15 -16 años depresión adolescente, ganas de nada, sólo de quedarme bajo el plumón. Era un verano espantoso; la lluvia caía sin cesar, mis amigos se habían ido de vacaciones, no sabía qué hacer ni conmigo mismo. Ni siquiera la lectura de novelas, que habitualmente me apasionaba, llegaba a captar mi atención, todo me resultaba indiferente.
Mientras arrastraba mi spleen por la casa, paso por delante de la biblioteca de mi padre. Esta biblioteca nunca había presentado interés alguno para mí porque sólo contenía obras ligadas a su profesión de veterinario. ¿Por qué me detuve allí ese día? ¿Por qué leí en detalle algunos títulos en el lomo de los libros? Fue por pura casualidad o bien mi inconsciente ya había captado alguna información anteriormente cuando había observado qué libros se encontraban allí. Por primera vez (¿?) observo que, entre los tratados profesionales, se ocultan algunos otros libros. Descubro, entonces, una obra con la tapa amarillenta editada en 1948 por la editorial Payot. El título era enigmático para mí: Psicopatología de la vida cotidiana escrito por un tal Dr. Sigm. Freud, profesor de la facultad de medicina de Viena. Me pregunté ¿Qué significará Sigm.? Si hay un punto después de Sigm. es, sin duda, porque al nombre le ha sido amputada una parte ¿Por qué? Además, hasta ese día, yo nunca había oído hablar de Freud o del psicoanálisis.
Ese libro era intrigante: yo no tenía la más pálida idea de lo que significaba la palabra psicopatología. Había crecido en una familia que preconizaba una medicina dura, para nada volcada hacia lo psi o hacia la expresión de las emociones. Ciertamente, la noción de inconsciente no había aún penetrado mi familia. Me lanzo a la lectura de Freud y fui inmediatamente fascinado por Signorelli. Devoro las primeras páginas: me encontraba literalmente inundado de emociones. Pero he aquí que, después del inicio de mi lectura, comprobé que las páginas siguientes estaban todavía pegadas entre sí, y que no podía proseguir mi descubrimiento a menos que utilizara un abrecartas. Sólo más tarde aprendí que, hasta finales de los años 50, era habitual que los libros fueran impresos “a la antigua”, es decir, que las páginas no estuvieran separadas, sino ”encuadernadas a la rústica” no ”desmochadas” para permitirle al lector conocedor tener el placer de cortar sus propias páginas a la medida de su lectura. Esas páginas, aún vírgenes, eran muy intrigantes ya que me indicaban hasta dónde mi padre había llevado su lectura. ¿Por qué mi padre había detenido la lectura de ese libro fascinante después de una veintena de páginas? Muy rápidamente una inquietud me atormentó. ¿Y si se trataba de un libro “prohibido”? ¿Y si contenía algo que me era prohibido leer, cosas que no debería saber, que mi padre no me autorizaría a leer, a conocer? Terriblemente culpable por mi taladrante curiosidad, me encontraba frente al libro con el abrecartas en la mano sin atreverme a actuar, a pasar al acto. Mi elección del término abrecartas en lugar del de cortapapel refleja mi temor a entrar en una intimidad. Ahora bien, era justamente de eso de lo que se trataba: de entrar en la intimidad de las cosas inconscientes, en la intimidad de la psiquis. Lo que yo presentía confusamente sobre la profundidad de mi propio funcionamiento psíquico y sobre los secretos de mi propia psiquis me espantaba mucho más que la realidad de las prohibiciones de mi padre que, de todos modos, no estaba en absoluto interesado en lo que yo leyera. Para él, leer era “tiempo perdido”. Mucha más tarde me di cuenta de que mi amor por la lectura era una forma de oposición adolescente a mis padres. El placer de leer no me abandonó nunca y ciertamente da testimonio aún de esta curiosidad y, tal vez también, de un resto de oposición frente a la incultura. Pero en esa época, tal vez prefería creer que lo prohibido era externo, paterno, aun cuando no excluyo la idea de que pudiera haber cierto malestar en leer un libro suyo, un libro que él había comenzado a leer, un libro que abría hacia una vida interior oculta .¿La mía, pero, también la suya? Atrapado en todos esos remolinos, sólo me permitía cortar algunas páginas del libro cada día. Había encontrado así una solución de compromiso entre el excitante deseo de saber y la prohibición o el miedo de saber. En efecto, había algo muy excitante en esta lectura “prohibida” que me “quemaba la cabeza” como dicen los adolescentes hoy. ¿Podemos decir que toda primera vez estaría ligada a una transgresión?
Al traer a la memoria estos recuerdos, me dije que el abrecartas y la separación de las páginas tenían una valencia muy sexual de desfloración, de penetración en la intimidad del otro. Pero, este pensamiento no ha provocado en mí un verdadero impacto emocional.
Sin embargo, esta fuerte impresión de excitación no me ha dejado tranquilo y siguió abriendo su camino asociativo. Esta escena de la lectura transgresora en la adolescencia trajo un recuerdo, ¡una emoción fulgurante! El descubrimiento de algo desconocido, la apertura hacia una dimensión totalmente insospechada. Fue la primera vez que vi a una mujer. ¡Tenía 4 años! A partir de ese momento, ya nada sería igual. En mis asociaciones dos “primeras veces” se responden en eco.
Aquél día, como de costumbre, me precipité al cuarto de B., mi Nanny que vivía en nuestra casa de manera permanente, y abrí la puerta de golpe. A los 4 años, ignoraba aún que había que golpear a la puerta antes de ser invitado a entrar al cuarto de una dama. Llegué como tromba a su cuarto, lindero con el mío, y la veo parada delante de mí. De hecho, no es a ella a quien veo sino a sus generosos senos desnudos. Tranquilamente y sin decir palabra se pone un pulóver. Quedé fascinado, excitado, angustiado, patas para arriba por un torbellino de emociones indescriptibles por el encuentro de lo sexual misterioso, enigmático con su dimensión de angustia palpitante. Mi mundo vacila. A partir de ese momento, ya nada volverá a ser como antes. Me veo confrontado al despertar de mi sexualidad. Aún hoy, no encuentro palabras para describir ese estado de exaltación y de fascinación ante lo desconocido. Supe que sería allí donde yo quería vivir. Todo es vivido por primera vez y sin preparación, afirma Milan Kundera.Seguramente, no hubiera compartido la opinión de Woody Allen, si lo hubiera conocido entonces, que dice que la primera vez que vio una mujer desnuda, creyó que era un error.
Al dejar vagabundear mis asociaciones, me vuelve también una historia repetidas veces contada en mi familia, la del primer encuentro de mis padres…pero esa es otra historia.
Cada día hay primeras veces, pero no son vividas como primeras veces, como mucho como un nuevo descubrimiento y no como una confrontación frente a un misterio. ¿Por qué será que la primera vez que saboreé un nuevo plato delicioso, visité un lugar magnífico, leí una novela desconocida y emocionante o vi tal obra de arte sensacional no se inscribió en mi memoria con esta fuerza emocional particular que caracteriza a ciertas experiencias otorgándoles el “estatus” de primera vez? Recuerdo con cierta emoción el sabor de aromas frescos y densos de las uvas de Corinto y del té negro, la acidez penetrante de un maravilloso Château Yquem 1937 bebido en compañía de muy buenos amigos. Seguramente, no volveré a beberlo jamás y, sin embargo, esta experiencia no tendrá jamás el valor tan particular de primera vez para mí. Tal vez, porque el descubrimiento de nuevos sabores, de nuevas sensaciones, de nuevos encantamientos frente a obras de arte desconocidas se repita bajo una misma ley que lo determina. Esta clase de primeras veces, que se inscriben en el campo cultural, social, incluso amistoso, son de otro orden porque se sitúan en el registro de la sublimación, que es ciertamente del orden de lo sexual, pero un sexual transformado por el proceso mismo de la sublimación, civilizado de alguna manera, donde la violencia pulsional es dominada por el médium elegido. Mientras que la verdadera “primera vez”, ocurre cada vez que se trata de un encuentro amoroso y sexual. “Cada vez es la primera vez”. Encuentro en su acmé bajo la forma del flechazo que repite el encuentro con el objeto primario, excitante y enigmático (en el sentido de Laplanche).
El encuentro analítico pertenece también al orden de una “primera vez” en donde, en la conexión transferencial y contratransferencial, el paciente se dice: “es este analista el que quiero” y el analista se dice; “tengo ganas de tomarlo o tomarla (¡¡!!) en análisis”. Aquí también se trata de reencuentros inconscientes con el objeto primario, aun cuando existe una disimetría entre los dos. Y la historia repetida al infinito es una nueva historia que el analista escucha como si la escuchara por primera vez. Los momentos mutativos, que son muy frecuentemente vividos como “primeras veces”, son siempre un impulso del amor de transferencia. Escuchemos a Barbara; “Cada vez que uno ama de amor…rehace el mismo camino, no recordando nada...uno se dice, y cree, que es por primera vez, cada vez, cada vez que uno ama de amor…”
El impacto de la primera vez evoca el conflicto estético descripto por Meltzer. El objeto estético no sólo es experimentado como bello, porque al poseer hasta el exceso todas las cualidades susceptibles de colmar el aparato perceptivo del niño, es también atractivo, seductor, lo lleva irresistiblemente a un vértigo excitante, pero potencialmente destructor (Houzel). La primera vez es siempre el encuentro con un misterio. Es la apertura de un inconsciente sexual el que otorga ese gusto particular a las verdaderas primeras veces. Pero, la primera vez se inscribe siempre, por facilitación asociativa, en una serie de otras primeras veces. Es el a posteriori el que le otorga a una primera vez su carácter excepcional. La primera lectura de Freud transgresora a través del libro de mi padre, me hace asociar con la sexualidad infantil, con el descubrimiento de la femineidad, con el despertar intenso de la pulsión, con el encuentro de mis padres…
La primera vez, ¿será la búsqueda del sabor particular perdido de una primera vez originaria estructurante con el objeto primario? Pero, la primera vez, puede generar tanto el encantamiento como un sentimiento de horror o una mezcla de sentimientos. El espacio que me es reservado aquí no me permite abordar esos aspectos menos agradables de horror y de espanto.
Antes del número Uno de este e-journal que usted tiene, por así decir, en sus manos, había ya una primera vez: el número cero de este e-journal que hemos leído en la intimidad de un pequeño grupo. Hay siempre entonces un antes, un antes-primera vez. Un antes Freud, un antes B.
Ningún momento de la vida, ninguno de esos momentos de “primera vez”, se presentará ya nunca más bajo esta forma inicial. El término mismo de primera vez es ambiguo. En efecto, si existen numerosas primeras veces, cuál es la primera vez de todas, el ombligo de esas primeras veces. Imagino que nadie lo descubrirá jamás, pero que cada uno para sí, continúa buscándolo toda su vida hasta la…última vez. La primera vez es una promesa –incierta- de devenir.
Este primer número del e-journal es una promesa de devenir con su cuota de
misterio, de excitación y de angustia palpitante.