¿Fronteras? ¡Atravesarlas!

Dr. Oswaldo Ferreira Leite Netto
 

El psicoanálisis como instrumento de emancipación de las personas y recurso para traspasar fronteras entre grupos. La rigidez institucional impide la adecuación a las demandas de la contemporaneidad.

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Naciones divididas, nacionalismos, desigualdad social. Hombres desunidos. 

Pandemia: distanciamiento social. Estamos ante fronteras que endurecen y deshumanizan provocando que quienes tienen por función escuchar los anhelos de libertad de las minorías sientan extrañeza y queden impactados ante las ‘nuevas’ sexualidades y los nuevos contratos conyugales y familiares que van ganando visibilidad.

El psicoanálisis es revolución, pues facilita y  posibilita la recuperación de la vitalidad del pensamiento y del lenguaje. Como psicoanalistas, nos guía el coraje de Freud al cuestionar las rígidas concepciones médicas, las búsquedas etiológicas y los esfuerzos curativos  para apaciguar el malestar de la angustia. Ayudamos a las personas, no a eliminar su angustia, sino a aprender a manejarla, a ampliar su espacio interno, para que puedan convivir con sus deseos y apropiarse de ellos, admitir los conflictos, la ambivalencia, la propia imaginación, verbalizando, narrando, escuchándolas. 

Vengo de la medicina y la psiquiatría. En mi experiencia, el freudismo y su práctica luchan en la actualidad, al igual que en sus inicios, contra los esfuerzos del sistema por agotarlo, medicalizarlo, burocratizarlo. La visión psiquiátrica del sufrimiento psíquico trae consigo conquistas a nivel del funcionamiento del organismo, del cerebro humano; pero también trae lo que viene del poder que la medicina ejerce sobre los seres humanos que buscan alivio, seres que idealizan la salvación, que se someten a controles e imposiciones prescriptivas que los aprisionan. 

Mi práctica clínica, como psicoanalista, se establece y desarrolla, desde el inicio, en las fronteras con la medicina y con  la psiquiatría, y en la demanda  que recibo como profesional de la salud de un sistema público asistencial en un hospital público vinculado a la enseñanza médica. 

Atravesé la frontera bien delimitada del conocimiento médico para poder acceder al campo del psicoanálisis, a su epistemología, a sus fundamentos y objetivos. Continúo  en el hospital-escuela de la facultad de medicina como psicoanalista y  participo de la enseñanza (formación médica y psiquiátrica), y de la asistencia a pacientes con diagnósticos psiquiátricos y con sufrimiento psíquico; superviso a jóvenes médicos, psiquiatras y pasantes, que buscan perfeccionarse en el área de las psicoterapias y aproximarse al psicoanálisis para escuchar a los sujetos en su singularidad. Esta situación privilegiada de encontrar jóvenes estudiantes de medicina, en una facultad importante, entusiasmados, inteligentes y críticos, y poder transmitirles los fundamentos y peculiaridades de la clínica fundada en supuestos psicoanalíticos, permite que una gran mayoría de ellos reafirme su propia elección de la medicina como práctica, en la medida en que su extraordinario desarrollo tecnológico y la impersonalidad  de las prácticas basadas en la búsqueda de la eficacia y la productividad decepcionan vocaciones que llamo humanísticas, por estar vinculadas a lo esencial y fundante en medicina: la escucha y la contención de los sujetos, el interés y la atención a cada uno de ellos, en su singularidad.

En un país como Brasil, de enormes desigualdades y tamaño continental, las regiones determinan contextos culturales diversos, posibilidades y oportunidades de desarrollo muy diferentes. Ingresé en una universidad pública viniendo de un medio privilegiado de recursos; pasé a atender personas carentes, privadas de las condiciones necesarias para el desarrollo de sus potencialidades como seres humanos. Primer trauma: atravesar esa frontera de mi mundo de origen para llegar a  otros territorios, en mi propia ciudad. Tomé conciencia de la injusticia social y también política. La conciencia de la posibilidad de ampliar horizontes, de cambiar los puntos de vista, y la experiencia fundamental e insustituible del análisis personal, cambiaron mi percepción. La idea de frontera como límite que define un territorio cerrado se modifica, surgiendo como un contacto posible con el diferente, una interface.

Así, en la idea que se fue construyendo a partir de nuevas experiencias, la frontera  se revela como posibilidad de apertura a lo desconocido, a la alteridad: circulación, nuevos horizontes. Travesías. 

Aquí se trata de reivindicar para el psicoanálisis una constante relación con lo que está fuera: lo extraño, lo extranjero.

Nosotros, psicoanalistas, somos puestos a prueba en las fronteras!

No pienso a los psicoanalistas ni a las instituciones psicoanalíticas como propietarios de sus conceptos restringiendo las posibilidades de actuación de sus miembros. 

En la frontera donde actúo somos desafiados constantemente por interrogantes, dudas y críticas de algunos psiquiatras en relación a nuestra práctica, orientada a la singularidad de los pacientes, a la construcción de autonomía, libertad y autenticidad. Vamos más allá de la normatización buscada por la psiquiatría, vamos más allá del diagnóstico preciso de las patologías y de los tratamientos buscados y elegidos en base a resultados demostrables. 

En este servicio de psicoterapia, que dirijo, y donde creamos un centro de psicoanálisis, garantizamos la presencia de psicoanalistas abocados a la atención de pacientes psiquiátricos a los cuales les ofrecemos esa escucha nunca imaginada ni considerada, dada la precariedad y limitación de sus vivencias. 

A los analistas, originarios y formados en ambientes elitistas a los cuales pertenecen las propias instituciones psicoanalíticas, a los que recibimos como pasantes, les posibilitamos el acceso a un público que habita y viene de otros territorios, en la propia ciudad en la que vivimos, alejados del centro, que viven en los márgenes, en la periferia, en las comunidades o favelas; y descubrir en ellos humanidad, capacidad de resiliencia, sensibilidad, creatividad; y formas de vida libres, inusitadas y peculiares ante la estrechez de ciertos valores que prevalecen en las clases privilegiadas y dominantes. Muchos de los analistas vienen de grupos elitistas que se mantienen apartados de los negros y de los representantes de la diversidad sexual. 

El psicoanálisis puede endurecerse y empobrecerse, a veces producto de su propia institucionalización.

Y Freud, en 1910, en su ‘Über wilde Psychoanalyse’ nos llama la atención sobre la aplicación de las teorías a través de interpretaciones salvajes.

El diálogo se interrumpe, la frontera se cierra, el analista se autoriza o explica, por cuenta propia, interrumpiendo la interacción con el otro. Ese salvajismo también lo observo como consecuencia de la apropiación médica de las formulaciones psicoanalíticas sin haber hecho  la distinción epistemológica necesaria ni el duelo por la medicina, esencial a la práctica psicoanalítica. Freud nos habla, en el trabajo citado anteriormente, del apuro del joven médico en formular explicaciones a su paciente que son sentidas por él como agresiones, escandalizando y alejando al consultante, favoreciendo prejuicios contra la actividad del analista. 

Intrainstitucionalmente, algunas propuestas de acción, algunas experiencias, pueden ser recibidas como un dictamen: esto no es psicoanálisis. Estableciendo fronteras, diferenciando lo que está más allá de lo que está más acá de la frontera la mirada se endurece. 

Hace algunos años, en nuestra Sociedad, la Sociedad Brasileña de Psicoanálisis de San Pablo, participé de la creación del Departamento de Asistencia a la Comunidad, que pretendía crear una nueva posibilidad de participación en la vida institucional, con propuestas para asistir a segmentos de la población  desatendidos en términos de salud mental, despertando e incentivando la creatividad de los miembros de la Sociedad. Hasta el presente este Departamento se está ampliando y ofrece con solidez esas experiencias a los miembros interesados, experiencias que todavía chocan por lo inéditas y por representar una amenaza a convicciones relativas a ciertos aspectos considerados ortodoxos en nuestra práctica. Poder estar en el espacio público, ofreciendo una ‘conversación con el analista’, en la plaza pública, por poco tiempo, al pasante que pudiera interesarse. Atención puntual, con pocas intervenciones, favoreciendo el habla y la escucha, posibilitando la reformulación de los puntos de vista y los sentimientos de gratitud…de ambas partes.

La presente situación de la pandemia nos puso a todos a prueba: ¿cómo sostener ciertas exigencias, identificadas con el rigor y con la ortodoxia? ¿Y la demanda? Vimos, así, flexibilizaciones, tal vez en algunos, no en todos, nunca antes imaginadas. Sabemos que muchos colegas ya venían atendiendo por Skype en situaciones excepcionales, por ejemplo  cuando la necesidad de hacer viajes internacionales interrumpía el trabajo presencial. O en osados proyectos de llevar el psicoanálisis a  países donde ese conocimiento y esa práctica comenzaban a implantarse.

Esta situación inesperada, que se espera sea transitoria, pasajera, depende de la pandemia que intentamos contener, y nos pone a prueba, una vez más. 

En países como el nuestro, algo más crónico y de difícil manejo es la desigualdad social. Es un gran desafío para los psicoanalistas llegar a personas absolutamente carentes de recursos materiales pero que de alguna forma buscan constituirse  como seres humanos, y ofrecerles las herramientas que les permitirán orientarse hacia la libertad y la autonomía con una práctica que incluye el inconsciente dinámico y conflictivo. 

El ‘salvajismo’ del psicoanálisis brota en el terreno de la sexualidad, terreno del que tanto  se habla en la actualidad y que tanto se cuestiona. Se patologizan, apropiándose de la teoría, comportamientos y manifestaciones ahora visibles: las minorías, las diferentes manifestaciones de la sexualidad, generan resistencias, oposición, explicaciones, interpretaciones salvajes por parte de los psicoanalistas; lo que no deja de sorprender, ya que consideramos lo sexual como algo mucho más amplio. Incluso, en el proceso sexual considerado como normal puede haber insatisfacción, como podemos verificar a diario en nuestra práctica clínica. Esto nos remite, por tanto, a la peculiaridad de la vida sexual humana: lo erótico alojado en la imaginación y la fantasía.
 
La técnica psicoanalítica no tiene el sentido actual del know how de las tecnologías aprendidas y reproducidas con rapidez, ni el del campo de los diagnósticos por imágenes, por ejemplo. No se trata, en psicoanálisis, de una técnica médica, pero sí de algo que no se aprende en los libros, un aprendizaje incompatible con la burocratización de una formación que otorga diploma para la práctica, garantía lucrativa, éxito, resultados. En nuestros institutos de formación debemos preocuparnos por contribuir a que nuestros analistas en formación no aplasten a sus pacientes con diagnósticos ‘salvajes’. Desafío a nuestros  psicoanalistas a posicionarse contra la exclusión y la violencia dirigida hacia las mujeres y los homosexuales. Tenemos, sin duda, condiciones para ampliar nuestros territorios y traspasar fronteras en la escucha de la pluralidad y diversidad social y psicológica. 

Retomemos el momento actual, de crisis sanitaria, con la epidemia del coronavirus. Freud, en  ‘O mal-estar na civilização’, de 1930, se refiere al desamparo originario del sujeto, que es reactivado por el miedo a la muerte. La gravedad de la enfermedad, su gravísima evolución, las elevadas tasas de muerte, provocaron fuertes reacciones de desaliento, sobretodo, y en primer lugar, en los profesionales involucrados en la atención de pacientes contaminados y necesitados de cuidados hospitalarios intensivos. Profesionales ligados a la salud mental tuvieron la iniciativa, aquí en nuestro país, de hacer frente a esos cuidados necesarios. Con la idea de asistir al que asiste fueron de gran valía, alcance y efectividad, los servicios de escucha a través de diferentes medios de comunicación, en su mayor parte por teléfono. Dispositivos de escucha en el ámbito de la institución médica a la que pertenezco, dirigida a los profesionales que actúan en el frente de atención a docentes, en las enfermerías y unidades de terapia intensiva, van propiciando que los sujetos puedan, mediante el discurso, transformar en decible lo indecible, y así movilizar mecanismos de defensa, y protegerse. Hay gran adhesión por parte de psicoanalistas que han podido desprenderse de sus habituales esquemas de atención, en consultorios privados, abandonando exigencias en cuanto a la frecuencia y duración de las sesiones. Se pone en evidencia  lo que es  esencial en la escucha analítica y lo que es accesorio o excesivamente cómodo y que puede desviar o empobrecer nuestra práctica reduciendo su alcance. La pandemia es también, paradójicamente, una oportunidad para atravesar fronteras, sobretodo las devenidas de las diferencias socioeconómicas, que impiden el acceso de los individuos a los recursos de la clínica psicoanalítica. 

Me detengo ahora en la cuestión ya esbozada al referirme al campo del conocimiento estricto del psicoanálisis y de las  fronteras del psicoanálisis con otros saberes.

En el momento actual queda más clara la necesidad de un trabajo interdisciplinario del psicoanálisis con otras prácticas. Creado por las manos de un médico, el campo psicoanalítico, tanto en la teoría como en la clínica, rompe epistemológicamente con la medicina. La práctica psicoanalítica desarrollada en una institución orientada a la salud mental evidencia, claramente, que los discursos no se superponen. Los objetivos médicos en relación a la salud mental no son los mismos que los del psicoanálisis. Pero está esta frontera de nuestro saber y nuestras prácticas que observamos  cuando pacientes psiquiátricos pueden también recibir una escucha psicoanalítica además de la atención médica y medicamentosa. Es en lo interdisciplinario que los psicoanalistas ocupamos esa posición peculiar y privilegiada en la institución médica de formación y asistencia en salud mental. Esa proximidad nos obliga a revisar posiciones dogmáticas y ortodoxas, objeto de críticas frecuentes a lo largo de la historia del psicoanálisis: la rigidez que de hecho se instaló y se instala, empobreciendo la creatividad y el potencial innovador del psicoanálisis. Las críticas que son dirigidas hacia nosotros y a nuestras instituciones se transforman en resistencias o ataques al psicoanálisis y a la idea de inconsciente, cuando podrían contribuir a profundizar nuestras reflexiones y replanteos. 

Freud mismo, ya en Totem y Tabú, ante la sociología, la antropología, la biología y la religión, delineó la especificidad del psicoanálisis en la frontera con esos saberes, en relación con ellos. Bion, Lacan, seguidores de Freud, se preocuparon por enfatizar la necesidad de contextualizar al psicoanálisis en su tiempo histórico, integrándolo al campo de la ciencia. 

Crédito de la imagen: Alex Cerveny, ‘Joujoux y lujos de posibilidades’, 2016 (detalle). El uso de la imagen está autorizado por el autor.
 
Traducción: María Mabel Levi