La intimidad a lo largo de los años

Delaram Habibi-Kohlen
 

“Intimidad” deriva del latín intimus, “lo más alejado del borde, lo más alejado hacia adentro”. Escribir sobre la intimidad es lidiar con esta paradoja

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Introducción
“Intimidad” deriva del latín intimus, “lo más alejado del borde, lo más alejado hacia adentro”.  Escribir sobre la intimidad es lidiar con esta paradoja:
 
La intimidad surge de la percepción y reconocimiento de los límites en el transcurso de esfuerzos compartidos.  Consecuentemente, “lo más alejado hacia adentro” solo sería posible si al mismo tiempo hubiera un anclaje en el borde.
 
Puede imaginarse visualmente que el tacto solo puede ser percibido como tal cuando un límite (por ejemplo, la piel) se encuentra con otro límite (otra piel); por ejemplo, es precisamente el límite el que hace posible el acto de tocar.
 
Transformación de la intimidad
Lo que alguna vez fue un “romance” experimentó una transformación casi imposible hacia fines del siglo XVIII y en el Romanticismo: el matrimonio y el amor apasionado, junto con la autorrealización en el amor deberían ser todos posibles simultáneamente. Tanto la excitación como la seguridad deberían lograrse por toda la eternidad.
 
Mientras que en épocas anteriores, las relaciones íntimas estaban mucho más enmarcadas por restricciones y convenciones sociales, hoy en día, la responsabilidad del amor está fuertemente cargada sobre el sujeto individualizado.  El sujeto se ve abrumado ante la necesidad de conseguir por sí mismo una pareja adecuada, sin encontrar apoyo ni en su propia clase -ya que la pertenencia a determinado estrato social actualmente puede ser trascendida en la elección de pareja-, ni en las condiciones económicas, ni en las limitaciones espaciales. El ideal del amor romántico también existe, por así decirlo, secretamente, en los tiempos posmodernos, pero irónicamente está quebrantado. Por lo cual el deseo de un “gran amor” existe en igual medida junto con el conocimiento de que es más probable que haya más de un gran amor o que este es un constructo  sobrecargado que puede tener un efecto perjudicial. La presión de optimizarse constantemente en el ámbito personal, corporal -en términos de estado físico y atractivo sexual-, profesional y económico; como también la constantemente creciente aceleración social (Rosa 2005, Baumann 2003) frecuentemente lleva a que las personas ya no se involucren en relaciones íntimas duraderas.
 
Cuanto más volátil es nuestra modernidad, menos asequible parece.  Los autores que se ocupan de las relaciones amorosas, por ejemplo, de relaciones que son “íntimas”, curiosamente también se ocupan -al abordar esta dificultad- de fenómenos contemporáneos como la adicción al sexo (Giddens 1992; Illouz 2007/2015).  Si, como escribe Giddens, la intimidad requiere la conciencia de la libertad del otro para poder desarrollarse, esto al mismo tiempo aparece como apenas tolerable o soportable. Porque implica que la intimidad probablemente se sienta de manera más satisfactoria cuando simultáneamente atraviesa los límites (“lo más alejado hacia adentro”) y al mismo tiempo los mantiene.  Esto presupone una gran madurez interior que incluye la tolerancia y el soportar la separación y el dolor que nos produce la dependencia relativa del otro.  Y esto es requerido en un contexto de globalización cada vez mayor y de la experiencia de indefensión frente a la creciente problemática global, que amenaza cada vez mas nuestra existencia.
 
En defensa de la intimidad en la era posmoderna
¿Qué hacer, entonces?  El sujeto posmoderno llega a un acuerdo perverso.  Actúa “como si”.  Tiene citas por internet, mantiene vínculos virtuales, divide el sexo del amor, consume romance (Illouz) y lo evita: tal vez una pareja más interesante/más atractiva llegará en el futuro, alguien que me complemente aún mejor, que sea más adecuado para mi. La libertad en la liberación sexual puede conllevar un empobrecimiento de la sexualidad si implica una “pornificación de la cultura” (Illouz, 2015, p. 117).  Por otro lado, el sujeto busca comprensión y verse reflejado en autorrevelaciones en programas televisivos que constantemente trascienden los límites de vergüenza de los espectadores y al mismo tiempo satisfaciendo su voyeurismo, también experimentan la satisfacción de presentarse y exhibirse a sí mismos. En internet, encontramos una gran despreocupación con respecto a revelar y divulgar aspectos de uno mismo y de la intimidad.  Con respecto a las palabras e imágenes en los medios de comunicación -social-, éstas son siempre problematizadas como una dimensión totalmente novedosa que trae aparejados cambios estructurales: por ejemplo en la consciencia colectiva de cambios en las normas, necesidad de seguridad, vergüenza, etc.  Allí celebramos la conexión sin ataduras. La conciencia de poder estar conectados instantánea y constantemente trae un enorme consuelo y ayuda a superar el dolor de la intercambiabilidad.
 
Hoy en día, la facilidad con la cual se crean y mantienen nuevos contactos en las redes sociales satisface por un lado la necesidad de seguridad -la idea de estar conectados siempre y en todo lugar, de poder establecer contacto-, mientras por otro lado, esta ausencia de ataduras también plantea el interrogante de hasta qué punto se ha alcanzado un acuerdo entre el anhelo de intimidad física y mental, y el miedo a la misma.
 
La solución de compromiso perversa implica asegurarse constantemente que uno no quede vulnerable, indefenso o expuesto a la vergüenza. La dependencia, la incertidumbre, y la confianza en el otro deben ser negados, debido a que en el mundo actual -aparentemente confortable-, en el cual el sujeto se encuentra mucho más inseguro, cada uno por su cuenta y a merced de los otros, estos son sumamente peligrosos para el equilibrio interno.
 
Una forma de esta distorsión fue descrita por Sennett (1977) en The Fall of Public Man (“La caída del hombre público”): en los programas televisivos, por ejemplo, el ámbito privado es arrastrado cada vez más al ámbito público, pero discusiones públicas objetivas sobre temas de interés común ya no tienen lugar, porque cada uno solo habla de sus propios sentimientos o proclama su opinión privada, como si esto pudiera reemplazar un discurso basado en los hechos.  Tanto el exhibicionismo como el narcisismo omnipotente, como sucede en las cataratas de críticas agresivas por redes sociales, eluden una discusión exhaustiva y polémica que parece más peligrosa o por lo menos más complicada porque requiere mayor tolerancia del otro.
 
El debate actual acerca de nuestra capacidad para la democracia también roza la cuestión de nuestra capacidad para la intimidad.
 
En las distorsiones arriba descritas, la intimidad frecuentemente parece ser más bien una pseudo-intimidad que perversamente exagera lo íntimo, sin alcanzar a ser una verdadera y más que meramente selectiva apertura y contacto entre dos sujetos.  Esto se relaciona con la sobrecarga de las personas en la actualidad, quienes deben optimizarse constantemente con toda la flexibilidad requerida y escasez de vínculos como sea posible.
 
La intimidad en el psicoanálisis
El psicoanálisis se esmera por alcanzar la autenticidad, la comprensión más íntima, sabiendo que ésta no puede ser completamente alcanzada, y lograr el reconocimiento de esta diferencia.  Cuando dos personas hablan de la misma cosa, se refieren a una tercer cosa y la crean al mismo tiempo.  Esto genera una lejanía y una distancia que es inevitable y al mismo tiempo constitutiva de una intimidad “bifocal” que no es ni usurpante ni completamente fusionada.  La intimidad surge del hecho que el deseo de fusión es reconocido por ambos y al mismo tiempo no es cumplido (o como mucho, parcialmente) por el analista, que interpreta la necesidad del mismo.  Al soportar la tristeza por este hecho, se abren nuevos espacios de experiencia como también oportunidades en esta relación arriesgada, que llevan al paciente cada vez más lejos, y frecuentemente al analista también.
 
En lo que sigue, describiré una viñeta para ilustrar esto.
 
La paciente es una mujer de 51 años de edad que siempre había estado con hombres inferiores a ella que “no podían escaparse porque dependían de mi”.  Ella misma provenía de una familia sumamente traumatizada y traumatizante, en la cual había sufrido violencia verbal, negligencia y abuso. En este momento se trata de lo que para ella es la necesidad “reconocida” de separarse de un hombre que la trata despectivamente.  Ella experimenta esta necesidad, sin embargo, como tan dolorosa que no puede separarse.  Ella habla sobre el dolor de siempre querer más de los hombres de lo que ellos querían de ella, de no sentirse amada, sentirse furiosa a causa de esto, y en definitiva terminar una y otra vez confrontada con el dolor de sentirse tan despreciable debido a que nadie la quería.  En ese momento habla de lo que hizo después de la sesión anterior:
 
P: “Ayer fui a un lugar en el bosque que a veces visito.  No quería nada más que estar en paz.  Escuché el arroyo.  A mi alrededor volaban libélulas, era como si me estuvieran buscando. Hacían círculos alrededor mío y yo me imaginé que eran pequeños duendes.” (la paciente ríe suavemente) “Luego dije: “Vengan, vengan a mi, queridos. Ustedes me entienden.” Y luego escuché el arroyo, que hacía “glugluglu”.  Era como si me estuviera hablando.”
 
A: (me sentí atraído hacia un idilio en el cual las cosas más fantásticas podían suceder.  Un mundo frágil y bello que embelesa y permite olvidar el dolor.  Había algo muy conmovedor, aniñado, en la forma en que la paciente hacía gestos en el diván y trazaba el vuelo de los “duendes” con sus manos. Me permito entrar en el encanto y me siento muy conectado con la paciente, sintiendo su dolor de que nada es suficiente.)
 
(suavemente): “Si, eso es hermoso…. Me llevas directamente a un idilio donde podríamos juntos dejar afuera al dolor si tan solo pudiéramos permanecer en el.  Si yo no fuera contigo, o si yo abandonara ese mundo nuevamente, o si te confrontara con la realidad otra vez, aun tendrías a los duendes que te comprenden mejor que yo.”
 
P: (llora suavemente) “¿Por qué tiene que ser así? No quisiera morir sin haber tenido la experiencia de ser amada verdaderamente.”
 
A: (pienso cómo debe ser sentirse tan absolutamente no amada, y que ésta tal vez sea una experiencia universal para todo ser humano -- estoy en silencio.  El llanto de la paciente se hace cada vez más fuerte y más demandante, ella solloza frenética y espasmódicamente).
 
P: “¿Cómo puede alguien ser así? Simplemente no ponerse en contacto.”
 
A: (me siento un poco culpable porque yo -- tal como el hombre al que se refiere -- me he mantenido en silencio, y al mismo tiempo me siento obligado a consolar a la paciente y amarla si nadie más lo hace.  La presión aumenta con cada intenso sollozo de la paciente):
 
“Tal vez estabas pensando que no estaba contigo porque no he dicho nada y tuve una mirada algo crítica del idilio, en vez de solo estar contigo en el arroyo. Entonces tu debes estar indignada y el enojo por el hecho de que no puedes hacerme quedar contigo en el idilio hace que el dolor sea aún peor.”
 
P: (el llanto se hace más silencioso y va menguando, se queda más en silencio) “Siempre empiezo odiando a todos.”
 
A: “Tu crees que si el otro no está completamente contigo y se queda, no eres amada en absoluto.”
 
P: “Si.” (pausa más larga): “Siempre lo veo en términos tan absolutos. Tal vez exagero un poco.”
 
Discusión
Desilusionada (por ejemplo, por mi interpretación del día anterior de que ella aparentemente busca hombres con los cuales es difícil convivir en una relación), la paciente huyó a un idilio en el cual no debería haber dolor.  Me permití dejarme embelesar por el idilio y la intercorporeidad (“glugluglu”) y puedo empatizar con el anhelo de la paciente.  Al mismo tiempo, me doy cuenta que este es un idilio “inventado”, que debe ser abandonado en pos de la vitalidad y posibilidad de vivir.  Comparto esto con la paciente de manera de que sea comprensible para ella: que su deseo de darle la espalda al mundo conmigo es comprensible.  El dolor en torno a la conciencia del límite entre la paciente y el objeto deseado es transformado por ella en enojo y el intento de forzarme a darle lo que ella desea.  Puedo comprender su ira, pero al mismo tiempo puedo hacer que la paciente comprenda lo que está haciendo (intentando obligar a actuar).  Ambas cosas permiten a la paciente poder aliviar el sentimiento de abandono y percibir de una manera más diferenciada que su odio y su dolor en la absolutez no son la realidad completa.  Al mismo tiempo, comparto con ella, a medida que hablamos, el hecho que su odio no me aniquila.  Esto significa que ella debe odiarse menos y tener menos miedo de nunca ser amada. En este proceso, se crea una intimidad, en la cual ocurre un contacto psíquico y el dolor proveniente del “no-totalmente” se hace mucho más soportable.
 
A pesar de que en la sesión psicoanalítica los límites entre el analista y el analizando se experimentan más dolorosamente que fuera de ella, en la vida en general también se trata de soportar y aprender a tolerar límites, reconociendo que “estar en lo más íntimo” sólo puede existir como un ideal.


Referências
Baumann, Z. (2003). Flüchtige Moderne. Berlin: Suhrkamp.
Giddens, A. (1992). Transformation of intimacy. Cambridge: Polity Press, dt.: Wandel der Intimität, Frankfurt: Fischer, 1993
Illouz, E. (2012): Why love hurts. Cambridge: Polity Press. dt.: Warum Liebe weh tut, Berlin: Suhrkamp, 2016
dies. (1997): Consuming the romantic utopia. Berkeley and Los Angeles: University Press, dt: Der Konsum der Romantik. Berlin: Suhrkamp, 2007.
Rosa, H. (2005). Beschleunigung – die Veränderung der Zeitstrukturen in der Moderne. Berlin: Suhrkamp.
Sennett, R. (1977). The Fall of Public Man. New York: Knopf (dt.: Verfall und Ende des öffentlichen Lebens: Die Tyrannei der Intimität. Frankfurt: Fischer, 1983)

Traducción: Carolina Hoffmann

 

 

 

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