Brasil está desnudo

Psic. Wania Maria Coelho Ferreira Cidade
 

Las precarias condiciones de vida de pobres y negros evidenciadas en la pandemia, acentúan la necesidad de reconocimiento del racismo para que haya cambios sociales y pleno ejercicio de la democracia.

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Con el paso del tiempo, la humanidad avanzó, creó modos sofisticados de supervivencia, desarrolló tecnologías, pero consideró poco la pobreza, las diferencias sociales, las guerras, el calentamiento global, el medio ambiente. De repente, fue atropellada por un virus letal que impuso al mundo importantes reveses, límites sociales desde los más amplios, como el cierre de fronteras, hasta los más íntimos, como el aislamiento de las personas que amamos, a las que queremos bien, para garantizar la salud pública.

Sujetos de deseo, de odio, de amor y de miedo, nos encontramos en el centro de una hecatombe sin precedentes, sin  medios para comprender, a partir de la experiencia, lo que ahora vivimos. 

Dependientes del otro para existir y acostumbrados a vivir en sociedad, aun cuando tengamos que lidiar con nuestro estado de soledad, y de la irreductible responsabilidad por nuestras acciones, nos enfrentamos a una realidad en la que estos dos estados mentales- ser dependientes y solos (W. Bion, 1995) - están siendo exigidos en su radicalidad. Por un lado, a pesar de estar físicamente aislados, es el semejante quien permanece sosteniendo nuestra existencia, por otro lado, vivimos uno de los períodos de la historia en el que inevitablemente la aproximación a nosotros mismos se tornó más urgente, enfrentándonos a nuestro desamparo, nuestra vulnerabilidad, a la idea de finitud y a la experiencia de sabernos solos, teniendo que lidiar no solo con nuestros propios sentimientos, sino también con lo que viene de afuera. Con cada muerte que se anuncia, morimos un poco también. 

Sin saber el rumbo que iremos a seguir, vemos que lo que está en juego es un nuevo modelo de convivencia global, de reorganización política, en el que a pesar de la inversión en ciencia, en salud, tenemos la necesidad de reflexiones que tengan en cuenta la producción de nuevos sentidos para la vida, para los modos con que operan las grandes potencias mundiales y las políticas de sustentabilidad económica y ambiental. 

Aunque estas pautas estén en la orden del día, en Brasil estamos insertos en un contexto más complejo debido a la inmensa desigualdad social y a la alarmante situación de la salud pública, con un vacío irresponsable en la falta de un ministro que lidere las acciones en medio de la pandemia a lo que se suman los problemas raciales. 

La Política Nacional para la Salud Integral de la Población Negra, a pesar de haber sido aprobada en 2009 y de tener como objetivo mejorar la situación de salud de esta parte de la sociedad, ha sido año tras año precarizada, por lo que en tiempos de COVID-19  la comunidad negra es la que más sufre y muere. Carece de atención médica, vivienda, seguridad, alimentos, etcétera. Además, carece de tests, informaciones esenciales y medios de subsistencia de cara a una crisis que se ve agravada por el alto índice de violencia de Estado en los lugares donde viven: cada 23 minutos muere un joven negro asesinado en Brasil. En uno de los periódicos de mayor circulación en el país, se informó que en São Paulo ‘[...] en el estado, hubo un aumento del 31% en las muertes cometidas por la policía entre enero y abril, que alcanzaron 381 - 119 sólo en abril, ya durante la cuarentena’ (O Globo, 17/06/2020, Primer Cuaderno). 

Para tener una idea del tamaño del problema, una parte significativa de las personas de raza negra, que representa más del 56% de la población brasileña, no dispone de los medios para adquirir jabones, alcohol en gel y no tiene agua corriente en sus casas. La situación se complica bastante cuando pensamos en términos de salud psíquica. ¿Cómo cuidar la vida emocional cuando se está pensando en la supervivencia, en casas de 20m², 30m², en general, con más de cuatro habitantes? La ayuda de emergencia anunciada de 100 y 240 dólares, dependiendo del número de miembros por familia, no llegó a la población más desprotegida debido a la falta de políticas públicas efectivas, lo que deja a millares de personas en una situación de profunda pobreza. ¿Cómo dar cuenta de esos dolores que desbordan la capacidad psíquica del sujeto de dar sentido a lo que vive? ¿Cómo traducir en palabras lo que sienten? En este escenario, los sucesivos episodios disruptivos y traumáticos reactualizan los sufrimientos en un nivel tan dramático que a menudo enferman. 

Para complicar aun más las cosas, negros y pobres son en su mayoría excluidos del campo digital, lo que en consecuencia excluye a sus hijos del acceso a la escuela y a la conectividad. Por lo tanto, la pandemia de COVID-19 hace visible e irrefutable el racismo estructural, presente en todas las instituciones de nuestra sociedad, sostenido por el poder político-económico y la necropolítica que determina quién tiene derecho a vivir o quién debe morir, separando a la sociedad. en dos categorías de sujetos. 

En un extremo, están los individuos de segunda clase que, con sus cuerpos y sangre, construyeron y hoy mantienen la fuerza laboral de este país, expuestos a su propia suerte, teniendo que salir de sus casas para realizar trabajos mal remunerados y para tener que comer, sufriendo por la eclosión de los afectos más primitivos, provocados por la falta total de continencia del Estado. 

En el otro extremo, y en la cima de la jerarquía racial, están los ciudadanos de primera clase, colonizadores del pensamiento y la cultura, trabajando cómodamente en home office, que aunque sufriendo, del mismo modo, las vicisitudes de un mundo sin velos y con sus heridas expuestas, incluso viviendo dificultades, tenemos apoyo y algo de bienestar para atravesar la tempestad. Nosotros, los psicoanalistas, corremos el riesgo de situarnos aquí si ignoramos estos problemas.

Esta cuadro devastador ha sido mitigado por una corriente de solidaridad conducida por miradas que reconocen la alteridad, la diversidad y que son capaces de ver las crueles diferencias estructurales de nuestra sociedad que, a su vez, crean y marcan subjetividades. Pero la pregunta que se impone es: ¿hasta cuándo?

En su función desalienante, el psicoanalista también debe escuchar el discurso que segrega, que enferma y rompe los espacios del sueño, relatos que intentan, mediante la omisión y la violencia, quitarles a los sujetos negros la posibilidad de ventilar su biografía rechazada, reprimida y negada en las instituciones y estructuras sociales. Este no es un problema individual y moral, es un problema colectivo y político que necesita ser reconocido como verdad para cambiar la realidad.

Basados en nuestra historicidad y finitud, con la tradición freudiana presente en nuestra práctica diaria, ¿cómo descansar sin legitimar el llanto y el testimonio de quienes sufren? ¿Cómo abrir las puertas de nuestro pensamiento colonizado y dar acceso a la violencia en estado bruto, ayudándola a convertirse en palabra y rescatándola para la vida? El psicoanálisis tiene el compromiso de mirar la cultura, de enfrentar el malestar de una sociedad que subyuga sujetos negros en lugar de crear condiciones para que ejerzan su libertad, de lo contrario, continuaremos fracasando en el trabajo de rescatar la historia que, hasta hoy, sufre constantes apagones. Brasil está desnudo: y la construcción del futuro no está dada aun. Mientras haya racismo, no habrá democracia. 

Referencias
Bion, W. (1995). Seminario clínico. Revista Ide São Paulo. 1995.

Traducción de Sodely Páez.
 

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