Llevando la carga de la pérdida a través del océano.

Dr. Max Belkin
 

Un psicoanalista interpersonal, e inmigrante, toma en cuenta sus convincentes y únicas experiencias contratransferenciales en su trabajo con inmigrantes de la ex Unión Soviética.

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“Todos sabemos cómo es la inmigración”, afirmó como al pasar un inmigrante judío de la antigua Unión Soviética durante la primera entrevista en mi consultorio psicoanalítico. “Yo recuerdo cómo fue la mía, pero por favor dígame sobre la suya”, respondí. En la ciudad de Nueva York, donde trabajo, alrededor del cuarenta por ciento de los residentes nacieron en el extranjero, por lo tanto mis pacientes proceden de todas partes del mundo. Dada la diversidad étnica y cultural de los migrantes y sus experiencias, la generalización rara vez les hace justicia. Sin embargo, muchos de mis pacientes de la antigua Unión Soviética tienen historias familiares de persecución y pérdida parecidas.
 
Muchos inmigrantes judíos se mudaron a los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades para sus familias. Al mismo tiempo, muchos de ellos sufrieron la pérdida de su familia extensa y sus comunidades, sus tradiciones culturales y su status profesional. Hay ex bailarinas y profesores universitarios que, después de su arribo a nuestro país, tuvieron que aprender a vivir como jardineros o empleadas domésticas. Además, muchas de las dificultades persistentes de mis pacientes para vivir una vida plena, significativa (pobre autoestima, carreras estropeadas, relaciones fallidas) tienen sus raíces en su historia familiar de persecución y pérdida. De hecho, muchos se vuelcan a la psicoterapia para encontrar nuevas formas de afrontar los efectos emocionales de su traumático pasado. Muchos carecen del sentido de pertenencia y se describen a sí mismos como “judíos errantes”. 
 
En el siglo veinte una mayoría de familias de la ex Unión Soviética se vieron afectadas por una serie de eventos históricos catastróficos: la Revolución, la Guerra Civil, la represión estalinista, la colectivización forzada y la hambruna, y la Segunda Guerra Mundial, solo para nombrar algunas de las más sangrientas. Por ejemplo, durante el régimen estalinista (1928 – 1953) en un país de alrededor de 200 millones de personas, alrededor de 25 millones fueron matadas, enviadas a los campos de trabajos forzados o deportadas a Siberia. Además, cerca de 20 millones de personas murieron en la Segunda Guerra Mundial, y varios millones murieron de hambre cuando el Estado confiscó las tierras de los granjeros y las propiedades en 1930. Hubo además 10 millones, los familiares de las víctimas (esposas desprovistas de recursos, niños huérfanos), cuyas vidas se vieron alteradas de maneras terribles (Figes, 2007). Resumiendo, casi todas las familias sufrieron uno u otro tipo de trauma masivo.
 
Muchos de mis pacientes de la ex Unión Soviética no relacionan sus luchas personales y profesionales con el pasado traumático de sus familias. Sus padres y abuelos crecieron en una sociedad que falló en gran parte en  reconocer y hacer el duelo por los crímenes del gobierno soviético contra su propio pueblo. En ausencia de una prensa libre, y en una atmósfera dominada por un estado policial omnipresente, escasearon los relatos escritos u orales del pasado traumático. Viviendo con temor a una ulterior persecución, la mayoría de los sobrevivientes a la represión ocultaron, aún a sus propios hijos, lo sucedido a ellos y a sus familias. De acuerdo a la investigación histórica de las vidas privadas de los ciudadanos rusos llevada a cabo por Orlando Figes (2007) el régimen totalitario que gobernó Rusia casi  75 años tuvo una influencia profunda en todas los aspectos de la vida de las familias rusas. Personas que vivieron en las oleadas de terror entre 1917 y 1953 a menudo se basan en la disociación y la fragmentación para manejar la vergüenza, el miedo y la confusión moral.
 
En tanto no hay dos familias iguales, presto especial atención a las circunstancias sociales específicas y los eventos que moldearon las respuestas de las personas al trauma. Cuando las personas no hicieron el duelo por las pérdidas traumáticas, su pena se congela (Kuriloff, 2014). Experiencias traumáticas no enunciadas no emergen en el vacío; necesitan una conexión interpersonal con un testigo empático (Stern, 2009). Desafortunadamente muchos psicoterapeutas de la ex Unión Soviética, especialmente aquellos que no atravesaron un análisis personal, pueden estar sufriendo ellos mismos traumas disociados, no procesados. Por .lo tanto, cuando se relacionan con un paciente traumatizado lo que está garantizado frecuentemente es una puesta en acto de disociación mutua de su trauma colectivo y personal (Bromberg, 2011), una especie de “no preguntes, no digas” inconciente. Por consiguiente, en mi propio trabajo, trato de mantenerme alerta sobre las formas en las cuales mi propia historia familiar traumática puede estar afectando mi capacidad para asistir a mis pacientes en la elaboración de las consecuencias del pasado trágico de sus familias.
 
Mis propios abuelos, como los abuelos de mis pacientes, nacieron en el seno de familias religiosas, que hablaban Yiddish, en la Zona de Asentamiento. La Revolución Rusa marcó el inicio de nuevas esperanzas para la población judía discriminada desde hacía mucho tiempo. Ya no confinados en la Zona de Asentamiento, muchos judíos, incluso mis abuelos, se mudaron a las grandes ciudades en busca de mejor educación y carreras profesionales. Los años de la década de 1920 vieron la emergencia de nuevos diarios, libros y teatros en Yiddish. Sin embargo el Holocausto, junto con la represión estalinista, terminó con el breve renacimiento Yiddish. Millones de judíos rusos fueron masacrados por los alemanes. Sus comunidades fueron destruidas. Los sobrevivientes fueron enérgicamente desalentados por el régimen soviético de practicar su religión y continuar sus tradiciones. Los teatros y diarios en Yiddish fueron cerrados y muchos líderes de las comunidades judías fueron perseguidos. Además, el régimen soviético manipuló eficazmente la historia del país para cumplir con sus metas ideológicas. En la ex Unión Soviética no hay ni una palabra sobre el Holocausto, ni existen museos ni memoriales del Holocausto. La historia oficial se refiere a los muertos judíos solo como ciudadanos soviéticos, por lo tanto borrando póstumamente sus identidades judías.
 
Por ejemplo, en 1935 mi abuelo, Boris, se mudó a Moscú desde un pequeño pueblo  de la costa del Mar Negro en busca de un grado universitario. Siete años después, la población judía de su pueblo natal fue exterminada por los nazis. Aunque su aspecto era inconfundiblemente judío, Boris nunca habló con sus hijos y nietos de la religión, el idioma y  la cultura de sus padres.
 
Mis dos abuelos lucharon contra los nazis durante la guerra, y mi abuelo paterno, Abraham, fue herido en combate. Después de la guerra, y poco después del nacimiento de su sexto hijo, Abraham pasó muchos años en prisión por criticar el régimen estalinista en una conversación privada con un vecino. Su esposa e hijos fueron etiquetados como la familia del “enemigo del pueblo”. Un relato central en la vida de mi padre es la descripción de su experiencia de encontrarse con su padre por primera vez en la adolescencia. Su madre los llevó a él y sus hermanos a una estación de tren desbordada de prisioneros políticos recientemente liberados. Ella señaló a un hombre barbudo, con apariencia de viejo,  y lo presentó como su padre.
 
En muchas familias, el sufrimiento de los padres a menudo rompe los lazos emocionales entre padres e hijos, pavimentando el camino de la transmisión intergeneracional del trauma. Después de su liberación de la prisión, Abraham se retrajo emocionalmente de su esposa e hijos, quienes lo recuerdan como un hombre irritable, deprimido y psicológicamente quebrado. Posteriormente se divorció de su esposa y no jugó ningún papel en la vida de sus hijos.
 
En 1970, en respuesta a la presión internacional, el gobierno soviético finalmente permitió a los judíos dejar el país. Como las familias de muchos de mis pacientes, mi abuelo Abraham, un judío practicante, emigró a Israel. Desafortunadamente, su inmigración arrojó una sombra sobre las carreras de sus hijos, porque ahora ellos enfrentaban el estigma de ser los hijos del “traidor a la madre patria”. 
 
Ante la ausencia de una figura paterna, mi padre careció de un modelo masculino que lo hubiera guiado tanto en lo personal como en lo profesional. Desafortunadamente, el apego emocional alterado continuó haciéndose sentir en muchas relaciones padre – hijo en mi familia. Por ejemplo, igual que su padre, mi padre no se esforzó por asistir a mi graduación en la universidad o a mi boda. Habiendo consumido muchos años luchando para encontrar un sentido emocional a mi propio legado emocional de la migración, persecución y pérdida, trato de aprovechar esas experiencias emocionales para empatizar con las heridas psicológicas de mis pacientes. 
 
Algunos de mis pacientes judíos de la ex Unión Soviética muestran poca curiosidad sobre mi vida o ningún interés por conectarse conmigo en un nivel más personal. Parecen depender emocionalmente de mí y al mismo tiempo distanciarse. En su presencia, a menudo siento la presión de proveerles mi insight y mi consejo. Al mismo tiempo, a menudo los siento sinceros, honestos e inseguros. Creo que estas reacciones contratransferenciales son tanto concordantes como complementarias. Me ponen en contacto tanto con cómo mis pacientes tratan a otras personas en su vida, como con su tendencia a cuestionar la profundidad del interés de los otros en ellos.    Creo que las pérdidas traumáticas soportadas por mis pacientes y sus familias deben haber socavado su sentido global de valor y seguridad, tanto como su confianza en otras personas. Para sobrevivir en un mundo que se siente indiferente u hostil, muchos inmigrantes dependen de la disociación entre su deseo de pertenencia, de adaptarse, y su necesidad de preservar su singularidad y su individualidad. Algunos de mis pacientes sienten que deben elegir entre ser solitarios y aislados o absorbidos y sofocados. Confío que nuestra conexión pueda promover eventualmente la capacidad de mis pacientes para pilotear los conflictos entre dependencia emocional y autonomía.
 
En nuestro trabajo juntos, mis pacientes y yo exploramos sus identidades como “judíos errantes” en el contexto de inestabilidad, ansiedad y pérdida que marcó su historia familiar y su desarrollo personal. En ese proceso, comienzan a dar voz a su anhelo de un hogar estable y amoroso tanto como a enunciar su tradicional y arraigado temor de que el mundo es un lugar hostil y a menudo peligroso. En los términos de Sullivan, tienen miedo de lo que ya les pasó a ellos y a sus familias en el pasado.    
 
Algunos de mis pacientes migrantes se dieron cuenta de que su evitación de compromiso personal y profesional puede ser una forma preventiva de adaptación con lo que sienten como una pérdida inevitable de la estabilidad y la felicidad. Despertar sus esperanzas, calmarse, armar un hogar, podría exponerlos potencialmente a la devastación emocional, por desplazamiento y pérdida de la familia, amigos, y amantes que se siente justo a la vuelta de la esquina. En el proceso de ayudar a los migrantes a recuperar su fe en las conexiones humanas seguras, el terapeuta necesita soportar ser testigo de su trauma familiar. Ser testigo de las experiencias de los pacientes no enunciadas previamente es un evento interpersonal que implica compartir los recuerdos del pasado y empatizar con los poderosos sentimientos que continúan desencadenándose en el presente. 
 
El terapeuta necesita saber que revivir las experiencias dolorosas pasadas a menudo aumenta el espectro de la retraumatización. Por ejemplo, ayudando a los migrantes a acceder a sus recuerdos de pérdida y persecución, el terapeuta puede involuntariamente herirlos emocionalmente. Por lo tanto, contenerlos y ayudarlos a desarrollar estrategias confiables para calmarse a sí mismos es esencial para el renacimiento de su capacidad de intimidad y cercanía.
 
Lentamente, mis pacientes y yo establecemos una relación confiable en la que todas sus experiencias emocionales y partes del self son bienvenidas (tanto las capaces, creativas, como las inseguras, atemorizadas). Nuestra meta es darle un nuevo significado a su pasado traumático, al mismo tiempo que aumentar su capacidad para la intimidad emocional con otras personas (incluyéndome a mí). Espero utilizar el lazo emocional entre mis pacientes y yo para ayudarlos a contener, contextualizar y metabolizar sus temores, vergüenza y desesperanza.
 
Me esfuerzo por llegar emocionalmente a mis pacientes revelándoles el impacto emocional que me provocan de maneras espontáneas, auténticas y creativas. Al mismo tiempo, ayudo a los migrantes a articular su tristeza y pérdida no expresadas previamente  en el contexto de un nuevo relato. En tanto mi meta es promover un  reconocimiento y aceptación crecientes de sus estados afectivos cambiantes, los ayudo dándoles voz a sus sentimientos de desesperanza, por un  lado, así como a su anhelo de un nuevo comienzo, por el otro. Cuando los migrantes, con una historia familiar traumática forjan gradualmente una conexión empática con un terapeuta que tolera ser testigo de su dolor psicológico, su esperanza y confianza en las relaciones humanas comienza a reemerger.
 
Traducción: Silvia Koziol
 
Bibliografía
 
Bromberg, P. (2011). The Shadow of the Tsunami and the Growth of the Relational Mind.
Figes, O. (2007). The Whisperers: Private Life in Stalin's Russia.
Kuriloff, E.A. (2014). Contemporary Psychoanalysis and the Legacy of the Third Reich.
 
Stern, D.B. (2009). Partners in Thought. Dissociation
 

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