Entre ellos no ocurre otra cosa sino que conversan

Mme. Laurence Kahn
 

El analista trabaja en la intersección de dos regímenes de lenguaje –uno propiamente semiológico, el otro perlocutorio que da acceso a la parte psíquica más oscura.

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‘Entre ellos no ocurre otra cosa sino que conversan’[1]

‘El ser humano encuentra en el lenguaje un sustituto de la acción; con su auxilio el afecto puede ser ‘abreaccionado’ casi de igual modo’, escribe Freud en Estudios sobre la histeria [2]. Lo repite de una manera algo diferente treinta años más tarde en ‘¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?: ‘[…] la palabra […] Sin duda es un poderoso instrumento, el medio por el cual nos damos a conocer unos a otros nuestros sentimientos, el camino para cobrar influencias sobre el otro […] fue un progreso cultural que la acción se atemperara en la palabra’ [3].

Podemos considerar que la práctica psicoanalítica se edificó sobre este descubrimiento como resultado de una doble ruptura: por un lado, con los psiquiatras que pretenden reducir la psiquis al estado de órgano corporal y, por el otro, con la medicina romántica y su recurso a lo sobrenatural. Contra los primeros, Freud hace valer el hecho de que la actividad psíquica no puede ser concebida sólo en términos de actividad cerebral. Y contra la ‘magia’ de las terapias de la filosofía de la naturaleza afirma que siempre y cuando tomemos en consideración, por poco que sea, las operaciones psíquicas, no encontraremos nada susceptible de superar el entendimiento. Ciertamente la magia desempeña su papel, pero bajo la forma de la ‘magia lenta de la palabra’ [4].

Es así que, en la intersección de estos caminos, en el choque de estos enfoques- haciendo suya la exploración romántica del Witz y de la idea incidente, pero permaneciendo fiel al ‘juramento fisicalista’ de sus maestros-, Freud desarrolla una práctica de la cura apoyándose en una teoría del lenguaje donde se entremezclan los procesos de donación de sentido y una actividad perlocutoria de la palabra, capaz de realizar entre los participantes en la situación analítica los dispositivos libidinales reprimidos.

Sin embargo, recordemos que cuando Freud define la ‘cura por la palabra’, la transferencia no está presente aún en su horizonte. La palabra es considerada como acto en comparación, por una parte, con la fuerza del acontecimiento traumático y, por otra, con la fuerza de acción del instrumento del que dispone el médico, si no recurre a la hipnosis y pone el lenguaje al servicio de la abreacción del trauma. Sin embargo, la relación proteiforme entre inconsciente y lenguaje es ubicada desde un principio en el corazón de la práctica y de la teoría psicoanalíticas. Según su modo de ver, el poder de la palabra va mucho más allá del sentido que ésta supone vehiculizar, sin embargo, Freud no eleva el lenguaje al rango de fundamento esencial de la estructura inconsciente, así como tampoco otorga prevalencia a los feelings como instrumentos de un conocimiento inmediato de la parte psíquica que se niega a la consciencia.

Es el descubrir la amplitud de la función de la realización alucinatoria en el conjunto de la vida psíquica lo que conduce a Freud a concebir el lenguaje como protagonista esencial de los artificios para el cumplimiento de deseo y de las estratagemas de la censura, sea cual fuere el terreno en el que se juegue su enfrentamiento en torno de la represión. No sólo en la formación del síntoma sino también al comprobar que abasia y ceguera histéricas ignoran la anatomía, y que las representaciones que porta el lenguaje corriente son las que regulan el recorte de la afección somática [5]. Ocurre lo mismo en la formación del sueño donde el lenguaje aparece como cómplice de la intencionalidad inconsciente: entre ambos fomentan las deformaciones que permiten a las representaciones reprimidas alcanzar la consciencia sin despertar a la censura y al durmiente.

Pero, sin duda, es en el campo de la transferencia donde la asociación  entre el decir y el hacer revela su mayor productividad. En el centro de la relación psicoanalítica, las palabras, oídas por lo que quieren decir, son escuchadas por lo que no quieren, y sobre todo no pueden, decir. Ciertamente, en la palabra dirigida, la transferencia y su fuerza de repetición despojan a los protagonistas del dominio del curso de los acontecimientos psíquicos. Por este medio, el psicoanalista es llevado a sintonizar su escucha con el huésped desconocido que se activa secretamente en la relación: ese ‘ello’ que clandestinamente busca obtener lo que las reglas comunes del convivir en sociedad, anudadas a la configuración más privada de las prohibiciones, le rechazan.

Nos encontramos aquí muy lejos de la dimensión dialogal del uso de la palabra. Si el instrumento del trabajo analítico se asemeja a una puesta en sentido, a una puesta en trama o a alguna semantización del afecto, es a condición de agregarle el quiebre de las lógicas del lenguaje. De hecho, en el abordaje del inconsciente reprimido, son dos los regímenes del lenguaje que se entrelazan: uno semiológico, en el que se despliegan las significaciones que se niegan a la consciencia, el otro perlocutorio donde toma cuerpo, en presencia, la parte psíquica más oscura, la que sólo se deja conocer por los efectos de la enunciación de la palabra –efecto cuya intencionalidad escapa a la consciencia del paciente y, en un primer tiempo, también a la del analista. Sólo la reelaboración de la repetición permitirá su apropiación.

Aún resta la cuestión principal: ¿Cuáles son las vías que el analista toma para calificar con palabras esta zona rebelde a la toma de consciencia y al recuerdo que, sin embargo, actúa por medio de las palabras? [6]. El movimiento que en la actualidad tiende a otorgar siempre más importancia al ‘compartir las emociones’ a fin de ‘comprender” al paciente, ¿no pasa por alto ese tejido complejo entre inconsciente y lenguaje? Ciertamente, la sobrevaloración del rol del afecto en tanto ‘experimentado” y la tentación hermenéutica de traducirlo verbalmente son grandes. Pero, ¿no le otorgan demasiado protagonismo a la experiencia manifiesta y a su fuerte componente preconsciente?

En todo caso, me parece que esta posición deja de lado una de las definiciones más fuertes de la contratransferencia dada por Freud, a saber: el influjo ejercido por el paciente sobre ‘el sentir inconsciente’ [7] del analista – una definición que complica mucho los modelos simplificados del ‘dominio” de la contratransferencia o de la transmisión telefónica. Freud lo sabe: la aptitud del inconsciente del analista para captar las señales que emanan del inconsciente del paciente sirviéndose de los derivados que lo alcanzan, una aptitud así, no puede estar exenta de la interferencia de las investiduras propias del analista y de su dispositivo libidinal personal. Es sin duda la única vía por la cual las señales no verbales, que emergen con la expresión de los afectos, pueden transformarse en una estructura simbolizable. Pero, ¿se trata sin embargo de un intercambio intersubjetivo? Esta simbolización, ¿corresponde a una narración de a dos construida sobre la escena ‘mutua’ de las interacciones? Por el contrario, creo que tanto el funcionamiento en proceso primario como el régimen de la asociación libre no pueden ser ‘compartidos’: atención flotante, desmezcla, defensa, desorganización de la vigilancia ordinaria de la consciencia, regresión, funcionan de manera no sintónica entre analista y paciente.

En cambio, en el decurso de la sesión y sobre su propio escenario, el analista engrama un conjunto extremadamente heteróclito de percepciones que, por otra parte, nos cuesta mucho transmitir cuando se trata de referir una sesión. La atención flotante impulsa, en efecto un régimen asociativo en el que se mezclan fragmentos discontinuos del discurso del paciente, palabras que retornan sin que podamos aprehender en dónde arraiga su insistencia, restos perceptivos del pasado del análisis, restos perceptivos que son absolutamente propios del analista (es decir privados), trozos de sueños, sensaciones corporales inesperadas, la reminiscencia de un lapsus que tuvimos con este paciente…, pero tal vez fue con algún otro ¿y por qué eso retorna ahora?, etc.,…etc. Es todo esto lo que el analista se dedica con esmero a convertir en formaciones de lenguaje pertinentes y, finalmente, en cierto tipo de construcciones para que el paciente pueda apropiárselas y elaborarlas.

Pero, además, es necesario que el analista pueda desprenderse de las representaciones meta que desviarían su escucha – y entre ellas de los señuelos de la identificación. Imaginemos que se dejara captar por el relato desgarrador sobre la muerte de la abuela de algún paciente, ese relato y los sentimientos que suscita le recuerdan significativamente la muerte de su propia abuela, amada por sobre todo. Si bajo el efecto de este entendimiento emocional, la compasión lo empuja a validar la autenticidad de lo experimentado, lo inconsciente implicado en este relato permanecerá en la sombra: implicaciones narcisistas, ligadas a la obtención de una identidad de experiencias entre paciente y analista; implicaciones pulsionales ya que quién podría ser al fin de cuentas esta abuela en la transferencia…; implicaciones de la culpa y de la ambivalencia, ya que esas lágrimas manifiestas esconden tal vez un virulento reproche dirigido hacia la abuela por haber tomado tan complacientemente el lugar de la madre; finalmente, y sobre todo en ese caso, implicación del dolor y de su uso, puestos al servicio de un masoquismo destinado a obtener el amor a cambio del sufrimiento, y esto desde la infancia. Al final de semejante sesión, profundamente emotiva, el paciente me dice ‘à merdi’, en lugar de ‘à mardi’*. En bloque, y en virtud del desgarro de una palabra, acababa de surgir la fuerza de la corriente transferencial hostil.

Sin duda, es así que hay que comprender el llamado de Freud a la indiferencia – nombrada por él en ocasiones indifférenz, y en otras Gleichgültigkeit [8] – o el llamado a la ‘frialdad’ en esa carta a Jung en la que interpreta la búsqueda narcisista del analista como contrapartida de su implicación y de sus buenos sentimientos. ‘Usted entrega mucho de su propia persona, y espera algo a cambio’ [9]. En la misma carta, Freud anuncia la publicación de ‘Sobre la dinámica de la transferencia”. Pero es en ‘Puntualizaciones sobre el amor de transferencia’ donde hará valer los argumentos éticos y técnicos que vedan al analista el sucumbir a cualquier inclinación afectiva en relación a su analizandos. Gratificar al paciente ‘engolosinándolo’, aunque fuera estrictamente de manera verbal, sólo tendría como efecto atemperar el régimen transferencial y la intensidad de los afectos en beneficio de un movimiento, seductor en el fondo, cuyo triste mérito sería el de calmar reivindicaciones inconscientes, conflictos transferenciales y sentimientos de odio [10]. Figura caritativa, el analista de este modo corre el riesgo de devenir objeto de una idealización que, ciertamente, en el plano interpsíquico de la relación analítica, satisfará la necesidad de ternura del paciente y el orgullo del analista, pero que sin duda reforzará la represión de los movimientos de odio. En acto, el analista alimenta así la repetición que sólo lleva a reproducir la condición infantil que busca obtener el amor parental. La sugestión, en psicoanálisis tiene más de una cara.

Queda otro punto importante: tal concepción de la acción de las palabras en la transferencia y la contratransferencia supone que el modo alucinatorio de la satisfacción inconsciente quede diferenciado de la alucinación propiamente dicha. Los pensamientos obsesivos del Hombre de las ratas, derivados de las declinaciones y de los encajes de una misma forma acústica, de un mismo significante que, desde ratas (Ratten), a los pagos (Raten) pasando por el raten* del matrimonio (heiraten) culminan en la revelación del goce fantasmático de un suplicio anal, esos pensamientos obsesivos no son formaciones simbólicas. Ciertamente, la lengua da acceso a ese escenario infantil, organizado en el seno de una potente relación homosexual con el padre cuyas modalidades transferenciales extremadamente violentas, Freud detalla en el ‘Diario del Hombre de las ratas. Pero, es gracias a esta misma lengua que la silueta de aquello a lo que apunta in fine la intencionalidad inconsciente, puede permanecer irreconocible.

En cierto modo, se trata del punto nodal mismo del desprecio de Edipo y de su despliegue trágico facilitados por la riqueza anfibológica de la lengua griega. Anudados en los repliegues de un lenguaje extremadamente condensado, el crimen y la falta del héroe se presentan al mismo tiempo de manera explícita y perfectamente disimulada gracias a los múltiples doble-sentidos, ya sea que sean inherentes a alguna unidad lexical o  producto de la sintaxis [11]. Es así que desde el inicio, Freud plantea la relación que une tan estrechamente el asesinato, su represión y su retorno, dado que el conjunto toma cuerpo en el uso trágico del doble sentido de las palabras. Tragedia asesina que golpea tanto al individuo como a la esfera de lo colectivo. Algo que Freud retomará de un extremo a otro de su obra, desde Tótem y tabú hasta Moisés y la religión monoteísta. Pero me parece destacable que, en todos los casos, el primer asesinato en su función inaugural no sea un mito sino un acto. Un acto en el que la cultura, la lengua de la cultura, debe llegar a elaborar el núcleo: entre represión, sublimación y desplazamiento, el primer impulso de la civilización es traumático.

¿Nuestra cultura lo logró? Es muy poco probable a juzgar por la facilidad con la que el uso de la palabra puede revertirse, dando lugar a arengas asesinas sin límite. Pero esto daría lugar a otro desarrollo sobre la relación entre lenguaje e inconsciente en la esfera colectiva.

‘frialdad’
 
*N del T: Para los pasajes de las obras de Freud citados en francés por la autora se empleará la edición castellana de Amorrortu Editores con traducción de José Luis Etcheverry. En el presente artículo se procederá a citar, en nota al pie, la edición francesa del artículo de Freud, respetando la referencia citada por la autora, seguido, entre corchetes, de la referencia en castellano con el título, el volumen y las páginas correspondientes.

[1] Freud, S. (1925).  La question de l'analyse profaneOCF XVIII, p. 9. [Freud, S. (1926). ¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? Diálogos con un juez imparcial. Amorrortu editores. Tomo  XX, p. 175].
[2] Freud, S. (1893a). Du mécanisme psychique de phénomènes hystériques ; Communication préliminaire, Études sur l'hystérieOCF-P  II, p. 28. [Freud, S. (1893-1895). Sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos: comunicación preliminar (Breuer y Freud). Estudios sobre la histeria. Amorrortu editores. Tomo II. P. 34].
[3] Freud, S., La question de l’analyse profaneop. cit., p. 10 [Freud, S. (1926). ¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? Op. Cit. P.176].
[4] Freud, S. (1890). Traitement psychique, Résultats, idées, problèmes, I, Paris: PUF, 1984 [Freud, S. (1890) [Tratamiento psíquico (tratamiento del alma). Amorrortu editores. Tomo I p.111].
[5] Freud, S. (1893). Quelques considérations sur une étude comparative des paralysies organiques et hystériques, Résultats, idées, problèmes I, Paris,  PUF, 1984. [Freud (1893) Algunas consideraciones con miras al estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas. Amorrortu editores Tomo I,  p. 191].
[6] Freud, S. Remémoration, répétition et perlaboration, OCF-P XII, p. 187-196. [Freud, S. (1914), Recordar, repetir y reelaborar (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II) Amorrortu editores. Tomo XII, p.145-157].
[7] Freud, S. Les chances d'avenir de la thérapie psychanalytique, OCF-P X, p. 67 [S. Freud (1910) Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica. Amorrortu editores, Tomo XI p. 129].
N de T. ‘à merdi”, en lugar de ‘à mardi. En lugar de ‘à mardi”, en español: hasta el martes, el paciente dice ’à merdi. Cambia la letra ‘a” por la ‘e” y así remite etimológicamente a ‘merde”  (mierda), como por ejemplo: merdier: [de  Merde]:1-Lugar lleno de excrementos; 2-Fig.-Gran desorden, confusión inextricable. [Def. Le Petit Robert de la langue française].
[8] Con respecto a este punto, ver, A. Hoffer ‘Toward a Definition of Psychoanalytic Neutrality », Journal of the American Psychoanalytic Association, vol. 33/4, 1985, pp. 771-79.
[9] Carta de Freud a Jung del 31 de diciembre de 1911.
[10] Freud, S. (1915). Remarques sur l’amour de transfert, OCF-P  XII, p. 199-211. [Freud, S. (1915 [1914]) (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, III). Amorrortu Editores, p..160-174].
[11] Hay que recordar que Freud leía muy bien el griego antiguo, al punto de traducir un pasaje de Edipo rey para su examen final en el Gymnasium: carta a Emil Fluss del 16 de junio de 1873.

Traducción: Patricia Laura Suen
 

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