Atravesando muros: Psicoanálisis en la comunidad

Maria Pia Costa
 

El psicoanálisis comunitario enfoca en problemáticas derivadas de la exclusión social que inciden en la constitución de la subjetividad e intersubjetividad. Modificaciones al encuadre son necesarias.

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El psicoanálisis comunitario se sustenta en la necesidad de integrar lo social y lo cultural, más allá de su presencia en la vida individual y en el intercambio transferencial, incorporando lo externo como constitutivo del psiquismo. Es respuesta al relativo encierro de la clínica clásica en los consultorios que requiere replantear aspectos teóricos y técnicos específicamente orientados a considerar las problemáticas sociales y su participación en la constitución psíquica.

La vulnerabilidad es propia del ser humano, que nace inacabado e imposibilitado de sostener su existencia si no es gracias a otro ser que cubra sus necesidades biológicas y asegure los procesos de subjetivación que se dan en relación con el otro. Desde que el hombre de las cavernas comprende que tiene que unirse a los vecinos para la caza mayor, hasta nuestros días, la solidaridad es prioridad en la comunidad. No se trata de un concepto filantrópico, sino de una necesidad práctica. En un mundo altamente socializado y globalizado, la solidaridad resulta indispensable para mantener el bienestar común.

No pocos críticos han acusado al psicoanálisis de ser una disciplina elitista que no llega a sectores amplios y menos favorecidos. Aunque es una crítica que desconoce el sentido del método, algo de esto se ha producido con el desarrollo del psicoanálisis. No ayudó, por ejemplo, el comportamiento durante el Tercer Reich, cuando ‘la IPA y las sociedades filiales, bajo la opresión y la disidencia crecientes, se habían vuelto tristemente rígidas y más conservadoras’ (Danto, 2005). Esto a pesar del movimiento de las Rundbriefe [1] que, a pesar de la dispersión y el exilio, bajo el liderazgo de Otto Fenichel, sostuvo una práctica clínica orientada a la comunidad. Lanzaron el debate sobre las relaciones entre la vida interior y la externa y sobre el impacto de la cultura en la psiquis (ibid). Es de resaltar también las propuestas de los Balint, que acordaban a la cultura mayor impacto aún que a la vida instintiva, y en general a los ‘culturalistas’, básicamente instalados en Norteamérica, entre los que resaltaba Karen Honey.

Es preciso decir que, desde sus inicios, el tema estuvo entre las preocupaciones de Freud. Durante el Quinto Congreso Internacional de Psicoanálisis llevado a cabo en Budapest en 1918, propone poner en marcha un sistema de atención psicoanalítica gratuita: ‘Puede pasar mucho tiempo antes de que el Estado sienta como obligatorios estos deberes […] es probable que sea la beneficencia privada la que inicie tales instituciones’ [2]. Como señala Danto (2005), este hecho se enmarca en el discurso de la socialdemocracia imperante entre guerras en Viena. Surge así una cadena de instituciones cooperativistas de salud mental. Max Eitingon fue el primero en fundar el Poliklinik en 1920 en Berlín, en el que se discutió y propuso directivas sobre la extensión del tratamiento, el análisis de tiempo limitado y el tratamiento gratuito. Dos años después Eduard Hitshmann abrió en Viena el Ambulatoriun. En 1926 se creó una clínica en Londres bajo el liderazgo de Ernest Jones y un centro de internamiento en Schloss Hegel, cerca de Berlín. En 1929 Sándor Ferenczi funda una clínica en Budapest y Wilhelm Reich crea el Sex-Pol, una red de clínicas con una inclinación libertaria y radical. La cadena se extendió a Zagreb, Moscú, Fráncfort, Nueva York, Triste y París (ibid.).

Danto señala que psicoanalistas de renombre participaron de este movimiento, entre ellos Erikson, Fromm, Horney, Bettelheim, Adler, Klein, Anna Freud, Alexander, Annie y Wilheim Reich, Jacobson, Fenichel, Deutsch, Balint, Fromm-Reichmann, Nunberg, Loewenstein y Grothahn. La mayoría de ellos generaron en su momento revisiones del marco teórico freudiano. Esto me parece digno de ser resaltado ya que el espíritu innovador de la teoría explica, en alguna medida, sus anhelos de ampliar el campo clínico del psicoanálisis y la apertura hacia diferentes enfoques dentro de la disciplina.

El Psicoanálisis comunitario es heredero de este impulso colectivo inicial. Desde entonces, abundan propuestas diversas, desde iniciativas particulares. Lo que se requiere ahora es un trabajo más sostenido y sustentado desde las instituciones psicoanalíticas. El trabajo en comunidad involucra al analista en su propia realidad, conmoviéndolo, colocándolo en el lugar del desamparo y de la impotencia, por lo que requiere contención y el indispensable apoyo institucional.

La institución asimismo facilita el acceso a organismos estatales, lo que amplía el alcance de los programas de atención y facilita el encuentro con las autoridades locales. Además, el involucramiento institucional promueve la riqueza de los intercambios entre sus miembros y una toma de conciencia que se hace cada vez más urgente.

En ese sentido, merece ser señalado el esfuerzo que se está realizando  en las sociedades psicoanalíticas de América Latina, en coincidencia con las aspiraciones de la actual directiva de IPA y de las de FEPAL para estimular el trabajo más allá de los consultorios. A raíz del congreso de FEPAL en Lima en 2018, se formó una red de colegas de Argentina, Brasil, México, Perú, Colombia y Uruguay. Ha sido reconocida por FEPAL como grupo de estudios, al que llamamos Psicoanalistas en la comunidad. Esta red pretende compartir las experiencias y enriquecerse del trabajo realizado en la región; precisar marcos teóricos y técnicos, afinar estrategias de gestión e intervención de los proyectos y fomentar la investigación.

Es necesario hacer hincapié en la envergadura que adquiere el psicoanálisis comunitario en América Latina, continente en el que grandes mayorías están sometidas a niveles de vida que expresan la urgencia de hacer frente a funciones que los Estados no están en condiciones de asegurar. Esta característica le da a la disciplina un valor particular por enfrentar un reto mayor; y es una realidad que difiere de la de las regiones europea y norteamericana [3].

Ya sea pandemia, violencia familiar, explotación sexual, escasez de servicios de atención en salud mental, discriminación y marginación en sus diversas expresiones o miseria, son todas emergencias que requieren ser incorporadas a la reflexión psicoanalítica y a la acción terapéutica. 

La especificidad del trabajo psicoanalítico comunitario radica en enfocarse en estas problemáticas derivadas de procesos de exclusión social, característicos de la fragmentación de los vínculos sociales que tienen incidencia en la constitución de la subjetividad y la intersubjetividad. Supone pues una mirada particular al ‘desencuentro de expectativas, la debilitación de la autoridad, la presencia de legalidades paralelas, de exigencias sin reconocimiento, de daños sin reparaciones, de ocultamientos (…). Todo ello produce una clase de sufrimiento que en general no logra expresarse como tal si no cuenta con dispositivos’ [4] especialmente orientados a detectar estas problemáticas. 

La dialéctica del adentro/afuera está en el corazón de lo susceptible de ser considerado y revisado. Mariam Alizade (Tanis B. y Khouri M.G., 2009) propone una nueva serie complementaria a las clásicas planteadas por Freud: una serie que incluya la cultura y su incidencia en el psiquismo, no como un mero factor circunstancial, sino entretejiéndolo con la intimidad psíquica. Al concepto de transicionalidad de Winnicott, que permite comprender el interjuego del ambiente con el mundo interior, y el de terceridad de Green, que abre el espacio a un tercer eje en la dinámica precoz, me gustaría incluir el de éxtimo y el defáctico.

El concepto lacaniano de éxtimo da cuenta de aquello que, siendo profundamente interno, es consustancial a lo externo al estar articulado con el otro. Es una formulación paradógica en la que interioridad y exterioridad se encuentran en un continuo fluir a la manera de la banda de Möbius. Así, lo éxtimo, a la vez que soslaya la dicotomía que nos es tan familiar de interno/externo, permite conceptualizar una conexión entre ambos campos, una articulación obligada – más que una diferenciación – entre mundo interno y mundo externo. Una suerte de territorio de conjunción de espacios que tendrían el valor a la vez de interioridad y de exterioridad. Sería el espacio privilegiado en el que devienen los procesos de subjetivación, no como únicamente interior y propio, sino como dual y mutuo, aunque percibido como personal y único.

En cuanto a lo fáctico, Benyakar lo define como aquello que es externo al psiquismo; es un concepto dual que incluye lo fáctico interno (lo corporal, lo somático) y lo fáctico externo (mundo externo). Lo fáctico se articula con la vivencia interna, sin omitir el lugar de la pulsión y el deseo, de tal manera que se conjugan y se indiferencian, alejándose del paradigma freudiano en el que ‘la pulsión y el objeto se vinculan desde una dinámica causal que va de lo interno a lo externo’ (Benyakar, 2016). 

Lo que Benyakar propone es realmente novedoso al incluir, dentro de lo fáctico, junto con lo somático – fuente de la pulsión – los estímulos externos. ‘Llegamos así a una nueva propuesta para conceptualizar la pulsión: un modo de organizar lo fáctico. Esta propuesta traduce un interés que consideramos fundamental: promover al centro de nuestras consideraciones la dialéctica fáctico/psíquico, incluyendo lo externo y, en especial, lo disruptivo’ (ibid).

Una revisión de los aspectos técnicos también resulta indispensable. El trabajo psicoanalítico comunitario impone a menudo al psicoanalista involucrarse con entornos que no le son habituales, conocer realidades que no son necesariamente próximas a su experiencia. Y le exige acercase a ellas con la misma escucha libre y flotante que facilita desprenderse de preconceptos sobre la pobreza y la vulnerabilidad. En este sentido, el riesgo radica fundamentalmente en la tentación del ‘supuesto saber’ que, hay que decirlo, proyecta fácilmente la persona que se encuentra en estado de vulnerabilidad. Posición que a veces tienta al psicoanalista y postra al otro en la impotencia. Y puede conjugarse con el peligro de transformar la demanda en un actuar.

Las modificaciones al encuadre se hacen necesarias. Este seguirá siendo el espacio central en el que se despliega el proceso, pero no será necesariamente tal como lo conocemos. Tendrá que estar, por ello, muy bien instalado en la mente del analista para permitir el intercambio íntimo en un continente privilegiado. La función ‘mente del analista’ será la que sostiene el proceso, por lo que el analista, a su vez, tendrá que sentirse sostenido en su labor por espacios apropiados; en ese sentido, el apoyo institucional es fundamental. El trabajo comunitario, de esta manera, incumbe al analista: él estará también inserto en una red comunitaria.

Ciertamente en estos espacios no se desarrollará la neurosis de transferencia como sucede en el diván. Pero habrá que estar atentos a las diversas manifestaciones de transferencia que suelen ser intensas y que deben ser tenidas en cuenta. 

Aunque hay experiencias de larga trayectoria, en su mayoría se trata de procesos breves, y por ello muy intensos, en los que se vuelcan los contenidos manifiestos relativos a situaciones de emergencia. Es necesario trabajar la experiencia disruptiva haciendo hincapié en los aspectos sensoriales de la misma para lograr, cuando se trata de grupos, una narrativa colectiva del evento disruptivo. Es por ello que las técnicas que incluyen el cuerpo, el movimiento y expresiones artísticas son de gran utilidad.

Los procesos grupales son indicados en gran medida porque los eventos disruptivos que los convocan afectan a toda la comunidad. En ellos se expresa las secuelas de desconfianza porque la trama vincular suele estar dañada por frustraciones endémicas. En esos casos, la suspicacia resta espacio a la confianza y la envidia reina sobre la posibilidad de la empatía. Será necesario facilitar la elaboración de estos sentimientos. 

Necesitamos atravesar los muros del consultorio, los muros de la teoría y de la técnica y los muros de las instituciones. Generar una reflexión que desarrolle y sistematice la experiencia clínica más allá de las fronteras actuales; generar en esas nuevas fronteras espacios de transformación y de inventiva.

[1] Las Rudenbriefe o cartas circulares fue un movimiento que se gestó en torno a Fenichel y su capacidad epistolar para contar la historia de la evolución de los psicoanalistas y sus disputas ideológicas desde 1934 hasta 1945. Los inspiraba un espíritu humanista, con una inspiración socialdemócrata, aunque la tendencia marxista estuvo muy presente.
[2i] Freud, S. (1918) ‘Lines of Advance in Psychoanalytic Psychotherapy’. En Danto, E.A. (2005). Psicoanálisis y Justicia Social, versión digital. RBA Libros, S.A., 2018
[3] Me abstengo de referirme a la incipiente región asiática, de la que desconozco su realidad.
[4] Informe de Psicoanalistas en la Comunidad, 2019.
 
Referencias
Benyakar, M. (2016). Lo disruptivo y lo traumático: Abordajes posibles frente a situaciones de crisis individuales y colectivas. San Luis: Nueva Editorial Universitaria - U.N.S.L. 
Danto, E.A. (2005). Psicoanálisis y justicia social, edición digital: RBA Libros, 2018.
Tanis, B. y Khouri, M.G. (Ed.) (2009). A psicanálise nas tramas da cidade. Sao Paulo: Casa do Psicólogo.
 

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