Silencio e intimidad

Dr. João Seabra Diniz
 

En general, asociamos la intimidad a un sentimiento de tranquilidad, de bienestar, de paz interior. La intimidad, así entendida, se constituirá en un bien que se desea. ¿Cómo podemos, entonces, descr

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En general, asociamos la intimidad a un sentimiento de tranquilidad, de bienestar, de paz interior. La intimidad, así entendida, se constituirá  en un bien que se desea. ¿Cómo podemos, entonces, describir ese bien y conseguirlo?
 
Para hablar de intimidad es necesario comprender a la  persona. La primera idea que se me ocurre es que la capacidad para lograr intimidad comienza en nuestra propia experiencia de intimidad con nuestro mundo interno, en una buena cualidad de contacto con él. En paz. En paz con nuestros recuerdos y nuestros sentimientos, con nuestras certezas y nuestras dudas, con la experiencia de aquello que poseemos y con el deseo de aquello que todavía no alcanzamos. En paz con el sentimiento de sabernos limitados en cuanto a lo que conocemos, y con el deseo de descubrir aquello que aún nos es desconocido.
 
 Es un punto de llegada difícil de alcanzar. Es importante no olvidar el enorme y constante desafío que representa para nosotros la percepción del mundo externo y de todo lo que nos rodea, y donde los otros seres humanos tienen un lugar preponderante.
 
Considero que la capacidad de estar solo es el fundamento de la capacidad de estar bien,  en intimidad con alguien, y que  la capacidad de estar solo exige una cierta forma de vivir el silencio.
 
Todo comienza en el principio, en la relación de la madre con el bebe. Es la madre la  que organiza la relación que el niño, en crecimiento, establece con el mundo a partir del enorme impacto sensorial que el nacimiento representa. Esta experiencia inaugural es acogida y mediatizada por la madre, pronta a comprenderla y a responderle de forma armoniosa, oportuna y sensible.
 
Nace así la llamada “ satisfacción alucinatoria de deseo”, que inaugura la constitución de la persona y el vasto proceso de conocimiento del mundo.
 
A cada molestia sensorial del hijo, sea por hambre o por cualquier otra necesidad, la madre, “sintiendo lo que él siente”, le ofrece la solución que le permite restablecer el “buen estado”.
 
Con la repetición de este encuentro entre los dos,-encuentro de intimidad-, podemos imaginar que el bebe, cuando siente otra vez esa incomodidad, desea reencontrar la satisfacción obtenida en “el pasado”, y   la madre, atenta,  se la ofrece en “el presente”. Todo esto en una sintonía entre la voz de la madre y los cuidados que le presta, y las reacciones del bebe y las señales por él emitidas.
 
Nuestro mundo interno tuvo su origen en la experiencia de contacto con otro, cuya voz nos habla  interrumpiendo el silencio, dando comienzo a nuestra historia. El psicoanálisis tiene una riquísima teorización sobre estos procesos fundamentales del desarrollo, que son mis referentes en lo que aquí voy diciendo. Entre muchos, de los trabajos que podría citar, menciono el capitulo “L’Originaire dans la Psychanalyse”, en el libro de André Green La Diachronie en psychanalyse.
 
La experiencia inicial comienza siendo una vivencia sensorial que va adquiriendo, de a poco, una dimensión mental o psíquica a partir de los registros de la memoria y de la elaboración imaginativa (Winnicott) de las vivencias recordadas. Es en este proceso de registro de lo vivido y de lo que sobre  él se va “pensando”, que el niño pequeño descubre al otro, que hace  de intermediario entre él y el mundo. Inicialmente, ese otro es para él, todo el resto del mundo.
 
La experiencia individual primitiva comienza entonces a organizarse sobre una relación cuya forma de contacto es específicamente humana y  con características muy diferentes a las de los fenómenos de vinculación animal. En la continuidad de la experiencia de relación el niño inicia un proceso de conocimiento de si mismo que depende de la reacción humana global que los adultos, - en principio, la madre y el padre-, tienen en su presencia, especialmente de la cualidad de los afectos que le dirigen, de las cualidades que les atribuyen, y de la percepción que tengan del niño como ser humano en desarrollo y para el cual imaginan un cierto futuro. Se descubre al otro como diferente  y semejante a la vez a partir del momento en que el niño comienza a darse cuenta de que el adulto tiene un mundo interno semejante al suyo, o sea, hecho de sentimientos y deseos, de estados de placer y de sufrimiento. Por lo tanto, viviendo una experiencia como la suya.
 
Con este otro se establecen contactos significativos y se organiza un sistema de comunicación que comienza por el intercambio de afectos y fantasías, incluyendo, más tarde, la expresión verbal.
 
Cuando los contactos comienzan a ser significativos surge espontáneamente un sistema de comunicación cuyo objetivo inicial es  proporcionar bien-estar,  satisfacer los deseos y  evitar el displacer.
 
El intercambio afectivo es fundamental para la obtención de placer en una relación humana. Cada uno tiene una idea de cual es el afecto que dirige al otro y de cual es el afecto que el otro le dirige. Así el niño se va formando una idea del tipo de persona que él es y del tipo de persona que es el otro, y esto a partir de lo que él siente que el otro es para si.
 
De un modo más general podemos decir que desde que nacemos se van registrando los contactos que establecemos y se va constituyendo un depósito de memoria que deriva en un aprendizaje. Aprendemos a conocernos a nosotros mismos y al ambiente que nos rodea.
 
Pero, de las muchas cosas que aprendemos en este mundo, solo nos son verdaderamente útiles aquellas que  podemos sentir, y no solo saber. Ellas forman parte de nosotros, nos ayudan a ser aquello que somos, fortaleciendo nuestra experiencia personal. Las otras cosas, que sabemos pero que no van acompañadas de lo que sentimos, representan un conocimiento que nunca se transformará en sabiduría, porque las cosas sabidas solo cobran sentido después de sentidas. Me refiero a su sentido más profundo.
 
Las cosas “sabidas” desde lo “sentido” pueden ser asimiladas en profundidad y nos permiten aprender en el sentido más profundo del término, desde la experiencia.  Este saber pasa a constituirse en patrimonio personal, que no se pierde, aún cuando las acciones externas a las que estuviera ligado tengan que ser abandonadas. Queda como riqueza personal adquirida. Se transforma en una nueva capacidad, abierta a otras adquisiciones.
 
La originalidad de la persona se construye en la experiencia vivida y pensada. Es indispensable, para que no se pierdan los frutos del tiempo vivido y para que el desenvolvimiento de la vida sea un proceso coherente. La memoria compartida se transforma en patrimonio de emoción y sabiduría, pasible de ser guardado y transmitido. Un proceso vivido como historia que se puede narrar, y con el cual se puede aprender.
 
Aún los conocimientos más pretendidamente objetivos pasan por una vivencia interior del sujeto. Sujeto que narra y piensa; sujeto de toda esa experiencia interior continua que nutre el tejido de fondo emocional en el que ese acto de conocimiento  se inserta y adquiere su verdadera dimensión personal. Personal y comunicable. Al compartirlo adquiere un nuevo estatuto de objetividad a partir de la convicción de que podemos hablar, con otro, de la misma cosa, con razonable proximidad.
 
En el transcurso de todo este proceso va surgiendo con progresiva claridad el sentimiento de que esa experiencia es comunicable y de que se la puede compartir en una relación de intimidad.
 
Era necesaria esta breve presentación de lo que podríamos llamar  una historia del mundo interno para así poder hablar de la intimidad con otra persona, o sea, con el mundo interno de otro. En esta vivencia de intimidad el otro es sentido como diferente al mismo tiempo que semejante. No se trata de contar  novedades sino de comunicar y compartir una experiencia interior.
 
Y retomo la idea de que la capacidad de estar a solas es un presupuesto de la construcción de intimidad con una  otra persona.
Pero es importante darse cuenta de que nunca se esta solo aún estando en soledad, porque estamos con nuestro mundo interno que esta  poblado por una compleja combinación de sentimientos, recuerdos y experiencias y  organizado en un conjunto mantenido en coherente unidad por el propio sentimiento de identidad,  todo vivido como  historia personal.
 
Así lo entiende Sophia de Mello Breyner cuando al hablar de Buzio, pescador solitario, estático en la playa, con la mirada perdida, comentó: “En lo alto de la duna, Buzio estaba con la tarde”. Por consiguiente, no estaba solo.
 
Dos personas solo pueden construir un verdadero sentimiento de proximidad a partir de la riqueza de la experiencia de cada una y teniendo en claro lo que cada una siente y es. La vivencia de esta claridad recíproca permite un conocimiento tranquilo y una comunicación eficaz, sin confusión de personas. Construye una relación de intimidad.
 
Es a partir de aquí que el deseo de comunicación con otro se hace presente. Es un deseo de hablar y un deseo de escucha que lleva a la experiencia de proximidad, de semejanza, de sintonía, como escuchar juntos una misma música interior por la resonancia afectiva de la experiencia vivida. Es un vivir en paz, con placer, la diferencia, a partir de la conciencia de semejanza.
 
Esta experiencia de comunicación en la intimidad puede ser deseada y vivida intensamente. Los místicos hablan de ella apasionadamente cuando se refieren  al encuentro con su único objeto de deseo. Es famosa la frase de San Agustín, afirmando que Dios es lo más íntimo de su intimidad. (Interior intimo meo)
 
Un encuentro con otro, verdaderamente satisfactorio, supone disponibilidad para el descubrimiento y capacidad de escucha , que  a su vez  tienen su origen en la experiencia apaciguadora  del encuentro con un buen objeto de satisfacción interno, lo que permite la serenidad y la  alegría.
 
La  intimidad exige saber escuchar y saberse escuchado. Exige una percepción positiva del mundo  del otro, lo que se hace en silencio. El silencio es el lenguaje de los íntimos, cuando no es vacío, sino un silencio vivo, porque cada uno sabe lo que el otro siente o piensa, y por eso no es necesario llenar con palabras un espacio que seria inquietante entre dos personas en ausencia de una intimidad verdadera. Es en el silencio que oímos las voces del pasado. De la cualidad de estas voces depende la cualidad de la intimidad que se establece en continuidad con las experiencias anteriores.
 
¿Cuál es la relación de la intimidad con el amor? La respuesta no es simple. Este tema complejo no puede ser tratado aquí, aunque haré unos breves comentarios.
 
Antes que nada, es importante decir que la intimidad incluye una dimensión de afecto que enriquece la proximidad y le otorga una cualidad personal a la experiencia que se vive. Y el amor  desea esta proximidad. No tengo dudas de que una buena relación amorosa exige intimidad. Pero una buena relación amorosa, de estas características, que dura y crece con el tiempo, no creo que sea la situación más frecuente. El amor es una dimensión muy compleja de las relaciones humanas, aunque es, con seguridad, la más deseada. La literatura mundial abunda en historias de amor, muchas de ellas accidentadas y difíciles. Porque el amor incluye, casi siempre, un deseo de posesión exigente, a veces egocéntrico, que complica la relación.
 
Además, debe distinguirse del amor, el “estado amoroso”, el estado de pasión. El estado amoroso se organiza a partir de una fuerte idealización del otro que aparece como poseyendo una gran vivacidad, como siendo todo aquello que siempre se deseó, y  como portador de  todo lo que puede proporcionar felicidad. Es intensa la sensación de haber conseguido un bien que durará para siempre y que nada nos lo podrá arrebatar, lo que no siempre es verdad. De ahí la conocida afirmación de Vinicius de Moraes, cargada de ironía, aunque reflejando una realidad fuerte, de que el “Amor es eterno mientras dura”. La exaltada sensación de intimidad que acompaña al estado amoroso también puede terminar abruptamente.
 
Cuando el estado amoroso termina, al declinar la exaltación a él asociada, el amor podrá mantenerse si la realidad de cada uno le permite al otro mantener una cierta idealización compartida, valorizando afectivamente las reales cualidades de la persona amada, y con la convicción de que juntos tienen un bien cuyo valor se reconoce y no se quiere perder.
 
Seguramente, otros podrán hablar de la intimidad de manera diferente, pero esta es la manera como yo hablo, hoy, de la intimidad.
 
 
Referencias
Andresen, Sophia de Mello Breyner, Homero, Contos Exemplares, Librería Morais Editora.
Green, André, La Diachronie en psychanalyse, Les Éditions de Minuit, Paris, 2000.
San Agustín, Confesiones, Libro III
 

Traducción: Lic. Maria Mabel Levi

 

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