores —incluyendo especialmente la especie humana— las crías generadas a partir de machos mayores elevan exponencialmente el riesgo de malformaciones o dificultades para la supervivencia, algo que pareciera que el ser humano también pretende desmentir porque los climaterios poseen una manifestación genérica esencialmente diferente, aunque son funcionalmente equivalentes.
 
De los climaterios a la madurescencia partiendo de Freud
Cuando se postula la filogenia y su transformación en ontogenia durante el climaterio masculino y femenino, podrían postularse una serie de estratos que influyen para el trabajo de la madurescencia. El mandato filogenético (instinto) impacta desde el soma generando un trabajo de decodificación que alerta tanto del programa de la especie como del inicio del envejecimiento. La especificidad de la transformación continua del instinto en pulsión durante el climaterio es lo que podría denominarse «ombligo de la madurescencia».
 
Toda esta teorización acerca del procesamiento madurescente y sus implicancias con la intimidad, surge de los conceptos de Freud acerca del incremento pulsional característico de la pubertad, y más específicamente ligado a este trabajo, en torno al climaterio.
 
En cuatro oportunidades Freud alude al incremento pulsional que caracteriza el climaterio, entre éstas una que incluye el climaterio masculino —aunque la ciencia de la época todavía no lo había formulado con este nombre, Freud infiere algo equivalente de la clínica.
 
Así alude a un enérgico empuje de la libido en el hombre hacia sus cincuenta años [(1910c) (p. 124)]; también a ciertos procesos biológicos que acrecientan la cantidad de libido en la economía psíquica que se conectan de manera regular con la pubertad y la menopausia [(1912c) (p. 243)], a la influencia que estos procesos puberales y menopáusicos tienen sobre la contracción de angustia a los que resulta lícito adscribir un incremento libidinal [(1916-17 [1915-1917]) (p. 367)], finalmente, cuando alude al fracaso del domeñamiento pulsional cuando surge un refuerzo durante la pubertad y la menopausia [(1937c) (p. 229)]. Sostiene, en todos los casos, que no debe resultar sorprendente que estas personas devengan neuróticas repentinamente a partir de este incremento pulsional.
 
Ésta es la base metapsicológica freudiana que permite considerar qué sucede cuando el apremio de la naturaleza —proveniente del soma en este caso— deriva en los incrementos pulsionales característicos de la segunda moratoria, algo que puede decantar en resultados tan diferentes como una transición madurescente o una crisis madurescente, con las derivaciones que ambos tipos de procesamientos tienen respecto de la intimidad.
 
«Resistencias» para una verdadera comprensión de la madurescencia
Finalmente, es oportuno aclarar que esta propuesta de comprensión de la madurescencia como un momento en el largo período denominado mediana edad de la vida, se diferencia del resto porque considera que existe una confusión de planos de interpretación en las clásicas modalidades de comprensión de estos fenómenos.
 
Es común aludir al trabajo de duelo que genera el envejecimiento, la enfermedad o la muerte de los propios padres; o el que genera lo que se denomina «síndrome del nido vacío», cuando los hijos adolescentes inician la exogamia; tanto como lo que puede generar alguna enfermedad crónica o incurable en un individuo madurescente; cuando muere algún coetáneo, etc. Suele considerarse que estos son procesos propios de la madurescencia, pero quizás no sea apropiado considerarlos así. Más parecen situaciones que pueden ocurrir durante la madurescencia y que sirven como pantalla para aludir indirectamente a lo que verdaderamente importa y es esencialmente inconsciente: «el ombligo de la madurescencia», el proceso biológico ocasionado por la segunda moratoria y la demanda de trabajo psíquico que generaría con sus derivaciones hacia el desbalance de la intimidad, algo que sucede a causa de la madurescencia.
 
Todas estas situaciones descriptas activan procesos de duelo, pero no promueven el crecimiento y el desarrollo a través de su tramitación. Podrían ser consideradas de la misma manera que se considera el resto diurno indiferente para el sueño, a través del que puede llegarse al verdadero deseo inconsciente, tanto como puede accederse al verdadero trabajo demandado por la madurescencia, a partir de lo que se genera en cada persona cuando atraviesa cualquiera de las situaciones aludidas.
 
Reafirma esta hipótesis también el hecho de que un individuo madurescente puede haber perdido a sus padres en su infancia; puede no haber tenido hijos, o tenerlos y que permanezcan en su casa; puede mantenerse sana e idealmente podría no haber perdido a ningún coetáneo importante, pero vivirá igual la demanda de trabajo psíquico del procesamiento madurescente a consecuencia de la segunda moratoria porque es una ley que proviene del mandato de la especie, aunque utilizará otros «restos diurnos» para expresarla, seguramente vinculados con cuestiones somáticas: la «casa» en el sueño, la preocupación por el «futuro», las manifestaciones de la «inseguridad» en la sociedad, el incremento de los «robos», etc. Algo equivalente sucedería con la percepción consciente del propio envejecimiento (canas, arrugas, pérdida de tonicidad muscular, etc.). En este caso éste sería el problema consciente, mientras que lo que asedia inconscientemente es lo que proviene del mandato filogenético, el verdadero «ombligo de la madurescencia»: el individuo ya no es necesario para la especie, como ya quedara dicho.
 
Podría considerarse, asimismo, que no resulta valioso teorizar con fenómenos particulares, porque el valor heurístico lo aportan precisamente los fenómenos universales que legitiman la comprensión de los procesos. Por esta razón, este trabajo propone como invariante característico de la madurescencia aquello que proviene de la naturaleza biológica e instintiva —el soma ya no puede reproducirse— que activa la tensión entre el soma y el cuerpo —precisamente cuando el soma comienza a expresar señales del envejecimiento, a pesar de que el tipo de envejecimiento ligado a la segunda moratoria podría no llegar a hacerse consciente—. En síntesis, las transformaciones de los invariantes universales serían aquello que permite la comprensión de la variable individual (subjetiva).
 
Finalmente, podría señalarse una duda respecto de quienes suponen que la madurescencia se habría retrasado cronológicamente en el último siglo, porque la expectativa de vida humana aumentó. Esta puede ser una verdad estadística, pero no es una verdad psicoanalítica, porque el verdadero «ombligo de la madurescencia» proviene de la fuerza del instinto, algo que no podría cambiar en el transcurso de tan pocos años, puesto que sigue amenazando el balance de la intimidad de los individuos.
 
 
Referencias
Bergler, E. (1954). The Revolt of the Middle-Aged Man, Grosset & Dunlap, New York.
Blos, P. (1979). The Adolescent Passage. Developmental Issues, International Universities Press, Madison (Versión castellana: La transición adolescente, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1981.
Ciancio, A.M. (2014). Comunicación personal. Congreso de FEPAL (Federación Psicoanalítica de América Latina), Buenos Aires.
Erikson, E.H. (1951). Childhood and Society, W. W. Norton, New York (Versión castellana: Infancia y sociedad, Hormé, Buenos Aires, 1963).
Freud, S. (1910c). Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, Amorrortu Editores, tomo 11.
Freud, S. (1912c). Sobre los tipos de contracción de neurosis, Amorrortu Editores, tomo 12.
Freud, S. (1914c). Introducción del narcisismo, Amorrortu Editores, tomo 14.
Freud, S. (1915c). Pulsiones y destinos de pulsión, Amorrortu Editores, tomo 14.
Freud, S. (1916-17 [1915-1917]). Conferencias de introducción al psicoanálisis, Amorrortu Editores, tomo 16.
Freud, S. (1920g). Más allá del principio de placer, Amorrortu Editores, tomo 18.
Freud, S. (1933a [1932]. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, Amorrortu Editores, tomo 22.
Freud, S. (1937c). Análisis terminable e interminable, Amorrortu Editores, tomo 23.
Montero, G.J. (2009). Elementos para una metapsicología de la mediana edad y su relación con la muerte. Revista de Psicoanálisis, Asociación Psicoanalítica Argentina, Tomo LXVI, Número 2.
Montero, G.J. (2013). Enfrentando el dolor por la madurescencia. Definición, metapsicología y clínica. Revista de Psicoanálisis, Asociación Psicoanalítica Argentina, Tomo LXX, Número 1.
Montero, G.J. (2015). Psychoanalysis of Maturescence (Definition, Metapsychology, and Clinical Practice). The International Journal of Psychoanalysis, Volume 96, Number 6.
 

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