Identidades cercenadas. En busca de hogar y reconocimiento

Dr. Esin Egit
 

Me impactó cuantos de mis pacientes, de alguna manera, señalaron similitudes que observaron o asumían que existen entre nosotros.

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Me impactó cuántos de mis pacientes, de alguna manera, señalaron similitudes que observaron o asumían que existen entre nosotros. En nuestras sesiones siguientes algunos volvían periódicamente sobre este tema, insistiendo en el valor y la función que tenían estas particulares similitudes para ellos. Al principio, lo que fue aún más impactante para mí de `la insistencia de los pacientes en focalizarse en las similitudes percibidas entre nosotros, fue que yo soy un terapeuta en América nacido en el extranjero, y mi “diferencia” estaba casi literalmente en la habitación –  tanto visible como audiblemente.

Sin embargo, cuando aumentó mi curiosidad por lo que estaba sucediendo, y porqué, me di cuenta de una clase particular de similitud que destacaron algunos pacientes. En sentido amplio, se basaba en la identidad social. Más, el denominador común entre aquellos pacientes que se centraban selectivamente en similitudes basadas en la identidad fue que todos sufrieron una sensación de perturbación o relaciones no normativas con una o más de las identidades sociales que se esperaban de ellos, o que se suponía que ellos habitaran. Independientemente de que la presión de ajustarse proviniera de fuentes internas o externas, todos afrontaban el sentimiento dominante  de que algo de su propio sentimiento de ser se perdió.

Sugiero que para esos pacientes identificar similitudes entre nosotros, y aferrarse a ellas, fue una forma de disminuir la ansiedad asociada a la desaprobación anticipada y al rechazo, y un intento inconsciente de conectarse con el fragmento  perdido.

Binarismo terapeuta/paciente
Las presentaciones de casos clínicos empiezan típicamente con la declaración de los datos demográficos básicos del paciente, incluyendo su edad, género, orientación  sexual, antecedentes raciales/étnicos/religiosos, estado civil y profesión. A menudo oímos esos datos demográficos  básicos aún antes de que se hagan claras las quejas manifiestas y antes de que el analista comparta sus percepciones iniciales. En el momento en que nos da esa información el paciente es interpelado, ubicado automáticamente al mismo tiempo dentro de las estructuras hegemónicas de la sociedad y las estructuras de nuestra mente. Sin embargo, la relación del paciente con esas identidades, y sus experiencias subjetivas de ellas, puede que nunca surjan en sus presentaciones si el tema central o el problema subyacente a ese tratamiento parece ser ajeno a sus identidades sociales.

A menudo olvidamos que las identidades del analista y del paciente son identidades fijadas en las estructuras jerárquicas de los campos del psicoanálisis, la salud mental y la medicina, así como en la sociedad en general. Sostendré que la diferencia entre estas dos posiciones subjetivas es siempre el punto de comienzo para las dos partes. Ambos, el analista y el paciente, no tienen otra opción que comenzar negociando el binarismo analista/paciente. A lo largo de este binarismo, inundarán el consultorio muchas otras identidades y asociaciones culturales, estereotipos, suposiciones, símbolos y significantes acerca de esas identidades.

El desafío para nosotros es encontrar el delicado equilibrio subsecuente. Por un lado, necesitamos tener en cuenta nuestro propio etnocentrismo (estereotipos negativos y positivos e hipótesis que sostenemos sobre ellos) y el peligro del determinismo cultural que pueden producir intrínsecamente (reduciendo al paciente y sus problemas a “su cultura”). Por otro lado, debemos trabajar para no desestimar el real poder estructurante  de las identidades (como en la ceguera para las ideologías de color y de género) y otros significados subjetivos, y no asumir que estas son construcciones artificiales que recubren a la persona “real”.   

Cultura, identidad y teoría psicoanalítica
Harry Stack Sullivan y la primera generación de psicoanalistas interpersonales consideraron seriamente la interacción entre la cultura y el individuo. Creían que el proceso de socialización (inculturación), es decir, las influencias del entorno temprano y las relaciones interpersonales, tenían un impacto formativo importante sobre el sistema del self del sujeto y sus experiencias actuales (Frie, 2014). En pocas palabras, como dijo Sullivan, “todos sabemos cuando estamos ‘en falta’ acerca de lo que hicimos – una idea que se aprende primero en la niñez de las figuras de autoridad” (p.92). Dentro de la relación analista/paciente – en cualquier evento determinado, esta sensación lleva a los pacientes a moldear sus narrativas si piensan que reaccionaron o se comportaron de una forma diferente de la que se espera culturalmente y por lo tanto esperan críticas de sus terapeutas. 

Las discusiones psicoanalíticas contemporáneas que involucran la cultura y las interacciones conformadas culturalmente incluyen las creencias culturales explícitas e implícitas acerca de sus pacientes (e.g.Davies, 2011; Dimen, 2011; Kuriloff, 2001; Layton, 2015). Sin embargo, también necesitamos prestar atención a cómo los pacientes entienden y vivencian su relación con sus identidades y sus entornos culturales. Para mucha gente, sus identidades dadas y elegidas son una fuente de angustia, como si su propia experiencia no concordara a menudo con las expectativas sociales asociadas con esas identidades, o sus identidades contrapuestas causaran conflictos internos. Para ser capaces de observar las formas en las que nuestros pacientes afrontan esos conflictos necesitamos apartarnos de la conceptualización tradicional de la cultura que prioriza los modelos públicos compartidos e ignora las inconsistencias, conflictos y contradicciones. La antropóloga Katherine Ewing define la cultura como “un estilo de argumentación, un proceso de tramitar una opinión” (Molino, 2004, p. 86), y sostiene un modelo de cultura que “…involucra la idea de que las acciones y las significaciones están enormemente contextualizadas, que el sujeto descentrado opera en términos de múltiples claves del entorno” (p. 90). Sugiere que la cultura puede ser vista como el orden simbólico de Lacan, “una estructura de signos en los cuales el significado está basado en la diferencia, en el sentido de Saussure” (Ewing, 1997, p. 28). El orden simbólico de Lacan, la tercera y última fase en este modelo de desarrollo, constituye la adquisición del lenguaje por los sujetos. Al mismo tiempo, cercenado previamente del orden imaginario de la fantasía(una ilusión de completud, de fusión con la madre), este sujeto es dejado con una tensión irresuelta basada en un deseo imposible de reconocimiento (ver también Hook y Neill, 2008). 

En tanto es crítica del orden simbólico dominante de Lacan, Ewing toma la idea del sujeto disociado por su entrada al lenguaje, “pero un lenguaje de una naturaleza particular – los significantes de una ideología que se fijan a través del proceso de dominación” (p. 36). Sugiere que este sujeto puede ser activado por un deseo de reconocimiento que pasa a través del orden simbólico” porque “las ideologías coherentes proveen una promesa ilusoria de plenitud…”(p.36). En otras palabras, las identidades basadas en ideologías hegemónicas (culturales, raciales, étnicas, de género, políticas, religiosas) están articuladas en el discurso público y proveen un sentido fugaz de completud – un sentimiento de pertenencia basado en ser miembro de un grupo. Esto requiere, a su vez, uniformidad entre los miembros del grupo y diferencias claras con los miembros de otros grupos. Por otro lado, mientras ser miembro de un grupo promete un sentimiento de pertenencia – una experiencia jubilosa de ser reconocido basada en la uniformidad, la historia personal de cada uno de una experiencia subjetiva con esas identidades puede variar significativamente.

No sentirse en casa / No sentirse visto
Voy a destacar ahora dos casos que observé en mi trabajo clínico en los que la relación de los pacientes con su identidad fue fuente de una angustia generalizada. Centralizando en la búsqueda de los pacientes de similitudes entre nosotros, y las formas en que utilizaban esas similitudes, intento mostrar sus existencias precarias y complicadas en medio de ideologías rivales. Aquí postulo que la ansiedad de los pacientes proviene de la tensión entre no sentirse en casa con sus identidades nacional/inmigrante y las identidades raciales, respectivamente, y su deseo de reconocimiento; esa angustia se contrarrestaba, en algunas situaciones, creando un vínculo de identidad asociativa con el analista. 

Masha
Masha, una mujer casada de un país de Europa del Este (con fuertes lazos con la antigua Unión Soviética) frecuentemente se desahogaba contra sus parientes políticos americanos y sus formas “americanas” frías, impersonales. Al ser yo también extranjero, ella suponía que yo me sentía igual. Estuvo particularmente turbada después de una visita de Acción de Gracias: “nunca limpiaron y nunca calefaccionaron la casa. Siempre tuve frío allá. Nunca tenían suficiente comida en el refrigerador. Tampoco nunca prepararon suficiente. ¡Fui usada para tener los restos de los otros! ¿Usted no? Es igual en su país, ¿no es cierto? Masha habló sobre los veranos de su niñez en la aldea de su abuelo y la casa de campo donde los miembros de su familia podían ir con sus niños, y siempre había lugar para todos. Había muchos vegetales frescos de la huerta y todos se cuidaban juntos. Me preguntó si yo también les encontraba gusto a cartón a los tomates acá en los Estados Unidos.

Mientras hablábamos de sus recuerdos y explorábamos sus fantasías sobre mis experiencias parecidas, vino al primer plano el sentimiento de Masha de que siempre hay algo perdido. Sus recuerdos tempranos de tener siempre hambre y frío emergieron lentamente. Masha no sabía si se sentía así porque eran pobres y no se podía acceder realmente a nada bajo el sistema soviético, o porque de alguna manera era descuidada en casa. Probablemente ambas, dijo. Describió a su madre como muy angustiada y temerosa del gobierno comunista. Describió a su padre como muy apacible, pero también ausente tras perder su posición en el gobierno (y su pensión) con el colapso de la Unión Soviética. Él comenzó a beber.

En el contexto de esta historia política traumática que forzó a generaciones a cambiar sus identidades sociales y políticas repentinamente, comprendí que las preguntas y fantasías de Masha sobre mi cultura no eran ni solo una búsqueda de confirmación ni un intento de que estuviera de acuerdo con ella acerca del mal comportamiento de sus parientes políticos. En vez de eso, separada de sus identidades pasadas más de una vez, estaba haciendo el esfuerzo de buscar reconocimiento y un sentimiento momentáneo de pertenencia dentro de la fantasía de nuestras experiencias parecidas de sentirse con frío y hambre en un país extranjero.

Alicia
Otra paciente, Alicia, se identificaba como bi-racial. Se sentía frustrada cuando la gente insistía en que es negra y su identidad bi-racial no era reconocida. “No soy blanca, pero tampoco negra; soy bi-racial. ¿Porqué es tan difícil aceptarlo?” Ella no tenía sentimiento de pertenencia, y agonizaba por ser “invisible”.  Alicia me dijo primero que estaba contenta de que yo no fuera americano porque entonces no tendría que preocuparse por ofenderme al decir algo negativo sobre la identidad racial. No tendría que preocuparse por ser políticamente correcta. Después, me dijo que pensaba que yo comprendía mejor su experiencia de no sentirse cómoda en ninguna identidad racial porque yo era bi-cultural. Parecía que mi contexto nacional diferente me ubicaba fuera de la ideología racial y nos protegía a los dos de los estereotipos y prejuicios raciales guionados culturalmente.

Alicia creció con su madre blanca y fue a escuelas con predominio de estudiantes de cuerpos blancos. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía cuatro años. Al crecer se puso del lado de su madre que tenía pocas cosas lindas para decir del padre de Alicia, y “odió” a su padre por no estar ahí. En tanto exploramos más, se hizo más evidente que Alicia extrañaba a su padre pero no podía decírselo a su madre, preocupándose porque podía disgustarla. Un día en el colegio sus compañeros le preguntaron si era adoptada. Alicia manifestó que fue el momento en que se dio cuenta de que no se parecía a su madre. Recuerda sentirse muy confundida, traicionada y enojada.

Recientemente Alicia encontró una vieja fotografía que trajo a sesión. Era una foto de los tres juntos como una familia intacta y sonriendo a la cámara. Dijo que podía literalmente ver que era el único vínculo entre sus padres. “Quizás por eso es tan importante para mí ser vista como bi-racial”.

La perturbación que sienten estos pacientes con las identidades sociales disociadas y el sentimiento generalizado de no pertenencia abrumaba tanto a Masha como a Alicia en su juventud. Cada una proyectaba su malestar de forma diferente, pero ambas buscaron aliviarlo estableciendo algún tipo de identidad común basada en su experiencia conmigo. Con estos ejemplos, mi objetivo es postular que necesitamos ser capaces de reconocer y explorar las formas en las cuales nuestros pacientes luchan con esos conflictos y necesitamos considerar la conexión entre las identidades sociales articuladas en los discursos públicos y las negociadas por los individuos. De esta manera incluso nos convertimos intencionalmente en co-participantes y se flexibiliza el binarismo analista/paciente.   

Referencias
Davies, J. (2011). “Cultural Dimensions of Intersubjectivity.” Psychoanalytic Psychology, 28 (4): 549-559.
Dimen, M. (2011). With Culture in Mind. Routledge.
Ewing, P. K. (1997). Arguing Sainthood. Duke University Press.
Frie, R. (2014). “What is Cultural Psychoanalysis?” Contemporary Psychoanalysis, 50 (3): 371-394.
Hook, D. and Neill, C. (2008). Perspectives on “Lacanian subjectivities,” Subjectivity, 24 (1). pp.
247-255. 
Kuriloff, E. (2001). “A Two-Culture Psychology.” Contemporary Psychoanalysis, 37: 673-681.
Layton, L. (2015). “Beyond Sameness and Difference” in Psychology and Other, D. Goodman and M. Freeman (Eds). Oxford. pp.168-188.
Molino, A. (2004). Culture Subject Psyche. Wesleyan University Press.
Sullivan, H.S. (1970). The Psychiatric Interview. W.W. Norton & Company.

Traducción: Silvia M. Koziol  
 

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