¡La anatomía “imaginaria”, es el destino!

Prof. Jacques André
 

Se nace niño o niña, no necesariamente lo devenimos No nacemos hétero, homo o trans ... lo devenimos

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“Desde el punto de vista del psicoanálisis, el interés sexual exclusivo del hombre por la mujer es también un problema que requiere una explicación, y no algo que se dé por sentado”[1]. Después de todo, ¿por qué la heterosexualidad? Así como no se nace homosexual o bisexual, tampoco se nace heterosexual. Lo devenimos. A esta lista podríamos agregar las últimas variaciones: trans, no sex, no binario … Toda elección sexual es el resultado de una historia, de una psicogénesis. Si bien Freud objeta la elección de objeto como absolutamente natural, sostiene al respecto, y con la misma firmeza, su determinismo. Aun cuando el término “elección” es ambiguo, de ningún modo consiste en una libre disposición ofrecida al sujeto, sino que apunta sobre todo a extender la responsabilidad hasta el inconsciente mismo. La coerción ejercida por el determinismo inconsciente, no le va en zaga a la ejercida por la naturaleza, sobre todo, cuando la contradice.

La heterosexualidad perdió su monopolio (hace algunos cientos de miles de años) “el día” en que la sexualidad humana se disoció del celo y de la reproducción, el día en que la pulsión y su fantasía se subrogaron al instinto. La sexualidad humana no es ni natural, ni contra natura, es desnaturalizada. Desnaturalizada no significa que la sexualidad esté desregulada, sino que el instinto ya no la controla, ahora le corresponde a la institución, al socius hacerse cargo. No hay sociedad alguna que trace sus líneas de demarcación entre lo obligado, lo permitido y lo prohibido, y de una cultura a otra, que las trace de otro modo.

Mientras de lo que se trate sea de ponerse de acuerdo sobre el carácter desnaturalizado de la sexualidad humana y de la crítica respecto del privilegio jerárquico concedido a la heterosexualidad, el psicoanálisis se encuentra en el mismo terreno que los Gender Studies. Pero la grieta se produce entre las dos perspectivas a partir del momento en que la cosa psíquica es enfocada de más cerca, en lo que tiene de primitivo. El inconsciente no es democrático y no tiene ninguna posibilidad de serlo: sumisión, dominación … le sientan de maravilla. Lo disfruta. La igualdad, sobre todo  hombre/mujer, le es desconocida. Los comportamientos sexuales adultos varían en función de las épocas y de las culturas. Por el contrario, no hay comportamiento social o político en lo sexual infantil, sobre lo que es el objeto del psicoanálisis. El programa político de los Gender Studies: “deshacer el género” se topa con el infantilismo del inconsciente. No es evidente que el psicoanálisis pueda ganar algo integrando la palabra “género” a su aparato teórico; “sexo psíquico” es más cercano a la experiencia analítica; “género” carece un poco precisamente de “sexo”. La igualdad hombre/mujer es un adquirido (relativo) del mundo en el cual vivimos, pero la fantasía evocada de la desvalorización de la mujer, esa fantasía que deriva de la escena primaria, y que protagoniza el dúo madona/puta, se escucha en las palabras del analizando o de la analizanda sin que haya perdido actualidad. Podríamos decir lo mismo respecto de la fantasía de violación, de la fantasía fetichista y de muchas fantasías más. El infierno no son los otros, se aloja a domicilio.

Sin embargo, la desnaturalización de la sexualidad no significa que podamos desembarazarnos de la naturaleza de un plumazo. Se nace niño o niña, no existe otra posibilidad. El estado intersexuado no es una tercera alternativa (aunque ciertos registros civiles, como en Alemania, permitan su inscripción) sino una patología de la embriogénesis; nunca el deseo de un padre es tener un hijo hermafrodita. Se nace niño o niña, pero no necesariamente lo devenimos. Paradójicamente, aquel que paga más cara su deuda psíquica con la naturaleza es el trans, que se siente forzado a someterse a cirugía. En él, el sexo psíquico fuerza la exigencia hasta la tiranía, prohibiendo toda plasticidad de elección de objeto, sobre todo homosexual.

En la construcción del sexo psíquico, el inconsciente de la madre y/o del padre desempeña un papel decisivo. Las identificaciones más primarias para el niño que acaba de nacer son aquellas de las que es objeto. Somos identificados antes de disponer de los medios psíquicos para identificarnos. Es suficiente que el deseo inconsciente de uno o de ambos padres de tener una hija no ceda, a pesar de que un varón acabe de nacer, para que el sexo psíquico gane sobre el sexo anatómico en la vida psicosexual del sujeto, tome ésta o no la forma de una homosexualidad. La anatomía imaginaria, es el destino. El determinismo psíquico inconsciente es mucho menos desplazable que el determinismo social, aun cuando la existencia del psicoanálisis y la esperanza de cambio sobre la cual descansa, deje abierto un margen de negociación.

Homosexualidad, bisexualidad…el psicoanálisis retoma y asume el vocabulario convenido. La experiencia clínica impondría como mínimo que esas palabras fueran puestas en plural, a tal punto el singular carece de la diversidad de las construcciones psíquicas subyacentes. Es imposible reducir las homosexualidades a la única condición del mismo sexo. En ocasiones, cuando el narcisismo y su juego de dobles organizan las vidas, la palabra Homos, el mismo, es oportuna; pero es un ejemplo entre otros. En su Leonardo da Vinci, Freud propone una psicogénesis de la homosexualidad masculina: amar a un joven, a un efebo, como uno mismo ha sido amado por una madre particularmente sensual, una Catarina o una Fedra. Combinación compleja de un primer amor heterosexual y de una identificación narcisista. Pero, evidentemente, hay muchas otras psicogénesis posibles como ser una “niña” en la relación sexual y amorosa, conforme  a la fantasía inconsciente parental.  Ninguna de estas construcciones inconscientes puede pretender ser prototípica de la homosexualidad. Esto es válido asimismo para las homosexualidades femeninas.

El acento puesto sobre homos, el mismo sexo, tiene también como inconveniente enmascarar la complejidad inconsciente. La experiencia analítica lo confirma una y otra vez: no hay una escena psíquica de homosexual, hombre o mujer, en la que el otro sexo no imponga su presencia, su exigencia, ya sea que éste sea imitado, versión anal posición del misionero o con consolador; ya sea que le huya como a la peste. La escena psicosexual de la homosexualidad es tal vez aún más heteros que la escena heterosexual, a tal punto el otro sexo multiplica su alteridad. La ideología gender de un deseo homosexual que no debería nada, incluso a nadie, en todo caso nada al otro sexo, no resiste el análisis.

Las bisexualidades sufren también la generalidad de la teoría. La inflexión lacaniana quiso reducir la bisexualidad al rechazo de la castración, una idea que no encontramos en Freud. Efectivamente, tal rechazo se hace escuchar (no hacer más que Uno, reunir los dos sexos separados, borrar la falta del sexo que uno no tiene), sin embargo, dista mucho de agotar la complejidad de la bisexualidad, que es también la de la fantasía de la escena primaria. El agente de tal fantasía no es solamente el testigo pasivo de la “noche sexual” [2], se identifica con los dos protagonistas, es el uno y el otro. En cierto modo, la bisexualidad psíquica puede entenderse como el destino inconsciente de la escena primaria.

Referencia teórica inevitable cuando se trata de bisexualidad: el narcisismo. La integridad, la completitud con la que sueña, encuentra en la bisexualidad un apuntalamiento precioso, los dos sexos reunidos más que opuestos, como las dos caras de la misma moneda.

Ya sea se trate de narcisismo o de castración, la bisexualidad sigue un movimiento centrípeto, contribuyendo a la construcción del yo,  incluso a su protección y a su defensa. Otra dimensión teórica abre más sobre un movimiento centrífugo, a tal punto la bisexualidad participa de la plasticidad psíquica. No es por casualidad que frecuentemente se la asocia a las condiciones psíquicas de la creatividad. Es la idea de una movilidad que permite desplazarse de un sexo psíquico al otro. Incluso en la vida sexual, es así que comprendo la célebre frase de Freud: «  Yo mismo me estoy habituando a concebir todo acto sexual como un proceso entre cuatro individuos ». La bisexualidad no desmiente que hay dos sexos, los acumula. No desconoce su diferencia, juega con ella.

Es necesario precisar hasta qué punto esa plasticidad nutrida de bisexualidad es indispensable para el funcionamiento psíquico del analista. De otro modo ¿Cómo sería posible viajar en la transferencia y visitar, cuando se es un hombre, su parte de homosexualidad femenina, y cuando se es mujer su homosexualidad masculina?
 
[1] Freud, (1905), Tres ensayos de  teoría sexual.  Gallimard, 1987, p. 51.
[2] Título del libro que pascal Quignard dedica a la escena primaria, Flammarion, 2007.

Traducción: Patricia Suen
 

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