Reunir los fragmentos para poder estar solo

Dr. Julián Onaindia
 

De lo que perdimos en el momento de nacer, jamás recuperaremos la totalidad, pero lo que alcancemos a armar después, suficientemente asistidos, nos acompañará, en nuestra soledad, hasta el final.

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Es un hecho casi universalmente aceptado que la cría humana adviene al mundo en notable desventaja madurativa con respecto a otros mamíferos, por lo demás, menos evolucionados.

Este estado, que se ha dado en llamar prematuración, es tal que representa un período prolongado durante el cual el recién nacido va adquiriendo pautas y herramientas que lo hagan apto para la vida extrauterina, el crecimiento y el desarrollo.

Pero más allá de lo evidente, esto es, la incapacidad para desplazarse por sí mismo, para obtener alimento o provocarse el calor necesario para subsistir, hay otro aspecto en la inmadurez que ha resultado de gran interés a disciplinas y autores diferentes, dentro y fuera del psicoanálisis.

Si observamos por unos instantes un niño recién nacido, notaremos la evidente incoordinación motriz que presenta.

En estado de relajación su cuerpo permanece en un reposo casi completo. Pero si se encuentra atravesando alguna condición de necesidad comienza a generarse cierta tensión, su cuerpo se agitará en desorden, veremos a sus miembros extenderse y contraerse presos de respuestas reflejas descontroladas y finalmente emitirá un grito o se extenderá en llanto hasta que de alguna manera sea calmado por un tercero que lo asista.

Pensemos ahora en ese mismo niño semanas o meses antes de su nacimiento.

Su universo era otro.

Su cuerpo se movía al amparo de la cavidad uterina, lo que le evitaba movimientos bruscos al controlar las respuestas reflejas violentas. La presión ambiental, incrementada por el tono uterino, se transmitía homogéneamente en todos los puntos de su piel, ya sensible, dotándolo de una piel extra. La temperatura, estable, lo mantenía abrigado en el cuerpo materno.

No tenia necesidad de respirar por sí mismo, no tenía hambre y al abrir los ojos en los últimos meses, si el vientre materno estaba expuesto a la luz del sol, alcanzaba a ver, alumbrado por una luz rojiza y a través de membranas transparentes, el cuerpo materno y su propio cuerpo, sin solución de continuidad.

De pronto algunas contracciones violentas, un pasaje interminable a través de un canal demasiado estrecho o las maniobras adecuadas en un quirófano y  un instante de ahogo dan lugar al nacimiento.

Y con él la pérdida de casi todas las sensaciones conocidas, todos los mecanismos homeostáticos cambian. La estabilidad desaparece. El ambiente se torna incómodo, poco amigable. Esa piel que estaba sobre la suya en forma de humores y membranas, esa cubierta que regulaba sus movimientos, que impedía la incómoda desregulación motora ha desaparecido.

Los cuerpos se han separado

La experiencia del nacimiento es, también, una experiencia de fragmentación.

Sigmund Freud da cuenta de estos primeros momentos en su Proyecto de Psicología.

Nos cuenta allí acerca de la necesidad de un auxilio externo que acuda a aliviar una tensión interna, algo que el humano aún no es capaz de conseguir solo. 

El niño, en tensión, llora como manifestación refleja del malestar. Otras especies pueden esbozar conductas más complejas frente a la necesidad: acercamiento al cuerpo materno, comienzo de deambulación, etc.

El humano emite un grito sin que haya todavía un adentro o un afuera al cual referir la causa de esa molestia. Este mismo grito podría ser un nuevo estímulo que retroalimente la tensión y el llanto.

Será la madre quien acuda al reclamo y signifique el grito desde su propio deseo como hambre o soledad o frío.

Es el deseo de la madre, su deseo de crianza el que sale al encuentro del niño.

Y cuando la madre asiste con éxito al niño, una primera experiencia de placer queda registrada en él, pero también en la experiencia de la madre aparece un fuerte sentimiento de satisfacción, esta queda asi inaugurada como un sentimiento compartido. Es este sentimiento compartido el que cambia la necesidad en deseo y le da a este encuentro especificidad humana.

Según nos dice Freud, el Yo es Yo cuerpo. Pero la percepción de este cuerpo no parece estar dada desde el principio. Por lo menos no como unidad, existe sí como fragmentos, sede de tensiones o de alivio. Residencia de pulsiones autoeróticas, la boca, el hambre, la piel, el frio.

Pero ¿cuál será el acontecer psíquico determinado que transforme un cuerpo desmembrado, en un cuerpo (más o menos) unificado.

A partir de los desarrollos freudianos es Lacan quién nos trae novedades y  profundiza en esa transformación .    
Lacan comienza explicándonos que a partir del sexto mes y entre éste y el décimo octavo, la cría humana es capaz de reconocerse jubilosamente frente a su imagen en el espejo y esta característica, el júbilo que muestra, es radicalmente diferente al fenómeno que remite a otras especies, que pierden rápidamente interés por esta imagen refleja.

Esta imagen -para Lacan- constituyente en el ser humano, atrapa al niño haciéndolo reconocerse y desearse en ella y construirse en forma retroactiva desde su fantasía de cuerpo fragmentado.

Es su mirada la que queda atrapada por el reflejo que incluye, además, la mirada de la madre que lo sostiene. Se despierta en él el deseo de ser uno para esa mirada siendo uno con esa mirada.

Entra en escena el narcisismo primario que, a través de una identificación fundante, va hacia la constitución del cuerpo ahora unificado por la imago externa que lo atrapa y lo aliena. En un proceso que no dura menos de un año de vida.

Sin embargo el tránsito de los primeros meses no queda aún explicado, ¿Quién mira esa imagen? ¿A quien atrapa la imagen? ¿Qué fragmento es el encargado de reunir los otros en alienación fundante?
 
En este punto pone Winnicott a nuestra disposición su Teoría del Desarrollo Emocional del Individuo, la cual, según da cuenta él mismo, incluye la historia  total del ambiente específico del niño individual.

Donald Winnicott considera un potencial heredado, el propio-ser central, que debe experimentar una continuidad de existir para adquirir una realidad psíquica y un esquema corporal personal.

Y este potencial, es potencial de crecimiento 

A diferencia de Freud, que considera la experiencia de tensión, satisfacción, frustración como un hecho fundante bajo la égida del Ello, Winnicott introduce un Yo rudimentario pero vivenciante, imprescindible para lograr un grado de organización psíquica adecuado al logro de una experiencia personal.

Es por intermedio de este Yo que los fragmentos corporales, miembros, intestinos o llanto se reúnen en un naciente propio-ser. Las funciones neurocognitivas y el universo perceptual quedan fuertemente adheridos al Yo, permitiendo la configuración de dos espacios, exterior e interior con una membrana como límite. 

B es traído por su madre, M, al consultorio a las tres semanas de vida, hacia el final de la consulta, M refiere que deberá partir por tres semanas en un viaje de negocios impostergable. A la pregunta de por qué no llevar a B consigo, se muestra intransigente, “sería molesto”. “Es impensable”. El padre, en ese momento desocupado, acuerda con ella.  A los seis meses B es traído con otro motivo de consulta, ha comenzado con una dermatitis atópica severa que lo acompañará años de su vida.

“Impensable”, “una molestia”.

¿Es quizás este defecto en constituir una Membrana adecuada entre el adentro y el afuera, una piel sana, tan lineal con la dificultad para “pensar” en el bebe como persona? 


Para Winnicott, lo que existe al comienzo de la vida es  

”…un puñado de anatomía y fisiología y además el potencial de desarrollarse en una personalidad humana. Hay una tendencia general hacia el crecimiento físico y una tendencia hacia el desarrollo psíquico…”

Winnicott considera a la continuidad de la línea de la vida como la base de la Teoría del Desarrollo, esta es la suma de las experiencias, positivas y negativas y estas últimas asistidas y morigeradas o no. Nada de lo que ha formando parte de esta experiencia se perderá. 

Potencial de desarrollo, Yo rudimentario, propio-ser, continuidad de la experiencia; son los conceptos básicos sobre los que Winnicott apoya su Teoría del Desarrollo.

El padre de V y M, mellizos de cuatro meses de vida, se ha mostrado celoso por el tiempo y el trabajo que su esposa, C, debe dedicar a los niños. Exige una salida “de pareja” sin hijos por dos semanas. C. Acepta el viaje más allá de la advertencia del pediatra acerca de lo importante de su presencia durante los primeros meses de vida.

Dos meses más tarde ambos niños desarrollan hiperreactividad bronquial “asma” que los lleva a la primera de varias internaciones.

¿Podemos relacionar la emergencia de la enfermedad, extraña además por la  coincidencia temporal en ambos, con el “abandono temporal” de la función de sostén , la ruptura en esa continuidad, necesaria para la constitución psíquica temprana? 


La integración se trata entonces, de un conjunto de procesos de elementos motores y sensoriales sobre los que se asienta el narcisismo primario. Sostenidos por la tendencia al sentimiento de existir.

Postula Winnicott una elaboración primaria imaginativa sobre el funcionamiento corporal que da cuenta de un ser humano nuevo que ha comenzado a ser y a existir, conjugando una experiencia que puede ahora llamarse personal.

El proceso en que ubica la integración es el tránsito de la dependencia a la independencia.
A esos requerimientos, agrega la necesidad de un ambiente suficientemente bueno. 

“Un bebe, eso no existe…” Con esta admirable síntesis da cuenta de la dependencia extrema al ambiente en los primeros momentos de la vida, cuando para el niño no existe aún diferencia entre Yo y No Yo, cuando el bebe conforma para sí, un solo cuerpo con la madre en un intento de continuar el estado previo al nacimiento.

Quizás como en ningún otro autor encontramos en él la referencia directa a la indispensable función del ambiente, la función primordialmente materna. Definida, además, como suficiente.

En Winnicott el adjetivo suficiente toma pleno significado, ya que además de referirse a la presencia que suma y es necesaria al Ser, se refiere también a la que desborda y es necesario evitar.

P. es una Sra. alegre y muy agradable, está feliz con su bebe R, tanto que  no puede apartarse de él, ni siquiera cuando duerme.

R duerme en el lecho parental desde su nacimiento, ya hace más de dieciocho meses, por su lado, el que abandonó ese lecho es el padre, que ha elegido ocupar el dormitorio que hubiera sido de R. 

Esta situación se prolonga los primeros años de vida con intentos de solución que fracasan. 

Frente a la indicación pediátrica de consultar un especialista en psicología, la madre decide cambiar de pediatra, el padre, si bien se manifiesta contrario a la decisión se declara, también, impotente.


A los cinco años el peso de R lo ubica en un extremo severo de obesidad. Además tiene más dificultades que la media de sus compañeros para permanecer en la escuela. Allí le han sugerido nuevamente una consulta psicológica.

Una vez más asistimos a la caída de las funciones materna y paterna. Esta caída de funciones de sostén y de corte parece marcar el destino de un individuo en desarrollo.


La fragmentación que propone Winnicott desde su clínica, es todavía más compleja, no solo el cuerpo está en fragmentos, también el tiempo. 
 

“Creo que el bebe no se puede percatar al comienzo de que sintiendo esto y aquello en su cuna o disfrutando de las sensaciones cutáneas cuando lo bañan es el mismo que él mismo cuando llora en demanda de satisfacción inmediata, poseído por un afán de obtener o destruir algo si no es satisfecho con leche…”

“…y creo que no existe integración entre un niño dormido y uno despierto”

La integración para Winnicott comprende dimensiones espaciales y temporales.

Finalmente, Winnicott hace también referencia al sueño como una vuelta al estado de desintegración, o mejor dicho al no integrado. Y define la capacidad del niño para entrar en este estado sin riesgo para su continuidad, como un precursor de la capacidad del adulto para estar solo.

“Es únicamente estando sólo (en presencia de alguien) como el infante puede descubrir su propia vida personal…En ese escenario, la sensación o el impulso se sentirán reales y se transformarán en una experiencia genuinamente personal”

“Sólo en presencia de alguien”, este concepto genial de Winnicott, casi como un kōan, nos revela la importancia de una presencia no intrusiva. Comprendemos lo fundamental para el desarrollo de la seguridad personal de un alguien maternizante, es decir, disponible, no demandante, que decodifique las señales ambientales, que las transforme con su presencia a veces total, otras parcial, sosteniendo aquello que enriquece la experiencia desde el placer, sin que este arrase al Ser naciente.

 “El individuo que ha desarrollado la capacidad de estar solo es capaz de redescubrir en cualquier momento el impulso personal y el impulso personal no se disipa, porque el estado de soledad es algo que implica, aunque paradójicamente, siempre la presencia de alguien”.

De lo que perdimos en el momento de nacer, jamás recuperaremos la totalidad, pero lo que alcancemos a armar después, suficientemente asistidos, nos acompañará, en nuestra soledad, hasta el final.

Bibliografía
Freud, S. Proyecto de Psicología. Obras Completas. Tomo I Amorrortu editores. 
Freud, S. El Yo y El Ello. Obras Completas. Tomo XIX. Amorrortu editores.
Freud S. Introducción al Narcisismo. Obras Completas. Tomo XIV. Amorrortu editores.
Lacan, J. El Estadio del Espejo como formador de la función del Yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. Escritos 1. Siglo XXI editores
Winnicott, D. W. La teoría de la Relación Paterno-filial. El Proceso de Maduración en el niño. Editorial Laia.
Winnicott, D. W. Deformación del Ego en términos de un ser verdadero y falso. El Proceso de Maduración en el niño. Editorial Laia.
Winnicott, D. W. Objetos y fenómenos transicionales. Estudio de la primera posesión No-Yo. Escritos de Pediatría y Psicoanálisis. Editorial Laia.
Winnicott, D. W. Desarrollo emocional primitivo. Escritos de Pediatría y Psicoanálisis. Editorial Laia.
Winnicott, D. W. La capacidad para estar a solas. El Proceso de Maduración en el niño. Editorial Laia.
Davies M., Wallbridge D. Limite y espacio. Introducción a la Obra de Winnicott. Amorrortu editores.
 

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