¿Qué lengua?

Dr. med., Dipl. Psych. Valérie Bouville
 

En este artículo se analizan e ilustran, por medio del tratamiento psicoanalítico, las influencias del inconsciente en la preferencia o el rechazo de una lengua.

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Es impensable escribir sobre lengua e inconsciente sin referirse al destacado, sensato y minucioso libro de Amati-Mehler, Argentieri y Canestri sobre lengua materna y lenguas extranjeras en el psicoanálisis (Amati Mehler, J., Argentieri, S., Canestri, J., 2010 [1990]). Jorge Canestri nos dejó en mayo de 2021. Su fallecimiento es una gran pérdida para el mundo psicoanalítico y a él quisiera dedicarle este breve artículo.
 
El tratamiento de pacientes políglotas en francés y alemán despertó mi interés por la relación de las lenguas entre sí en el aparato psíquico. ¿Qué motivos conscientes e inconscientes llevan a la preferencia de una u otra lengua?

Para poder comprender el significado de las lenguas que tenemos a disposición, primero tenemos que ahondar en el significado de la primera lengua adquirida, generalmente, la lengua materna [1].

La interiorización de una lengua y su complejidad simbólica depende de la disposición del yo y de la satisfacción del ello. El aprendizaje de una lengua comienza, por lo menos superficialmente, con el aprendizaje de palabras. Estas palabras están impregnadas de nuestras emociones individuales y nuestras vivencias cognitivas relacionadas con el significado que contienen. Pero también están unidas emocionalmente a vivencias que guardan relación con su expresión formal. 

En los juegos de palabras o en los lapsus se vuelve notorio que las palabras tienen una especie de vida propia (cf. Freud, 1905). Una representación-cosa escandalosa que es reprimida al inconsciente aparece nuevamente, sin querer, bajo la forma de una palabra que en general es fonéticamente parecida y se coloca en lugar de la palabra emocionalmente ‘inofensiva’ que se intentaba decir conscientemente. Lo reprimido utiliza el tren de la morfología para abrirse un camino que pase por el superyó a plena luz del día, y avergüenza al yo en el momento de hablar [2].
 
¿Qué sucede cuando existen varias palabras para un significado?

Dentro de cada lengua particular, los significados, en especial los que están muy investidos por emociones, poseen muchos significantes sinónimos. La elección de una palabra es, según la hipótesis analítica, determinada consciente e inconscientemente por su relación emocional.  De esa manera se ordenan los sinónimos entre sí mediante huellas mnémicas, y son elegidos en cada ocasión según la necesidad consciente o inconsciente. Estos determinantes son modificables bajo condiciones especiales y son influenciados por el acontecer actual. Las interpretaciones analíticas, por ejemplo, las que conducen a ‘catastrophic changes’ (Bion, 1974), pero también las experiencias traumáticas pueden modificar a fondo esa clase de determinantes. Una palabra que era odiada a causa de los recuerdos con los que se la asocia puede ser ‘sosegada’ por medio del esclarecimiento y la elaboración de sus huellas mnémicas. Lo opuesto es igualmente posible: una palabra que hasta ahora no tenía ningún matiz puede ser colmada de vida mediante una asociación significativa.
 
¿Qué sucede con palabras de una lengua extranjera o de una segunda lengua?

El contexto emocional en el que tiene lugar el aprendizaje de una nueva lengua influencia la disposición consciente o inconsciente hacia la asimilación de los nuevos significantes. En el caso de una segunda lengua, los significados ya están simbolizados y organizados en semántica y sintaxis, pero también están atados a huellas mnémicas. 

La asimilación de palabras nuevas implica hacer espacio interno (se podría decir disposición a la asimilación) junto al que ya existe, para asimilar significantes de la nueva lengua. Este proceso va de la mano con un fenómeno que es de gran relevancia en relación con la elección de la lengua: las palabras nuevas posibilitan un distanciamiento de las investiduras emocionales de la lengua originaria. La lengua nueva parece posibilitar una liberación de los viejos problemas a los que está atada la primera lengua. Efectivamente, lo que es reprimido en la primera lengua se oculta por medio la segunda lengua solo de manera temporaria y es descubierto nuevamente con el tiempo, o entre otras cosas, por medio de un proceso analítico.
 
Aquí presento algunos ejemplos: el señor A., francés viviendo en Alemania, no se sentía en condiciones de hablar en alemán al comienzo del tratamiento. Su forma de expresarse en francés era caótica. A menudo no concluía sus oraciones, saltaba de un tema a otro, sin embargo, lo que quería decir quedaba claro por medio de la identificación proyectiva. En el trabajo hablaba inglés, también mal, pero según él eso no le molestaba a nadie, porque él era francés. Así estaba bien camuflado. Un apego intensivo y ambivalente hacia su traumatizada madre era la razón de sus trastornos con el habla. El tratamiento analítico posibilitó primero una mejoría de su inglés, que le gustaba cada vez más, mientras la comunicación en francés durante las sesiones estaba asociada a un gran esfuerzo de ambas partes: la transferencia predominante de la madre intensificó sus dificultades para hablar como defensa contra sus fantasías de devorar: al hablar sin parar y de manera caótica llevaba a su analista, a quien fantaseaba como madre, a seguirlo y a concentrarse en su mensaje tanto verbal como no verbal. De esta forma la mantenía a distancia y a la vez la unía a sí mismo. El análisis detallado y arduo de este mecanismo instalado en la relación analítica generó una mejora al hablar primero vacilante y luego estable, en inglés al principio, su segunda e inofensiva lengua, y luego en francés, su primera lengua, la cual está atada a las huellas mnémicas de los procesos primarios. Al mismo tiempo, casi sin darse cuenta, comenzó a aprender alemán.

Cuando la señora E. visitó mi consultorio no podía utilizar nuestra lengua materna en común, sino que se expresaba penosamente en alemán, a pesar de que apenas lo podía hablar. Un aborto espontáneo había desencadenado hacía unos meses una crisis psicótico-depresiva que estaba basada en varias fantasías inconscientes paralelas: creía ser castigada por su madre por arriesgarse a desprenderse de una relación simbiótica de sometimiento, pero también fantaseaba que sus deseos del ello (sexualidad con su marido, hablar su lengua materna en Alemania o la liberación de la tutela materna) habían matado al feto no deseado en su vientre. Algunos autores (Freud, 1905; Ferenczi, 1911; Fenichel, 1945; Reich, 1927; Krapf, 1955) consideraron a la primera lengua como la lengua del ello. Debido a que es aprendida durante el desarrollo primario emocional, cognitivo y sensomotriz, queda estrechamente arraigada a las vivencias tempranas. Una lengua que se aprende después está unida a estadios del desarrollo más maduros y está marcada desde un principio por el superyó. Sin embargo, para algunos pacientes, el superyó inmaduro unido a la primera lengua es tan prohibitivo que los deseos del ello recién se vuelven accesibles en la atmósfera más tolerante del nuevo superyó de la segunda lengua (cf. Krapf, 1955). La señora E. se sentía mejor protegida por el alemán, su segunda lengua, de sus miedos arcaicos a un objeto vengativo y posesivo, pero también a sus deseos de ello descontrolados, mientras que el francés significaba la cercanía amenazante de esos miedos. 
 
El señor J. me fue derivado tras una depresión mayor. El académico francés había venido a Alemania por un proyecto de trabajo interesante. Hablaba con mucho esfuerzo francés e inglés. Mientras que su familia se apropiaba cada vez más de la lengua y la cultura alemana, él -a pesar de tomar clases- no lograba asimilar el alemán: ‘¡No entra!’ Su depresión podría denominarse blanca, siguiendo el ejemplo de la psicosis blanca descripta por André Green. Por mucho tiempo no tuvo ninguna imagen, ni pensamientos asociativos al estado psíquico depresivo que lo torturaba. ‘El aprendizaje de una nueva lengua implica la introyección de nuevos objetos, y la resistencia a renunciar a objetos anteriores puede impedir este proceso’ (Greenson, 1982, p.24). El señor J. nació poco después de finalizar la segunda guerra mundial. Sus padres habían vivido la guerra de jóvenes: ‘Les Boches’  [3] representaban para ellos un conglomerado indistinto, destructivo, envidioso y perverso, que esparcía horror y aniquilación. El señor J. apenas podía reconocer que las imágenes hostiles relacionadas con los alemanes que habían surgido en él cuando era niño, a pesar de sus esfuerzos conscientes por tener un trato diferente, habían desencadenado inconscientemente la depresión blanca y alimentaban su resistencia a asimilar el alemán. Cuando se dio cuenta de que los objetos nuevos alemanes no iban a someter a los viejos objetos franceses, comenzó a asimilar la lengua. La interpretación de su miedo inconsciente a la intrusión de introyectos alemanes, que aniquilarían los franceses, fue la clave para su sanación. Su identificación con el objeto analítico, que había preservado su identidad francesa a pesar de la asimilación de introyectos alemanes, jugó en este tratamiento un rol esencial. Paulatinamente fue perdiendo su ‘tumba de protección’ y tomó contacto con el enemigo alemán. Comenzó a interiorizar psíquicamente el alemán que aprendía cognitivamente, y contaba entusiasmado cómo entre tanto podría mantener una ‘charlita’ (en alemán) con la panadera, a la cual le había temido tanto tiempo, porque no entendía sus palabras.
 
La relación de la señora Y. con su lengua materna y su segunda lengua ilustra gráficamente el fenómeno antes descripto: tras una infancia agresiva y llena de conflictos, la señora Y. había descubierto Francia y se mudó allí cuando era una adulta joven. Cuando me buscó años después, la calidad de su francés era llamativa en tanto que hablaba como si estuviera imitando a los franceses. Mientras que los adultos intentan apropiarse de una nueva lengua de manera ‘racional’, los niños se sirven de la identificación ‘simple y completa’ del ‘repetir como un loro’, explicó Stengel en 1939. ‘Al reforzar el rechazo hacia los viejos impulsos infantiles, la nueva lengua aporta a la creación de una relación nueva y mejor entre estructuras’, escribe Greenson. ‘Una nueva lengua ofrece la oportunidad de crear una nueva imagen de sí’ (Greenson, 1982). Con su emigración a Francia y su inmersión en la lengua francesa la señora Y. había experimentado cuán liberada se había sentido de sus vivencias y conflictos vinculares de su infancia, imposibles de resolver. Por algunos años, la nueva lengua había posibilitado la separación de los fragmentos destructivos. Cuando estos volvieron a romperse en el marco de una relación amorosa, se mudó a Alemania con la expectativa inconsciente de un nuevo alivio, que esta vez sin embargo duró poco. Imitando su experiencia con el cambio de idioma, la señora Y. se valió de varias intervenciones quirúrgicas que cumplían su deseo de redefinición de su self. La calidad imitativa de su francés indicaba un trastorno o un completo cese de los procesos de introyección psico-orales, los cuales posibilitan en primer lugar que se establezca una relación objetal. Detrás de una ‘fachada eficiente y fascinante’, como lo describió Gaddini en 1966, se escondía una estructura de personalidad inmadura y frágil.
 
No se puede hablar de lengua e inconsciente sin mencionar la especial relación con el narcisismo. La primera lengua aprendida tempranamente se domina de una manera que la convierte en una característica de pertenencia inconfundible y, de hecho, para toda la vida. Una lengua aprendida más adelante, en cambio, no se llega a dominar nunca por completo, nunca se logra una sensación de confianza para la formulación sintáctica, y las imperfecciones en la entonación, por más pequeñas que sean, distinguen al hablante como extranjero. 
 
Los pacientes adultos que se encuentran ‘expuestos’ a un entorno extranjero por haber emigrado, describen crisis de identidad y el sentimiento de ‘no ser más nadie’ en la unidad cultural del entorno. Además del estar excluido lingüísticamente, se puede desplegar primero un sentimiento destructivo de inferioridad, vergüenza e impotencia que es reforzado y confirmado por la respuesta, en general inconscientemente arrogante, del grupo nativo. El no dominar una lengua genera sentimientos de culpa, cuyo origen no se deja comprender directamente. El orgullo herido sirve como racionalización para abandonar el aprendizaje de la lengua. Los sentimientos de culpa aparecen también en los niños que de pronto, en un nuevo entorno lingüístico, se encuentran verbalmente separados de los otros. En lugar de atención y confirmación narcisista, experimentan de pronto rechazo y humillación y se sienten invisibles hasta llegar al sentimiento de inexistencia. Este estado de desintegración narcisista genera una retirada esquizoide. También va de la mano con impulsos reactivos destructivos hacia los objetos circundantes, que son envidiados por su capacidad de hablar. Son estos impulsos destructivos que surgen tras la caída narcisista, los que provocan sentimientos de culpa tanto en niños como en adultos. Aquí estamos tratando con una reacción en dos niveles: el sentimiento destructivo de inferioridad, vergüenza e impotencia como primer nivel, y los impulsos destructivos acompañados por sus sentimientos de culpa como segundo nivel. 

El conocimiento más preciso de la influencia de lo inconsciente sobre las lenguas que utilizamos nos permite ver mejor las causas de las dificultades al hablar y al aprender, y posibilita una ayuda adecuada. 
 
Este texto es un extracto de un artículo ‘Sobre el significado de la elección de una lengua’ publicado en Psyche 6, en el 2018.
 

[1] Parto de la regla: una familia, donde una lengua está dada como lengua común, y es reconocible inequívocamente para el niño como su lengua materna. Las personas que crecen en una familia políglota a menudo no pueden definir claramente una lengua como su lengua materna. 
[2] N. de la T.: La autora resalta la palabra ‘Aussprache’ (pronunciación, habla) en itálica en el original, habilitando un juego de palabras con el término ‘Sprache’ (lengua). En el español, la diferencia entre ambos términos no genera el mismo efecto.
[3] N. de T.: término peyorativo usado por los belgas y los franceses para designar a los alemanes.
 
Literatur
Amati Mehler, J., Argentieri, S., Canestri, J. (2010 [1990]). Das Babel des Unbewussten. Muttersprache und Fremdsprachen in der Psychoanalyse, Übers. K. Laermann. Giessen: Psychosozial-Verlag.
Bion, W. R. (1974). L’attention et l’interprétation. Übers. J. Kalmanovitsch. Paris: Payot.
Buxbaum, E. (1949). The Rôle of a second language in the formation of ego and super-ego. Psychoanalytic Quart.18, 279-289.
Fenichel, O. (1945). The Psychoanalytic Theory of Neurosis. New York: W. W. Norton.
Freud, S. (1905). Der Witz und seine Beziehung zum Unbewußten. GW 6, 181-205.
Gaddini, E. (1968). Sulla imitazione. Rivista di Psicoanalisi 14 (3).
Green, A. & Donnet, J-L. (1973). L'enfant de ça, Psychanalyse d'un entretien: la psychose blanche. Paris: Les Éditions de Minuit.
Greenson, R. R. (1982). Die Muttersprache und die Mutter. In Psychoanalytische Erkundungen. Stuttgart: Klett-Cotta, pp. 13-24.
Stengel, E. (1939). On learning a new language. Int. J. Psychoanal. 20, 471-479.
Vélikovsky, É. (1938). Jeu de mots hébraïques. Une langue nouvellement acquise peut-elle devenir la langue de l'inconscient? Rev. Fr. Psychanal., 66-73.

Traducción: Luciana Biebel
 

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