Violencia

He aquí nuestro nuevo debate: libre de las ataduras de una definición, el tema violencia abre un debate específico en el campo del psicoanálisis, y, al mismo tiempo,  amplio y suficiente para que nosotros, analistas, no nos abstengamos de las discusiones que participan del espíritu de los tiempos. Podemos contribuir a la comprensión de temas como violencia política, democracia, dictadura, globalización, terrorismo, fascismo, genocidio, fundamentalismo, en fin, los desafíos de nuestro día a día histórico.

Corro el riesgo al proponer que vale la pena diferenciar la idea de violencia de la idea de mal. Como analistas, somos testigos de la coexistencia inevitable del universo amoroso con el agresivo y destructivo, y lo hacemos lejos de tendencias normativas o morales. Consideramos crucial el destino simbólico que tienen esos impulsos, situándolos en el espectro del desarrollo civilizatorio.
Por otro lado, acompañando a Hannah Arendt, podemos ver el mal como la abolición de lo humano, aquello que lo cosifica. Esa concepción refuerza la crítica a la tendencia positivista en el psicoanálisis, reconocible en afirmaciones inocentes como “el material que el paciente trajo”; “la dinámica del paciente” etc. La pretensión de usar la obra de Freud como tabla teórica, ignora, por ejemplo, su carácter alegórico, pleno de metáforas y poesía. Estaríamos en la dirección del campo del mal. Más cercano a la noción de violencia tenemos las tentativas comunes de adaptar la visión de los pacientes a nuestros presupuestos teóricos y el no respeto a la distancia entre la abstracción teórica y la singularidad poética que cada uno de ellos nos trae como su lengua.

Con todo, nada más fácil que considerar la ética del respeto a la alteridad sin cuestionar  nuestros propios límites, y fácil también, es traer la discusión de la violencia y del mal – sin confundirlos- hacia nuestra intimidad. Pero, ¿cómo encarar el tema de la violencia sin perder la especificidad radical del psicoanálisis?

En el campo freudiano, se puede definir la violencia como el estímulo que excede las posibilidades de elaboración del espíritu. Ejemplificando: donde hay una precaria construcción psíquica el amor puede ser experimentado como violencia insoportable.

La sexualidad será considerada violenta o no dependiendo de las características personales, de la cultura a la que el sujeto pertenece, del narrador, y de la narrativa que se construye. Esa paradoja sólo podrá surgir de la singularidad del campo psicoanalítico.

De ahí puede surgir también una discusión sobre la relación entre la ética de la sumisión a la alteridad y la violencia de la tentativa de capturar la alteridad en una definición, abarcándola en los límites de   una totalidad (E. Lévinas). Lo infinito de nuestro objeto -el inconciente- nos impone el abismo y el terror. Pero el psicoanálisis le debe devoción a él, y la ética de la que  debemos impregnarnos es la sumisión a ese infinito que nos sobrepasa, nos “golpea”, y simultáneamente nos impone un movimiento de elevación.

La violencia es omnipresente. Freud, en el Proyecto de una psicología para neurólogos, dice que el prolongado desamparo del ser humano es la raíz de todas las razones éticas. Al desamparo corresponde, necesariamente, devoción y sumisión al ser que llega. Pero recordemos que además de la violencia del exceso de la presencia del estímulo, está la violencia del exceso creado por la falta de la presencia que acoge.

 Del desamparo del ser humano, por lo tanto, de la violencia de esa raíz, nacerá lo mejor y lo peor de la humanidad: la creación, la transformación, la destrucción.

La violencia origina también la belleza, como plantea la conceptualización kantiana de lo sublime. La violencia, el exceso, se hace sublime cuando, en vez de producir dolor directamente, puede ser  observada en condiciones seguras. Cuando ella se vuelve objeto de representación, cuando es capturada por el arte, se abre la posibilidad del pensamiento. De este modo, no será arbitrario buscar equivalencias entre la creación de sueños y la construcción artística. Delante de lo demasiado grande, fracasamos en proporcionarle una forma, pero cuando la imaginación da un paso e intuye una representación, lo sublime se nos manifiesta. Volcanes, terremotos y, por que no?, nuestras pulsiones, nuestra propia naturaleza, son fuente de terror. Delante de la violencia de lo  infinito, nuestro espíritu adquiere una pequeñez insignificante. Lo sublime surge cuando transformamos en objeto, observación y resistencia, aquello que nos aterroriza. Heredero de esa visión, Meltzer decía que los orígenes del sentido de lo bello aparecen en el bebé a partir de la visión del rostro de la madre que la contiene, y que, con ese gesto, el soñador construirá la arquitectura del espíritu, y lo poblará.
De ese modo, la violencia, fruto de la relación entre estímulo y elaboración, entrelaza la ética y la estética. Ella está en el cuerpo, en las relaciones íntimas, en los cuerpos sociales, en la cultura; nuestro tema se nos presenta como infinito. Acepte  la invitación a debatir, lector, y también a apreciar la belleza de los primeros pasos, inciertos todavía, que nuestro e-journal ensaya.
 
Traducción María Mabel Levy